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Última actualización

A partir de hoy, el dominio http://www.ladoblehelice.com acoge la transformación de este blog en otra cosa. Esta herramienta que durante casi dos años y medio ha estado al servicio de un proyecto, la investigación y escritura de un libro, Justicia poética, deja por tanto de actualizarse.

Pero no se vayan, porque todo seguirá donde estaba: www.ladoblehelice.com

Justicia Poética está en las librerías

Poco más de un mes

El libro estará en las librerías españolas a finales de enero. He cambiado el título. Y estoy muy contento: Falsos testigos del porvenir era mucho más oscuro que Justicia poética. Los dos recogen bien el tiempo del que habla, pero el de la edición argentina lo hacía sólo calificando a sus funcionarios, que levantan acta del mundo como si el mundo fuera una hoja en blanco. Este de la edición española anuncia mejor el estilo y el tema del libro, que es para lo que sirven los títulos. Y es, aun con todas sus ambigüedades, más transparente. La portada de Martín Elfman, como ya dije, creo que  ilustra a la perfección la tesis del libro. Tanto, que incluso contiene la doble lectura que el texto no llega a desarrollar del todo y que no sé si alguna vez escribiré. Los párrafos de la contraportada mejoraron mucho después de pasar por las manos de Arantxa Martínez. En fin, que no me importaría que me juzguen no sólo por el contenido, sino también por la forma del libro, cosa que agradezco a Elena Ramírez, editora de Seix Barral, hacia donde un mensajero se acaba de llevar las pruebas corregidas.

Edición española

La versión española de Falsos testigos del porvenir aparecerá  en febrero de 2010, publicada por Seix Barral.

Así que ahora que empiezo a trabajar con vistas a esa reedición, y trabajaré hasta que termine agosto, agradezco los comentarios, sugerencias y correcciones que los lectores de la edición argentina quieran dejar aquí.

El libro está en la calle

Falsos testigos del porvenir ya está disponible aquí.

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Efecto gabardina

Con este abrirse la gabardina y quedarse en bañador, que voy  a quitar también, creo que culmina la cura de adelgazamiento del autor. Este entrar a matar con el estoque, resulta una charlotada. Me gustaba mucho lo del grumo. Ya ven. 

 

***

 

El camino más recto para llegar a la verdad de las cosas es entregarse a ellas, quitándote de en medio, sin esperar nada. Una madrugada de julio de 2008 me di cuenta de que aquellos desvelos míos eran un desvío, un rodeo de mis prejuicios. Esos días desayunaba y bajaba a la playa hasta la hora de comer. En bañador, con un millón de turistas detrás y el mar por delante, el sol te devuelve tu escala diminuta, y una enorme curiosidad por todo lo demás. Después de una ducha, la siesta es un hermoso y profundo olvido del que se suele salir con ganas, pero sin culpa. Luego me sentaba a escribir. Hacía tiempo que no abría este sumario, que no pensaba en las conversaciones con Andreu y Robles, que no recordaba el eco roto de la pregunta de Tommouhi: “¿dónde está toda la sangre que me sacaron?”, y una de esas noches, con las manos sobre los folios y la mesa, y no llevándomelas todo el rato a la cabeza, leí al fin la sentencia. Todavía saboreo este grumo en su lengua aséptica.

Dientes de leche

Al cabo de muchas de las conversaciones más importantes de estos años, me queda una deprimente impresión sobre la opinión que los actores tienen del periodista. No digo que no sea un problema estrictamente personal, que yo sea un don nadie y para eso se preparen y así me reciban. Que además no preguntaba en nombre de ningún medio del que pudieran temer una cierta repercusión. Y desde luego tiene mucho que ver también con lo desenfocado del tema, tan poco actual y tan poco efervescente: yo no preguntaba por Madeleine, sino por un moro que nadie sabe pronunciar su nombre. No digo que todo eso no sea importante. Digo que no es suficiente para entender por qué me recibían sin ni siquiera haber repasado el tema de conversación, con una confianza descomunal en la retórica, con una seguridad bananera en su savoir-faire. Hablo de gente en permanente contacto con los periodistas. No es inexperiencia. Los magistrados Robles y Andreu, los abogados de pago de Tommouhi, el sargento López de la Policía Judicial de Tarragona, el fiscal Mena: todos tienen graves responsabilidades en este caso y todos encaraban la conversación como si sus chapuzas quedaran por encima del bien y del mal. De hecho allí llevan años. Ya me gustaría poder decir que para descubrirlas me ha hecho falta una constancia heroica, un aliento homérico, una obsesión suicida. Estaban a la vista de cualquiera que sepa leer. La impresión es que de tanto respetar el argumento de autoridad hemos llegado a este punto en que la autoridad ya no cree que haga falta ningún argumento.

La fe privada en un mundo sin notarios

Definitivamente, el bosquejo sobre la desaparición del público, ha desaparecido. Las tres primeras notas que ya publiqué aquí. La cuarta, sin embargo, ha encontrado su lugar natural en el texto, y estas páginas de la quinta, más que a la papelera, irán al reciclado. Un día podrían servir para encender el fuego.

***

5.- (Los notarios) El XX de Octubre de 2006, en el programa Els Matins de TV3, entró en directo un preso que había compartido sombra con Tommouhi en Can Brians, Joaquín Rey. Por teléfono, explicó que años antes también había conocido a García Carbonell en la cárcel de Quatre Camins, que éste le había confesado ser el autor de las violaciones de 1991 por las que estaba pagando Ahmed Tommouhi y que él -Rey– lo había denunciado ante el juez de vigilancia penitenciaria. La importancia de la revelación no impidió, de acuerdo a los cánones televisivos españoles, que la información quedara disuelta en una nube imprecisa de fechas, juzgados y (sin)razones de última hora. ¿Por qué nunca se lo había comentado al propio Tommouhi, cuando se veían en la cárcel, para que este lo pusiera en conocimiento de los abogados, y sí lo hacía ahora por televisión? Una sencilla pregunta que nadie planteó, seguramente porque cuestionaba la propia puesta en escena. Días después llamé a Rey por teléfono y su número de móvil ya no existía, y según me comentaron, había puesto precio a su exclusiva. Todo esto no desmiente que esa denuncia se haya presentado efectivamente, sólo digo que yo no lo he podido confirmar. Pero no es eso lo que interesa ahora. Cuando Tommouhi y Claret se encontraron en la Audiencia, el ex abogado explicó al periodista que esa declaración podía constituir un hecho nuevo suficientemente relevante como para instar un nuevo recurso de revisión, aunque convendría registrarla ante notario. Si al periodista, Jordi Panyella, no se le ocurrió incluir la pregunta “¿y a qué espera usted, en tanto que abogado defensor, para iniciar los trámites?” en su crónica, quizá fuera porque le faltaron reflejos, pero lo que es indiscutible es que su inclusión habría acabado con la ficción inocente-y-abogado-buscando-pruebas que da por hecho esa noticia falsa. Es decir, habría echado abajo la representación. Meses después, Ahmed Tommouhi, paseando por Barcelona y recordando todo aquello, lanzó la pregunta que me interesa ahora: “¿para qué hace falta un notario, si lo dijo en la televisión, delante de todo el mundo?” Contra lo que pueda parecer, no es sólo la pregunta de quien no entiende los formalismos legales. Es más radical que todo esto: es una pregunta pre-espectacular, pero que no por eso, o precisamente por eso, deja de ser inquietante. Un notario puede dar fe pública, entre otras cosas, de que una declaración se ha producido, precisamente porque el público ha delegado en él su función como garante de que algo ha ocurrido. Por eso, un notario no puede, por definición, garantizar nada que no sea públicamente controlable. No puede, por ejemplo, garantizar la profunda convicción que mueve a alguien a dictar un testamento y que podría llegar a invalidar sus consecuencias: simplemente puede garantizar el dictado. Algo de eso había también en el mandato del periodismo, y por eso hay quien ha visto en él a un notario de la realidad*. La pregunta de Tommouhi se sostiene sobre la convicción de que la verdad es una, y que es la mentira la que tiene mil caras, algo que cualquier contemporáneo de Montaigne seguramente compartía. En último término, Tommouhi cree que el público puede ser también testigo, notario de lo que se le cuenta. La progresiva inversión de esa premisa, en la que la verdad depende del cristal con que se mire y en consecuencia puede empaquetarse a gusto del consumidor, esa privatización, destruye al mismo tiempo la posibilidad de que los diversos intermediarios, notarios y periodistas, entre ellos, pero también políticos, alcancen a decir nada verdadero del mundo del que hablan, más allá de la provinciana defensa de sus intereses, nada que no sea lograr agrandar la parte del “público objetivo” –así lo llaman– que se identifica con su particular visión de la nada. Esa inversión supone en último término la irrelevancia del público. La desaparición del público como espejo del mundo supone a la vez la destrucción de la idea de mundo como lugar común entre víctimas y verdugos, jueces y condenados, periodistas y lectores, políticos y electores: esto es, un lugar en el que se puedan hacer preguntas. El círculo de esa destrucción se cuadra con la imagen de un político, Artur Mas, registrando ante notario sus promesas electorales durante la última campaña catalana, para salir por la tele.

*Arcadi Espada.

No sé, no sé

A veces te parece que has arrancado el acorde. Pero no siempre llegas a estar seguro de qué teclas has tocado, y no te fías de ese tono tan grave.  No sé. Esto, escrito contra la elegíaca  impotencia con que La Vanguardia dio la noticia de la muerte de Mounib,  él que había dicho en antena que antes que pedir perdón por algo que no había hecho, prefería morir en la cárcel a tener que vivir el resto de sus días de rodillas, también lo voy a quitar.

Mounib hablaba del indulto, y  lo que yo quería apuntalar con esto es que era una forma de traicionar su memoria, su verdad y la posibilidad de hacerla nuestra (veri-ficar), andar forzando los hechos para absolver su nombre en los periódicos, después de que su cuerpo hubiera amanecido muerto en su celda. Por arriba y por abajo de este párrafo, algo asaetado también, eso es lo que he intentado mantener. 

***

 

La muerte representa un límite insalvable para la influencia del relato periodístico. El presente y la verdad van tiesos sobre la cruz, de párrafo en párrafo, y el único recurso, investigar la vida del muerto, no servirá para desenclavarlos. En ese momento crucial la línea que separa la ficción de lo real aparece fría, irrevocable e indiferente a los juegos de palabras. Pero la muerte no es el final, sino el principio del relato. Así como ella no se justifica, el periodista tampoco tiene por qué traspasar el límite de lo que no sabe. Los hechos  son el porque sí del periodismo, y como todo lo que se hace por principio, no hay que forzar su reconciliación con el resultado.

 

Del racismo

Estas páginas explican mi opinión sobre la relación entre el racismo y este caso. Una relación más bien fantasmagórica. Quizá lo sea también mi opinión. En cualquier caso, me quedaré sólo con la opinión de Tommouhi del final. Todo el mundo se preguntará en un momento u otro por esa relación, y no he hallado argumento ni prueba más consistente que la impresión con que Tommouhi la desmiente. Por lo demás,  el libro se interesa en presentar los hechos más allá de cualquier polémica de sentido, por lo que dichas páginas están ya en la papelera.

 

P.D. La hora de este post. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, sobre todo si tu ordenador sufre convulsiones desde primeras horas de la tarde.  

***

 

La carta [que SOS Racismo envió al Gobierno en abril de 2004] planteaba la cuestión del racismo: “existe una duda razonable sobre la influencia que en su condena tuvieron los rasgos de las personas condenadas, de orígen magrebí, y la discriminación que por ello se pudo producir.” Era un argumento que Tote Henares había subrayado en el resumen que hizo para la asocación, y que era la fuente de la que el representante de SOS bebía:

“Además, de lo puramente judicial, hay que tener en cuenta, otros aspectos. ¿Por qué la policía decide investigar a Tommouhi y sus compañeros de pensión? Parece que, simplemente, porque son marroquíes y algunas víctimas habían descrito a los agresores como de aspecto árabe. Si los hubieran descrito con aspecto nórdico ¿hubiera investigado la policía a alguien por el simple hecho de registrarse en un hotel? Si no hubieran sido marroquíes ¿habrían sido confundidos, tan fácilmente, por muchas de las víctimas, incluso estando en la cárcel? Los prejuicios contra los “moros” ¿pueden hacer que sea más creíble una acusación de violación?”

Las preguntas de Henares nunca podrán responderse. Pueden formularse otras: si el fin de semana después de que una chica de Terrassa hubiera denunciado que dos nórdicos habían intentado violarla: ¿habría investigado la policía a dos nórdicos por el simple hecho de registrarse en aquella pensión de Terrassa? No es raro que la investigación policial brote del puro azar. Más raro es que el azar se convierta, como en este caso, en el único argumento de la obra. La explicación de SOS Racismo, por lo demás, venía troquelada ya por la propia naturaleza de la asociación.

La explicación fundada sobre el racismo no era nueva. Las manifestaciones que recorrieron Barcelona entre 1999 y 2001 lo hicieron en gran medida al paso de ese convencimiento: “si Tommouhi y Mounib fueran españoles ya estarían fuera de la prisión”, tituló La Vanguardia una entrevista a Nourredine Douah, el promotor de las movilizaciones. Los argumentos que remueven el inconsciente colectivo cogen vuelo con gran facilidad. La cuestión es saber qué datos y hechos sostienen ese reflejo frente al espejo. Que ese razonamiento surja entre quienes viven la experiencia del racismo burocrático y cotidiano debería sorprender menos aún que en el caso de SOS Racismo. En la asociación Nahda, además, no era el único caso que conocían. Abdeslam Amghar, el compañero de celda de Tommouhi en La Modelo, había acudido también a esas manifestaciones. Pero su fulgurante éxito, de las repercusiones del éxito al menos, de ese tipo de argumentos, se deben seguramente a que ofrece grandes ventajas al público: Al final uno siempre acaba viéndose reflejado en el problema, generalmente como solución. Si la policía, los jueces y los políticos fueran tan poco racistas como yo, se indignaba el periodista al escribirlo anoche, y se indigna esta mañana, con el café humeante y el croissant en la mesa, su hipócrita lector. Luego sale uno camino del trabajo, reconfortado y fresco, como después de una ducha.

El argumento de que este caso se habría resuelto ya –“ya” era en 1999– si Tommouhi y Mounib fueran españoles ha tenido un largo aliento. La historia de Rafael Ricardi se lo cortó en seco nueve años después. Ricardi nació en Cádiz y entró a la cárcel del Puerto de Santa María cuando tenía 36 años condenado por una violación que no cometió. Era 1995 y la chica lo señaló. Una investigación policial –sobrevenida tras la detención de uno de los autores– aportó como prueba el análisis de semen de uno de los violadores, que no coincidía con el de Ricardi. La fiscalía denegó en un principio solicitar la revisión porque, alegó, Ricardi podía ser el otro: las violaciones habían sido cometidas por dos hombres, y en el caso por el que había sido condenado Ricardi sólo se había perfilado un código genético. Si la Fiscalía aceptó finalmente solicitar la revisión fue únicamente porque apareció un segundo resto de semen en una prenda descartada en su día, que tampoco era de Ricardi. La moraleja es que desde 2001 existía un informe del Instituto Nacional de Toxicología de Sevilla cuyas conclusiones alertaban del muy probable error, sin que nadie hubiera ordenado analizarlo. Estuvo ocho años más en la cárcel –trece en total– y ahora, con 49 años, espera a que el Supremo reconozca el error.

Ricardi era toxicómano y vivía debajo de un puente, así que los que defienden la explicación racista enseguida pueden desplazarla hacia la pobreza. Yo podría a su vez desplazarla con otros condenados por la cara: un abogado gallego, un ecuatoriano de Fuerteventura, el dueño de una academia de informática en Cádiz o un guardia jurado de El Puerto de Santa María. Las preguntas por la causa final no suelen conducir más allá del principio por el que se pregunta. Pero es interesante, al menos, oír qué dice el propio Tommouhi, cuáles fueron las impresiones que le quedaron de aquellos días. Semanas después de salir en libertad condicional, acudió al programa de Josep Cuní en la televisión pública catalana, Els Matins de TV-3. “¿Usted cree que su origen marroquí tuvo algo que ver en todo esto?”, le preguntaron. “No” dijo, y luego se explicó: “Yo, lo primero que pensé es que querían calmar a la gente. Y para que no hubiera muchas manifestaciones, quejándose de los jueces, de los policías, para calmarlos a ellos, nos cogieron a nosotros. También pensaba un poco en esto: en que no teníamos ningún apoyo. Ni uno. ¿Alguien nos apoyaba a nosotros para traer pruebas? Nadie. Había que calmar a la gente y ya está.”

El lastre del aliento

El problema de coger al lector por las solapas, a mitad de camino, aunque lo hagas sólo para espabilarlo, es que la cosa no queda ahí.  A partir de entonces no olvida tu aliento demasiado cercano. Es por eso que estas páginas van a la papelera.

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23. EL MINISTERIO Y EL INDULTO

 

En nuestra época, el lenguaje y los escritos políticos son ante todo una defensa de lo indefendible. Por tanto, el lenguaje político está plagado de eufemismos, peticiones de principio y vaguedades oscuras. El estilo inflado es en sí mismo un tipo de eufemismo. Una masa de palabras latinas cae sobre los hechos como una nieve blanda, borra los contornos y sepulta todos los detalles. El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que suelta tinta para ocultarse.

El ministerio de Justicia y la fiscalía que de él depende llevan diez años enredándose, como una larva en una tela de araña, en esa red sobre la que George Orwell escribió este párrafo en 1946.  Si el estilo de la mentira tiende al trabalenguas es precisamente porque la verdad puede decirse por derecho, mientras que la mentira necesita tantear donde está la verdad y no perderla nunca de vista, para no coincidir con ella. La esquiva pero la necesita como referente. Los más altos responsables del ministerio y la fiscalía han dictado y segregado ese líquido negro creyendo que les serviría para ocultarse, sin saber que, al contacto con el aire, se solidificaba formando estos hilos fínisimos, pero resistentes, en los que ahora, como la mariposa ahogada en el tintero, se les ve atrapados: la palabra escrita no se la lleva el viento. 

El insincero sólo tiene una posibilidad de salir eternamente indemne, y es el silencio. Ésa fue durante casi seis años, la estrategia desplegada tanto por el Gobierno del Partido Popular, como por el del Partido Socialista, después de que el fiscal jefe de Cataluña solicitara el indulto en  favor de Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib. La insistencia de un hombre apenas visible al fondo de la escena, que durante estos años ha venido soplando preguntas, a quienes por lo general sólo se pavoneaban sobre las tablas, anotando y entregando las respuestas al público y volviendo a repreguntar con una regularidad malaya, y el coro de voces que acabó uniéndosele, consiguieron que el ministerio y el fiscal hablaran. El registro de esa conversación, negro sobre blanco, confirma la exactitud de una frase de Baltasar Gracián: Es tan difícil decir la verdad como ocultarla. 

Tanto el ex fiscal jefe de Cataluña, José María Mena, como los responsables ministeriales han actuado durante años convencidos de que Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib son inocentes. El fiscal sabía, sin embargo, que los tribunales, dado el embrollo legal en el que se consumían los dos marroquíes y los estrechos límites que contempla el recurso de revisión en España, no iban a reconocer esa inocencia, a menos que alguien hilara tan fino como para descoser esos límites.  Mena tenía la “convicción profunda” de que no se habían cometido un error, sino siete; y que se se habían cometido bajo sus órdenes. habían cometido bajo sus órdenes. El 30 de abril de 1999 evacuó el indulto. 

El ministerio, con la solicitud sobre la mesa, la guardó en el cajón. Las razones que movieron al Gobierno del Partido Popular a esa decisión se mantuvieron, durante los cinco años que iba a durar su gobierno, envueltas en un prudente silencio. Las del Partido Socialista, sin embargo, quedaron a la vista de todos cuando el entonces ministro de Justicia, Juan Fernado López Aguilar, dijo a un periodista de El País: “El Gobierno ha decidido que no es un mensaje asumible indultar a una persona condenada por violación”. Era el 7 de mayo de 2006. 

El ministerio había decidido no indultarlos por la misma razón que no quería denegárselo: porque fueran inocentes. De haberlo resuelto favorablemente, las víctimas le habrían reclamado una explicación y la única razón que podía dar –que fueran inocentes– era inconfesable. El propio Tommouhi habría pedido que le explicaran cómo es que el brazo de la Ley no alcanzaba a proteger –el indulto es una decisión extrajudicial– allí donde había llegado para castigar. Ésa era la razón también por la que no querían resolverlo, como acabará reconociendo un portavoz ministerial, porque no querían denegárselo. La posibilidad contraria, que fueran culpables, no pudo estar nunca detrás de un retraso de tantos años, pues cada año se deniegan miles de indultos y nadie pregunta las razones, y mucho menos cuando se trata de un violador, que no es lo mismo, bien lo sabía el ministro, que “una persona condenada por violación”. El ministerio se acogió al argumento de que formalmente habían sido condenados, para no tener que justificarse sobre la injusticia material que sospechaba se había cometido, ni tener que dar explicaciones a las víctimas. Los dos marroquíes condenados por error se convirtieron así en una de esas frágiles y aparentes treguas en las que cristaliza la irreconciliable pugna entre la insinceridad radical y la superficie de la lengua, en un mensaje inasumible, en esta época que todo lo asume.

Un mal comienzo (no lo tiene cualquiera)

En enero de 2008 envié un adelanto a la editorial. Las primeras 40 páginas: el material presentado al Premio Crónicas (los hechos de 1991), mas el capítulo de las detenciones. Al final añadí el principio: redacté dos páginas para maquillar lo verde que estaba. Más allá del almíbar, conservan un regusto amargo. Por eso, cuando en abril empecé a escribir el libro en público, a través de Google Docs, volqué el adelanto sin incluir el comienzo. Es verdad que no valía para nada, y que incluso era más interesante, de cara a los voyeurs, arrancar de cero y en directo. Pero si no lo volqué fue porque me daba, más que vergüenza, vértigo. Éste era el primer párrafo:   

I

 

Es inútil, no da tiempo. El viajero que levanta la cabeza, porque es inútil seguir leyendo el mapa en esta carretera estrecha y emboscada, inútil porque sus signos no son reconocibles en las cunetas de este angosto, espeso y lento camino asfaltado que nos lleva, cuesta arriba y sin horizonte, inútil por lo menos hasta que no empecemos la bajada de este puerto pequeño, reconcentrado y orgulloso ombligo; es inútil, al viajero no le da tiempo leer entero ese cartel, rectangular, blanco, rotulado en catalán y letras negras, que en la curva de la cima aparece encuadrado y cerca, pero fugaz. Es inútil, ni el viajero ni el que conduce han tenido tiempo de leerlo. Por eso vuelven.

 

“PROHIBIT CONSTRUIR EN TOT EL MUNICIPI: ABANS DE COMPRAR PARCELES, DEMANIN INFORMACIÓ AL AJUNTAMENT DE LA BISBAL DEL PENEDÈS”.

 

¿Se puede caer más bajo? Sí, pero es difícil. Podría intentar autopsiconalizarme, pero no me quiero justificar. Baste ese encorvado periodista disfrazado de  “viajero”. Podría incluso darle unas palmaditas en la espalda: ese “Es inútil, no da tiempo” inaugural, ya no me acuerdo, pero ahora parece una escandalosa contraseña, un angelical pacto con el diablo: voy a escribir esto, por obligación, pero que conste que yo no quiero. Por el mismo agujero, pero al otro lado del tabique, se oye me parece oír el “sí quiero” de una puta de lujo soñando con su noche de bodas. 

 

El vértigo ha desaparecido. El síndrome de Estocolmo de uno que no quiere inventarse nada (¡si supiera, iba a estar yo aquí!), pero es el invitado de honor en una recepción donde se anima a mezclar lo real y “los recursos de la ficción”, según las bases del premio. El reflejo verdeoro de las llanuras trigueras en ese brindis al sol. La inalcanzable cima de la sierra regionata o el anfiteatro de los prodigios, para respirar un poco de aire puro. En resumen, la patética histeria de los que empiezan pidiendo perdón,  para ganar tiempo. Creen que el mundo está contra ellos. Hablo de aquel comienzo.

 

No hay conspiración. El laberinto está dentro. La salida, a la mano de cualquiera: Quitarse de en medio y escribir algo verdadero.

 

Ella había sido violada y su novio estaba herido.

 Por ejemplo.

Vaya

Uno.- Cuando empecé a escribir, imaginaba que el paraíso era un lugar con playa y un mes por delante para afeitar el texto, mucho antes del invierno. Los días que más subido iba, pensaba en las páginas que llegaría a quitar:  30, 40, 50, me decía. Ahora resulta que al manuscrito, antes de que nadie se lo lea, por estrictas razones espaciales, aunque no necesariamente extraterrestres, le sobran cien páginas. Pronto será primavera. Estoy en Madrid (vaya, vaya). Me doy dos semanas. 

Dos.- Menos mal que Sergio González no se olvidó, mientras iba leyendo el borrador, de que la  comprensión mutua ennoblece la amistad. Así escribía, sobre uno de los párrafos, estos cariñosos comentarios desde su balcón en Calpe:

 

comentarios_borrador_sermon

Tres.- Él me manda hoy también este enlace a la historia de Robert Graham Hodgson, otro conejo que confesó ser un elefante.

Prohibido arrojar escombros al ombligo

“Allí donde el autor, llevado por su impulso, ha ido directo al todo, donde se cree dispensado de tener que reunir piedra a piedra, donde no ha visto las juntas, y, al no verlas, no las ha sellado;  es allí donde se instala el moho del envejecimiento. Para distinguir las juntas, los límites del pensamiento, hay que criticarse a uno mismo”. [*]

Walter Benjamin

 

Diez días después, y a la espera de los comentarios de los editores, he releído este fin de semana, muy por encima, algunas partes del manuscrito. Le sobran unas cuantas páginas. La grasa, como casi siempre, no se debe a la información que mana en exceso, sino a la pegajosa mano que la galvaniza.  Casi toda brilla en la segunda parte: en la primera y en la tercera,  la voz del narrador me suena honrada, clara y precisa. Limpia. Los enredos están en la segunda. Pero con una señalable evolución: empieza pecando por temblorosa y acaba haciéndolo por campanuda. Hablo sólo de los baches: ¿para qué hablar de lo que no nos quita el sueño? El estilo de algunos párrafos del principio (Vilafranca, “No he tenido nunca ninguna duda”, Terrassa, etc.) es el de la hiedra: se extiende pegada a la textura del mundo, sube y baja como queriéndose agarrar al folio blanco de la pared, las frases se entrecortan, se agarran unas a otras y siguen. El que escribe, cuerpo a tierra, se arrastra muy despacio, como una lagartija que se ha tragado un cordero. En los peores párrafos del final, sin embargo, camina erguido, sacando pecho; cuando intuye que la pasarela acaba en un cul-de-sac, disimula y se para, como luciéndose, mirando al público. Incluso sonríe, pero los dientes que enseña son de leche. ¿A quién pretende morder así? Ambos excesos son la cara y la cruz de la misma moneda:  “el desesperado compromiso con la angustia”. Y aunque es innegable que los primeros eran los garabatos de alguien mucho más frágil y asustado que este último que pasea con la zancada más larga que el paso; también lo es que gracias a que entonces pude ver que personalmente no tenía nada que perder, salvo el miedo, ahora sé que lo que más miedo da es reconocer que no hay nada personal que ganar. Corregir es desaparecer. ¿Qué mejor que hacerlo en público?

 

[*]”Aux endroits où l’auteur, emporté par son élan, est allé droit au tout, où il s’est cru dispensé d’assembler pierre par pierre, où il n’a pas vu les joints, et, ne les voyant pas, ne les a pas comblées –c’est là que s’installe la moisissure du viellissement. Pour distinguer les joints, les limites de la pensée, il faut se critiquer soi-même.” 

W. Benjamin. OEuvres, vol. II, Folio, Paris, 2000, p. 324-325.