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Una pistola (verdaderamente) humeante

El teléfono sonó a las 22:22. Dijo su nombre y apellidos, con acento andaluz, pero con un acento viajado, nada racial,  y preguntó:

–“¿Que en qué puedo ayudarle?”.

Yo lo había llamado muchas veces, y ayer por fin dejé un mensaje en el contestador. El cielo abierto. Me hablaba el tercer hombre: el tercer guardia civil que participó en la recuperación del Renault-5, el 2 de diciembre de 1991. El coche que, curiosamente, siguió su itinerario criminal después de que los dos marroquíes hubieran ingresado en prisión, acusados de haber cometido varios robos y violaciones en 1991, según la policía y la guardia civil, al volante de ese Renault 5. No sé si me explico.

El tercer hombre al teléfono. La voz campechana, de esas que te están diciendo: pues, mire usté por dónde, y ya no se paran. Así que le conté por qué lo llamaba y que me podía ayudar,  sobre todo, acordándose y contándomelo. Lo que pasó aquel día. Y me lo contó, con tó su arte. Así.

–Pues mire ustééé, yo me encontraba enfermo, pero como era el año que venían los juegos, y no había personal, pues me tuve que dar de alta. Y me puse a trabajar.

Era a finales de 1991. Los juegos, son los Olímpicos de Barcelona 92

–Yo me encontraba enfermo. Tenía una cardiopatía crónica. Enfermo del corazón. Pero bueno, allí estaba: en un apostadero que habíamos montado enfrente del coche.  Y yo lo ví llegar, al moro. Venía de la estación de renfe de Mollet [del Vallès], la estación de Santa Rosa. Venía solo, mirando para todas partes. Yo lo seguí con la vista. Hasta que se acercó al Renault 5, al que nosotros previamente le habíamos aflojado dos ruedas. Yo salí del 124. Él abrió la puerta y se agachó a buscar los cables del arranque, como para hacer un puente, sin llegar a sentarse. Yo me precipité o lo que fuera. Y le dí el alto. Y el tío echó a correr calle abajo, dirección Mollet. Y yo qué iba a hacer, si estaba enfermo del corazón y no podía correr. Pues déjalo correr. Y disparé al aire. Los dos tiros los pegué al aire, porque así nos lo enseñaron: si no hay peligro para nosotros, es mejor que el tío se escape. Al aire, nunca al suelo: porque puede rebotar, y la metralla entra por todas partes, por la ventanas, por tos sitios. Así nos los enseñaban en la academia. Y así fue. Se escapó.

Luego, don Juan, que así se llama nuestro hombre, me contó también que pronto tuvo que dejarlo definitivamente. “Yo estaba cada día peor, al final ya no me entraba ni el traje: estaba muy hinchado”.  Y los últimos minutos, yo no podía colgar, y él tampoco parecía querer:

–Aquí estoy más bien que ná. Aquí ya ve, a 22 grados que llegaron los reyes. Y no sudaron ná los reyes magos. Hasta los camellos se quejaban. Allí llegó un momento en que ingresé en el hospital, y me dijeron que no estaba bien.  Cataluña no me sentaba bien.  En Cataluña me daban siete años de vida. Y en Andalucía diez. Así que me vine para acá, y aquí estoy, más bien que tó. He estado tres veces muerto, eso sí, pero al final me operé, hace tres años, y desde entonces estoy estupendamente, la verdad. Ahora ya sólo espero a que llegue el AVE a Almería, que decían que iba a llegar antes de los Juegos [del Mediterráneo, verano de 2005], y vamos para tres años y no ha llegao. Estoy esperando al AVE a ver si me atropella, porque si no a mí no hay forma de matarme.

Por supuesto, no le dije que, finalmente, a día de hoy, nadie ha demostrado todavía que aquel que salió huyendo, frente a la estación de Mollet del Vallès, fuera “moro”.

Doce días después

El 13 de Noviembre Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib habían sido detenidos como presuntos autores de la serie de violaciones que recorría Cataluña durante el otoño de 1991. Los que no conozcan el modus operandi, número de autores, expresiones, y vehículos utilizados de esa ola de violaciones, pueden leer alguno de estos relatos (I, II, III, IV, V y VI): aunque me permito de entre ellos recomendarles el de Olesa, por revelador. [Y siempre pueden atajar por este  resumen de lo publicado.]

Los que ya tienen una idea, pasen, pasen directamente, por favor, y no dejen de fijarse en la fecha de esta declaración :

“Blanes [Gerona], a 25 de noviembre de 1991.

Constituida la Comisión Judicial en el Hospital de Sant Jaume de Blanes, siendo las 11 horas, se procede a tomar declaración a M.J., (….) que trabaja en una comercial eléctrica:

Que ayer por la noche, su novio J.L. y la declarante venían de Sant Hilari de Sacalm y se pararon en la carretera, cerca de Sant Daniel y un vehículo se paró cerca de ellos, no haciendo caso al principio. Que se bajaron del vehículo dos hombres, que hablaban marroquí, y estando los seguros bajados, con una barra de hierro rompieron el cristal delantero izquierdo (del conductor) dándole un golpe en la cara y apuntándoles con un arma les dijeron que se estuvieran quietos.

Que uno de ellos les dijo que quién había roto una valla o algo parecido. Que ellos les dijeron que no habían hecho nada y que fueran todos a la Policía, para esclarecer el asunto. Que hicieron salir del vehículo a punta de pistola a su novio, mientras le tapaban la cara y le ataban las manos. Que uno de ellos llevaba la cara tapada. Que la declarante estaba en el interior del vehículo cuando el otro se metió dentro del coche y le taparon a la declarante la cara con una chaqueta de ella. Que era una chaqueta de piel negra, tres cuartos, con forro de cuadros “L Campoy” de talla 56.

Que le hicieron salir del coche, le ataron las manos con una especie de tela fuerte y después la llevaron al coche de ellos, un R-5. La hicieron tumbar y la violaron, digo que uno de los agresores se la llevó en ese coche y el otro cogió el coche de su novio y también se fueron.

Que después se fueron dirección a Tordera, pero no sabe hacia donde ya que iba con la cara tapada. Que después de unos 5 minutos de conducir se metieron en un sitio como de hierba, con un riachuelo cerca. Que iban hacia adelante y atrás. Que después de pararse se acercó otro individuo y primero la violó el que conducía y después el otro, digo que el segundo no llegó a penetrarla. Que le mordieron los pechos, la espalda, etc.

Que mientras la estaban violando uno, el primero, le decía que “era una puta, etc”. Que hablaba castellano, con un acento árabe o marroquí. Que después del segundo, el que la había violado en primer lugar la volvió a violar por segunda vez. Que este señor llevaba bigote. De unos 35 ó 40 años. Que llevaba un pantalón de cuadros claros. Que llevaba guantes gruesos, como de trabajo.

Que salieron del coche y le dijeron que si se portaba bien no le harían nada. Que ella estaba descalza y desnuda de cintura para abajo y la metieron en el Ford Orión donde estaba su novio y le quitaron la cazadora y se la llevaron. Que los dos estaban maniatados. Que su novio estaba atado. Que ellos se fueron y su novio se desató y la desató a ella. Que después volvieron al lugar los dos árabes y el que no hablaba español le decía al otro, que tenía la pistola, que los matara y el otro decía “no matar”.

Que cuando volvieron venían con otra pareja y con otro coche, que al parecer habían hecho lo mismo. Que ella y su novio salieron corriendo y se fueron del lugar. Que pasaron por un riachuelo y había una casa de payés pero su novio no quiso pararse para avisar, porque no se fiaba de nadie.

Que el del bigote decía mucho “Jeber, Jeber” como si el otro se llamara así. Que siguieron corriendo hasta llegar a la carretera. Que no les paraba ningún coche y fueron corriendo hasta llegar a casa de la declarante, yendo posteriormente al Hospital.

Que revolvieron todo el coche, le quitaron un anillo de prometida, de oro fino y [que] se enganchaban dos manos con dos diamantes. Una cadena fina, de oro y una placa en forma de corazón con la inscripción “hoy + que ayer y  – que mañana”. Un reloj dorado pequeño. Que a su novio le robaron el reloj y una esclava que ponía Juan. Que les robaron dinero, en total unas once o doce mil pesetas.

Que la segunda pareja le dieron con el coche de ellos un golpe en la parte delantera y en la parte lateral, y por lo tanto el R-5 de color gris plateado debe de tener algún golpe o bollo. Que la matrícula era de fondo negro, como si fuera matrícula francesa. Que dicho vehículo llevaba como una línea lateral pintada.

Con lo cual se da por terminada la presente, que leída y hallada conforme es firmada por la compareciente, con SSª, de lo que doy fe.

Tres firmas.”

Resumen de hechos cometidos por el R-5 gris

Este folio es el resumen de los hechos delictivos cometidos por el Renault 5 gris, recuperado en Mollet del Vallès el 2 de Diciembre, y que la Guardia Civil siempre sostuvo que era el mismo que el utilizado en los hechos de Cornellà, La Secuita y La Bisbal (C., LS, LB, a partir de ahora). Es un folio insertado en el atestado 298/91 de la Guardia Civil de Mollet del Vallès tras la recuperación del coche.

Mounib y Tommouhi, presos desde el 14 de noviembre, fueron condenados por esos tres hechos (C., LS, y LB) . Sin embargo, la mayoría de los relacionados en el recuadro fueron cometidos después de su ingreso en prisión. El nexo entre esos tres asaltos atribuidos a los dos marroquíes (C., LS, y LB) y  el cuarto hecho que aparece en el recuadro, el de Montornés del Vallès, cometido el 16 de noviembre, es indiscutible: llevaban la misma matrícula falsa: B-7661-FW.

La pregunta que me hago es por qué en esa relación de hechos que resume el itinerario criminal del Renault 5, redactada tras la recuperación del vehículo el 2 de diciembre,  no aparecen precisamente los tres asaltos (C., LS, y LB)que habían desencadenado la búsqueda del coche.

La pregunta se la traslado a ustedes.

[Después de lo escrito: La respuesta es la siguiente: ese informe es obra de la 412ª Comandancia de Barcelona: por eso no aparecen ni los hechos de Tarragona, que son de una comandancia distinta, ni los hechos de Cornellà, que pertenecen a una demarcación de la Policía Nacional. (13-10-2008)

Las fabulosas aventuras de un R-5 gris

Lo más importante que ocurrió después de la detención y el procesamiento de Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi, como co-autores de varias violaciones cometidas en Cataluña en el otoño de 1991, pasó judicialmente desapercibido: el coche utilizado en tres de los asaltos por los que fueron condenados Mounib y Tommouhi, siguió siendo utilizado para delinquir después de que ellos hubieran sido detenidos. Pero ningún tribunal de los que juzgaron y condenaron a los dos marroquíes lo sabía. Es un hecho que no aparece recogido en los sumarios.

Lo sabemos, esto también, gracias al Equipo de Policía Judicial de Martorell, y en concreto a los dos informes sobre el caso elevados a la Fiscalía después de la detención de García Carbonell en 1995, el primero, y después de que el ADN demostrara el error que se había cometido con los marroquíes, el segundo. Y digo dos, porque si es verdad que el segundo era el que estaba enteramente dedicado al vehículo, el primero ya también hacía referencia a ello:

“El día 02 de diciembre [de 1991], se localiza el vehículo Renault, modelo 5, color plata, con golpe en la parte delantera izquierda (coincidente con el usado en las violaciones expuestas), el mismo se encontraba en la localidad de Mollet del Vallès (…). Siendo las 19,30 horas de ese día, un individuo varón, raza norteafricana, 40 años, grueso, pelo moreno y rizado, pantalón oscuro y cazadora piel negra, abre el mismo y se sube a él, acercándose los agentes al vehículo, momento en que el individuo sale huyendo, realizándose varios disparos intimidatorios al aire y siendo perseguido, sin lograr alcanzarlo. En el interior del mismo, se encuentran varias placas de matrícula así como un revólver simulado y un bate de béisbol”.

El día 2 de diciembre de 1991, Mounib y Tommouhi llevaban poco más de dos semanas presos. Ahí se podría haber parado todo. Pero no fue así. Es en esas dos semanas, me parece a mí, donde están las claves que pueden todavía arrojar algo de luz sobre esta historia: algo de luz, y alguna consecuencia.

Viaje de reconocimiento (y II)

A la vuelta.

 22.07. Los crímenes tienen lugar. Los crímenes en serie, paisaje. El paisaje del crimen, en este caso, es esa depresión que desde el norte de Tarragona se extiende entre las dos cordilleras que corren paralelas al mar, hasta la altura de Terrassa, por lo menos. Sólo como por espasmos puntuales, llegaron al sur de Gerona: dos asaltos que ocurrieron en domingo por la noche. Los otros catorce ocurrieron en este triángulo:

El lado que va de Olesa a la esquina sur del área metropolitana de Barcelona, pero sin entrar en ella, tiene 33 km de carretera, y la altura sobre el vértice de La Secuita, desde Rubí, unos 90. La  coincidencia de la figura que dibujan, y la proximidad entre los lugares de hechos separados por cuatro años, no explica los crímenes, pero los sitúa.

Crímenes que no sólo se relacionan por los autores, el modus operandi, el vehículo, o los días de la semana, también por el espacio, y por cómo está organizado y distribuido ese espacio. No son crímenes urbanos, por ejemplo. No hay cámaras del metro que valgan. Los violadores se desvían por carreteras secundarias, en coches pequeños, generalmente. Atraviesan un paisaje de tendidos eléctricos, transformadores, fábricas, vallas metálicas, y también de campos de almendros, olivos y viñas: pasan del Vallès al Penedès, sin solución de continuidad, como la vida. (Las épocas son un invento de los historiadores). En un entramado de autopistas y autovías, quedan los bajos de los puentes, las carreteras de trayecto olvidado. Los ríos que forman la depresión en la cabeza de los geógrafos antiguos, en las nuestras apenas son charquitos arrojados para que salte la rana: en el cauce del Foix hay casetas de madera, en el del Anoia, se ven las cañas secas, altas, haciéndole la ola a los excursionistas. Pero los atraviesan de noche, sin luna: los lugares a los que acuden prefiguran a sus víctimas: ¿quién, si no esas parejas jóvenes, muy jóvenes, sin piso ni pensiones en el centro (de la ciudad), iban a estar allí, y a esas horas? Las parejas  se habían apartado buscando caminos de tierra, rieras, campos de fútbol abandonados. El deseo en los recodos. 

Todo eso es lo que hay que mostrar, no declarar.

(Maurice Godwin, en El rastreador, se detiene a estudiar el perfil psicogeográfico de los asesinos y violadores en serie. Los lugares donde actúan no son aleatorios:  incluso instintivamente, los primeros asaltos de la noche siempre se producen en el punto más alejado del domicilio del autor, que vuelve a casa arrasando, pero sin tener que volver a pisar tierra quemada. El perímetro de seguridad que establece alrededor de casa, donde no actúa. Muchas ideas interesantes, aunque nunca deban usarse como demostraciones a toro pasado. No hace falta predecir el pasado.)

Buena fisonomista, entre comillas

La seguridad en los reconocimientos suele ser un criterio definitivo de los jueces a la hora de convencerse de que la víctima está acertando con el autor. La psicología del testimonio no está tan segura de ello: hay elementos que refuerzan la seguridad, y que no necesariamente ayudan a mejorar la certeza.

M, la chica de Olesa, fue junto con una de las víctimas de Tarragona, la que desde el principio mostró mayor seguridad. La sentencia destacó que era “buena fisonomista“. El Tribunal Supremo revisó luego su caso, al demostrarse científicamente que la víctima se había equivocado: Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi no la habían violado. El semen hallado en su ropa correspondía a Antonio García Carbonell y un pariente suyo.

Éstas habían sido, sin embargo, sus palabras el día de la vista oral:

Al primer defensor:

Cuando los reconocí en el juzgado, antes había reconocido en fotografía a “esa persona”; yo estaba convencida de que esa persona de la fotografía era una de las que me había violado. La otra la reconocí en rueda, no en fotografía. Uno era el jefe, y hablaba español “que se entendía”, era ése (señala a Tommouth). No sé quién era el que conducía. Mi compañero, a partir del golpe estaba mal. Se lo dieron al decirles nosotros “que se identificaran”. “Si veo a una persona la puedo reconocer, y más en una cosa así.”. “Cuando le hacen algo así te acuerdas toda la vida”.  

Al segundo:

Había una farola “más lejos” y la linterna que llevaban. No había más luz artificial. Había luna. En el interior había solo la linterna: una sola linterna. Me enfocaban a la cara. El de gafas (Abderrazak) era el que obedecía y no hablaba español; no sé el idioma que hablaban” “sería moro”; no era inglés, ni francés, ni alemán. Me mordieron, concretamente el primero. Les “vi bien la cara”. En la fotografía reconocí al primero, pero “lo vi más claro cuando lo vi en persona”. (Se le lee el folio 215, párrafo 2º) ratifica su declaración. En la rueda, inmediatamente, las reconocí, a esas dos personas “seguro” las demás personas que formaban la rueda [borde folio: ¿no? ]las vi. La foto la había visto “hacía mucho tiempo.” “Vi claro que eran esas 2 personas”. “No he tenido nunca ninguna duda”, respecto a que los procesados son autores de los hechos.

 

Tres en uno

Enfrascado como estoy en la redacción de un primer adelanto que tengo que entregar el 31 diciembre, los diferentes ritmos y objetivos que me imponen el libro y el blog es un desgarro bipolar comparable sólo al de ese matrimonio de serbios que buscando, cada uno por su lado, amantes por internet, acabaron encontrándose y se volvieron a enamorar ¡entre ellos mismos! En breve: se divorciaron.

Pero a mí me pasa al vesre. El día que coincide que puedo aprovechar aquí, casi sin distinguir horarios, ni folios, ni lecturas, ni trabajo, lo que he ido escribiendo con otro enfoque, otro estilo y otra distancia, quiero decir, que cuando por la noche caigo por internet buscando esta confianza reciente, espontánea y breve, y acabo aprovechando la misma implacable, exigente y arcaica actividad que no me va a dejar respirar hasta nochevieja, cuando eso ocurre, respiro algo bizco, pero encantado.

Tres son los asaltos que tuvieron lugar la madrugada del 3 de noviembre de 1991: entre las doce y cuarto de la noche, a las afueras de Vilafranca del Penedès, y las tres, en Terrassa, también a las afueras. Los hechos de Vilafranca no los había traído aquí hasta hoy. No los tenía escritos.

En ello estoy. Los resumo: un asalto con coacciones, del que la pareja (A y J.) pudo huir finalmente; un robo con violencia en el que  en el que la chica (Jo.) huyó , y el chico (Pe.) fue maniatado, trasladado y retenido durante durante una media hora; y un robo con rehenes contra la pareja (Y. y M.) de Terrassa. Los hechos habían sido obra de dos autores. Según todas las hipótesis policiales, basadas en las descripciones que daban las víctimas, el vehículo usado, así como el modus operandi, que era idéntico, se trataba siempre de los  dos mismos autores. Las tres causas, sin embargo, fueron juzgadas por separado.

Las contradicciones de las víctimas a la hora de señalar a Abderrazak Mounib, sin embargo, y las consecuencias que se derivaron, hacen imprescindible la transparencia del link, de este método, porque de otra forma lo ocurrido no se lo creería ni Perry (Mason). Veamos.

Jo, la chica del segundo asalto de Vilafranca, ocurrido 15 minutos después del primero, aseguró el 12 de noviembre en reconocimiento fotográfico que Mounib SÍ era uno de los asaltantes, correspondiéndose con el núm 147 del álbum. No olviden cómo se montaron esos álbumes.

Aderrazak Mounib fue condenado.

Un mes más tarde, A., la chica del primer asalto, en la rueda de reconocimiento del 12 de diciembre, no señaló a Mounib, sino a Kechoui S. “Sin ningún género de dudas”, según el acta:

Kechoui S., sin embargo, era un marroquí al que la policía había colocado allí como cebo, para completar la rueda, y que no era sospechoso de nada. Así que, los cambiaron de sitio, y repitieron la rueda. A. afirmó, de nuevo y otra vez “sin ningún género de duda”, que era él, Kechoui.

En esta causa, el novio de A. había, sin embargo, señalado a Mounib. Ese mismo día, A. decidió no personarse como parte en el proceso. Su novio J, sí. La reparación del coche le había costado 440.918 pesetas.

Abderrazak Mounib fue condenado.

Repito. La primera había dicho que era él. La segunda, que era otro. La pareja de Terrassa, Y. y M., víctimas del tercer asalto de esa noche, no sólo no señalaron a Mounib durante las ruedas, sino que cuando vieron su foto publicada el 16 de noviembre en la prensa, como uno de los supuestos autores de la ola de violaciones, acudieron a la comisaría de Terrassa e hicieron constar, expresamente, que el hombre de la foto de El Periódico, Abderrazak Mounib, “no tuvo ninguna participación en los hechos”:

“Por si ello tuviera alguna relevancia”, añadieron.

Estaban seguros y fue una acción loable. Pero no, no tuvo ninguna relevancia nueva, más allá de que Abderrazak Mounib no fuera procesado en la causa de Terrassa. En esta, como en todas las causas, sólo contaba lo que las víctimas, o al menos alguna de entre ellas, ya fuera la chica o el novio, pero siempre que señalaran a alguno de los dos marroquíes que más juego estaban dando, a la hora de decidir el procesamiento, que era casi como decir la condena,  dijeran.

Fe de errores: “Ruleta de reconocimiento”

En la entrada “Ruleta de reconocimiento“, del miércoles, 21 de noviembre de 2007, atribuía erróneamente al novio, el acta de reconocimiento en rueda de la chica. Así lo tenía transcrito en una copia manuscrita que hice en su día de todas las actas, copia a la que acudí, pues no tenía entonces el expediente a mano, razón por la cual no estaba enlazada el acta.

La frase  “Que reconoce al 3º por la izquierda con toda rotundidad y además fue el que le apuntó” es de Y., no de su novio M.

La frase entera es esta:

“Que reconoce al 3º por la izquierda con toda rotundidad y además fue el que le apuntó con la pistola y el 7º cree según le ve que pueda ser el acompañante [ilegible] que no puede asegurarlo, que en esta postura de perfil le sirve para asegurarlo con más seguridad por que [sic] fue así como les vió”.

Y éste es el fragmento del acta donde consta:

fragmento acta terrassa Y

Tanto ésta, como ésta, pues, son actas firmadas por Y. Así que este párrafo: “Por alguna razón que se me escapa todavía, las chicas de Cornellà repitieron rueda esa mañana, mientras que Y. y M.V. volvieron diez días más tarde para lo mismo”, de esa misma entrada, ha perdido todo sentido. De hecho, la razón se me escapaba porque no hubo razón: las tres chicas repitieron rueda.

Manuel Borraz me corrigió el patinazo, como siempre, cortés y riguroso.

La Jonquera, lugar de paso

Anteayer, la alarma del móvil me sacó vibrando del sueño a las seis y media de la mañana. Me vestí, imprimí cuatro folios del documento donde, desguazándolos, voy invententariando los sumarios, y me fui a la estación de Arc del Triomf. El cercanías con dirección a Cerdanyola, donde tenía que reunirme con mi hermano Manolo, entró pasadas las siete de la mañana. Me subí. El aviso de la megafonía, “Propera estació, Cerdanyola Universitat”, me despertó de nuevo, y me bajé. Había dormido todo el trayecto.

La estación está junto a la autopista AP-7. Miré en el párking, y como sólo estaban los autobuses de la UAB,  pedí un café con leche, me senté y esperé. En una mesa, sobre los folios y fijándome en un cuaderno de notas, fui relacionando los nombres y apellidos de los hosteleros que, llamados por la defensa de Abderrazak Mounib, declararon en la causa de Olesa, con el restaurante, bar o supermercado correspondientes que frecuentaba Mounib, concretando si eran nombres de dueños o de camareros. “María, dueña del Molí de Vent”. Uno, que no pude relacionar, quedó como “vecino de la Jonquera”.

Veinte minutos después, y extrañado por la tardanza, pagué el café y salí de nuevo al párking. Quizá porque no había amanecido todavía, resplandecía aún más como una ballena blanca varada en el asfalto. Habría que imaginar ahora que el rótulo “El Majo”, lo llevaba la ballena escrito en la frente, así que abandono la metáfora: mi hermano había corrido las cortinas de la cabina, y dormía su noche por entregas, dentro del trailer blanco de 22 toneladas que conduce, entre Alicante y Perpiñán, hasta tres veces por semana. “El Majo” es el dueño del camión.

Dos besos. Descorrer las cortinas fue como si amaneciera en un mundo en miniatura (nunca llego a esa cisterna, pequeña catarata de bolsillo, de Cortázar). A la espalda de los asientos, una litera con dos camas. En medio, una mesita de noche y de día: tabaco, bote de coca-cola vacío (cenicero), dos móviles, las llaves. Yo quepo de pie. Mi hermano no toca el techo ni saltando. Los asientos son reclinables, y con una amortiguación de aire, regulables en altura. Un hueco en la guantera invita al copiloto a estirar las piernas y reposar los pies.  Los ojillos hinchados y el pelo aplastado, de cachorrillo recién nacido, la voz ronca del único habitante: “¿qué dices, chaval?”. Apaga la luz de la cabina. Arranca.

El copitolo acepta encantado la invitación y estira las piernas. Saliendo del ralentí, tomamos, pianísimo, la curva para encarar la vía de servicio. Entramos, felices y resignados, en el atasco. La radio,  insoportable murga. El chófer come pipas para no dormirse. Yo, agradecido, lo acompaño. Paramos para desayunar.

Los camiones llevan un limitador de velocidad: 90 kilómetros por hora. Sobre las nueve y media, me bajo en una gasolinera,  y recorro el último kilómetro a pie, hasta el pueblo:  él sigue, bordeándolo, camino a Francia. La Junquera, así la llaman todos los camareros con los que hablo, son unas pocas calles que se alargan junto a un arroyo, que se arrastra junto a una carretera, que corre junto a la autopista. Las casas miran, por encima de todo, a la autopista. Cuesta arriba, las calles, el arroyo, la carretera y la autopista convergen como en un embudo, hacia el paso de la frontera, aunque antes se ensancha de nuevo y ahí se resume lo que, bien mirado, es todo esto:  un gigantesco aparcamiento, con un pueblo a las afueras.

El Restaurante Alegría ha cambiado de nombre: “Mar i Sol”. La que fue su dueña, anda por aquí de vacaciones, pero ilocalizable. Su hijo, al que también citaba Mounib, vive en Holanda desde hace diez años. La dueña del Molí de Vent, 50 metros más arriba, falleció en enero del año pasado. El gerente del Bar Norte ha abierto un restaurante frente al Molí de Vent, pero cierra los miércoles. Nadie conoce al que entonces era el camarero del bar del Supermercado Escudero. El Club Valverde, el primero que abrió por aquí, está cerrado a estas horas. Viaje en balde.

Mi hermano, de vuelta de Perpiñán, me deja a media hora de Barcelona: esta vez en Rubí. De todas formas, pienso, todos habían declarado lo mismo: que a Abderrazak Mounib no lo conocían por su nombre, pero sí que lo reconocieron cuando vieron su foto en los periódicos, que era vendedor ambulante, pero que no sabían si el día 5 de noviembre, a las once de la noche, andaba por allí, como él aseguraba. Luego, como siempre que no volvía a casa, se fue a dormir al coche, añadió. Era su coartada. Tuvo que esperar seis años para que el ADN la confirmara. “Todos los lugares son buenos, para pasar de largo, forastero”.

Hoy, Martín me lleva a Gerona.

Abandonar

La etimología de abandonar remite a la proscripción. De origen germano, y pasada a través del francés, la puesta en bando sobrevenía a quien, durante la Edad Media, escapaba a la acción ordinaria de la justicia: el bando, tras un período en el que el proscrito podía presentarse él mismo para afrontar su deuda, autorizaba a cualquiera que se cruzara con el bandido a quitarle la vida. La ley, allí donde no llegaba con su brazo, se ponía en manos de cualquiera que pudiera ejecutar el castigo. La venganza pública tenía que ejercerse individualmente. Los abandonados quedaban expulsados del espacio de la ley y la comunidad y, en consecuencia, de su protección y de sus derechos, en aras de la eficacia. La condena era ya el anuncio.

*** 

La detención de Abderrazak Mounib levantó  un cierto revuelo en el barrio de Sant Pere, en Barcelona. Taïbi, vendedor ambulante y gran amigo de Mounib,  reunió a unas veinte  personas para acompañar a la familia. Al día siguiente, y junto con la mujer de Mounib, se acercaron hasta los juzgados, que están a menos de cinco minutos de la calle Metges, donde el 14 de noviembre de 1991 Mounib, acompañado de Ahmed Tommouhi,  iba a pasar la primera rueda de reconocimiento.

Taïbi había avisado también a Santi, su abogado. Sin saber muy bien de qué le acusaban todavía, Taïbi quería que un abogado de confianza se hiciera con el caso. El abogado estuvo en los juzgados, pero no quiso defenderlo. Sus razones personales tienen un interés colectivo, pues señalan tres constantes que han marcado este asunto: la prueba diabólica, la gravedad de los delitos junto con la espectacularidad de las acusaciones, y la carga de trabajo que conllevaba el caso. ¿Quién se hubiera hecho cargo de un marrón así?

******

Ni Taïbi ni ninguno de sus compatriotas fueron a ver a Mounib a la cárcel entonces. No asistieron a los juicios. No volvieron a verlo hasta que, cuatro años después, supieron que un equipo de la Guardia Civil defendía su inocencia.

Presentación oficial

El penúltimo párrafo del lunes se abría así: “El jueves 14 de noviembre, sobre las ocho de la tarde, Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi se conocerían por fin. En la primera rueda de reconocimiento que pasaron juntos.”

Confieso que lo escribí temiendo que fuera una brutalidad. El inconveniente de llevar dos años investigando, para este género que estamos construyendo aquí, es que manejo información que tengo que ir dosificando: no por el suspense, sino sencillamente porque no se puede vomitar todo durante el primer mes, para luego  seguir, ustedes y yo, más o menos de la mano. Contarlo todo siempre es el secreto no sólo del aburrimiento, sino también de la desinformación (por cierto, quizá esto sirva no sólo para este blog, sino también para el flujo continuo de información al que nos exponemos diariamente, y que oculta más que muestra). No se entendería nada.

Pero la conciencia del paso del tiempo histeriza: y el lunes no me pude aguantar.

Era una brutalidad porque faltaba al primer mandamiento de este reportaje abierto: nunca dejarás al lector rumiando su quimera: “¿y esto, cómo lo sabe?” [Y más cuando se trata del nudo de todo este asunto: porque Tommouhi y Mounib fueron condenados como co-autores en dos casos].

Escribí que no se conocían antes porque, 16 años después, nadie ha demostrado lo contrario. Alejo Noe, hoy fallecido y Juan Manuel Pérez, ambos del Equipo de Policía Judicial de Martorell entonces, se ocuparon a finales de 1992 en investigar qué relaciones tenían, antes de ser detenidos, los dos marroquíes. Pérez me contó cómo batieron los barrios donde residía cada uno, comprobaron sus rutinas de trabajo, mostraron fotografías de uno a los vecinos del otro, y viceversa. Su informe, elevado a la Sección Quinta de la Audiencia de Barcelona y admitido como prueba en la vista oral, concluyó:

“No se ha podido determinar ningún tipo de relación entre ambos”. Yo mismo he hablado con decenas de personas del entorno de cada uno. Nadie conocía al otro antes de aquel día. Y es verdad que los agentes, en su informe y como queriéndose lavar las manos, pero con agua hirviendo que cayera sobre los dos pollos que iban a desplumar en la Audiencia (sentencia desmentida luego por el ADN), añadieron esta coletilla:

“Si en otros lugares se han reunido (…) hasta la fecha se desconoce”: Puro vaho. ¿Es que acaso se podría llegar a conocer en alguna fecha los lugares de reunión, cuando esa reunión no ha existido ? Rafael Sánchez Ferlosio explica en algún sitio (¿quién me recuerda dónde?), que demostrar lo negativo es ontológicamente imposible: que sólo se puede demostrar que SÍ ha ocurrido tal cosa, pero nunca que esa misma cosa NO ha ocurrido. De hecho, añade: demostraré que no estaba en el lugar del crimen, en París, si consigo demostrar que a esa hora estaba en Londres, o en Jonolulú.

La fuerza notarial de un inventario reside en que en algún armario están las cosas que  el acta relaciona: así también para nuestro método. Ahora ya saben ustedes qué había debajo de esa frase: este informe completo, y pueden así intentar, además, desmentirla.

Los resultados de esa rueda de reconocimiento, sin embargo, es inútil sacarlos aquí ahora. El enredo es tal, que no sacaríamos nada en claro. Cuando entremos a tirar del hilo de cada caso en particular, empezaremos por ahí: qué declararon las víctimas al reconocerlos. No es que unas víctimas dijeran que no estaban seguras y otras que sí: es que había víctimas que afirmaban “sin ningún género de dudas” lo contrario de lo que otras, con la misma firmeza, aseguraban , con lo que Abderrazak Mounib, por ejemplo, era y no era el violador al mismo tiempo: tanto para los hechos en general, como para uno de los dos casos de Vilafranca (de los que no hemos hablado aquí todavía) en particular. En ese caso, la juez resolvió procesarlo porque en la misma rueda, aunque la chica señalaba a otro como el violador, el novio de la chica  señalaba a Abderrazak Mounib.

Lo más importante de ese día fue la impugnación de la rueda que Pere Ramells, abogado de oficio de Tommouhi, produjo.

Tommouhi era el único que no tenía bigote y era de complexión gruesa. El juez consideró que eso no alteraba la relación seguridad-certeza de las víctimas, y continuó. N., una de las chicas de Cornellà, sin embargo, se expresó así en la vista del juicio oral:

Que los demás detenidos de la rueda eran de características diferentes“. Gracias a Estupefacto, que nos dejó aquí el artículo 369 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que se refiere a este aspecto, tenemos una cita casi frontal entre lo que marca la ley y lo que por las propias víctimas sabemos. La persona que ha de ser reconcida, dice la Ley, tiene que ser mostrado

“con otras de circunstancias exteriores semejantes”

“Los demás detenidos de la rueda eran de características diferentes”., dijo N.

Mañana veremos qué contaron los periódicos de todo esto.

Segunda detención

La liebre había saltado en casa del novio de la víctima de La Bisbal, a las nueve de la noche del lunes 11 de noviembre. La chica y su novio señalaron la foto de Abderrazak Mounib: “pero sin bigote“, concretaron. El día siguiente se oficializaron los reconocimientos: se encartó la foto de Mounib de 1987 entre los delincuentes de los álbumes oficiales y el resto de víctimas que lo habían señalado sobre un folio entre otros dos sospechosos, firmaron sobre actas que hablaban de centenares de reseñados. El miércoles 13, pasado el mediodía, la Guardia Civil se presentó en su piso de Barcelona.

La mujer de Abderrazak abrió la puerta. Su marido no estaba, pero sabía que había bajado al bar de la plaza. El Bar Joanet está cerca. Los agentes, que esperaban encontrarse a un violador múltiple y posiblemente armado, llegaron y lo encañonaron. Abderrazak llevaba una riñonera con una pulsera, al parecer de oro, y un cordón también dorado. Los agentes se la requisaron  por si pertenecía a alguna víctima. Le quitaron también el anillo de oro que llevaba en un dedo.

Hoy sabemos que nada pertenecía a ninguna víctima. Como Tommouhi, Mounib no tenía ni joyas, ni documentación de las víctimas, ni ninguna de las armas ni vehículos utilizados, ni medias ni guantes parecidos a los usados.

A las 13,35 pasó este reconocimiento médico. El capitán Morales Arrizabalaga, de la Jefatura de Sanidad de la Guardia Civil, constató que no tenía “ningún signo externo de violencia”. Al día siguiente G., una de las chicas de Cornellà, que después de tres ruedas señalaría a Ahmed Tommouhi como uno de los violadores, añadiría en su declaración: “Que [le]golpeó con una porra en el ojo al que no reconoció, y que no han detenido, ya que si lo hubiera visto lo hubiera reconocido sin ninguna duda”. Al que no reconoció era Abderrazak. (Esta expresión: “al que no reconoció, y que no han detenido” es un diamante en bruto, una flor rarísima: la releo con miedo de que se rompa)

El Bar Joanet sigue abierto. Voy a desayunar un día sí y otro no. El propietario de entonces ha fallecido. Ahora lo atienden su yerno Joan y, creo, su hija, que va y viene de la cocina a la barra. La suegra de Joan, con gafas y la media melena rubia recogida, sentada en una mesa del fondo, le pide que me diga que no recuerda nada. Bueno, sí, corrige: “que yo no vi que sacaran pistolas”. Desde entonces, creo que me mira como a una sorpresa extraña.

El jueves 14 de noviembre, sobre las ocho de la tarde, Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi se conocerían por fin. En la primera rueda de reconocimiento que pasaron juntos. Nunca he entendido cómo, sin parecerse físicamente entre ellos,  pudieron compartir rueda. Un día de estos voy a preguntárselo al juez. 

Postscriptum: Por cierto, el día que lo detuvieron, esto es, unas 60 horas después de los hechos de La Bisbal, Abderrazak tenía este bigote:

Paseo de reconocimiento

El 13 de noviembre de 1991 fue el segundo día de ruedas  de reconocimiento para Ahmed Tommouhi y Mostafa Z. El juzgado número dos de Terrassa está al final de un pasillo. En ese pasillo, de alargados bancos de madera, se reúnen 17 víctimas, entre chicas y acompañantes, de las tres provincias donde se han producido hechos similares: Barcelona, Girona y Tarragona. Las acompañan algunos guardias civiles de los diferentes puestos donde habían ocurrido los hechos.

No están las víctimas que pasaron por la rueda del día 12. Pero es, sobre todo, el día del paseo. Reyes Benítez, que estaba entre los agentes acompañantes, en ese pasillo, lo resumió así en la Cadena  Ser:

Juan Manuel  Pérez, compañero de Reyes en la policía judicial de Martorell, estaba tambiéne en ese pasillo. Lo entrevisté en enero de 2006, en San Andrés de la Barca, y coincidió con Reyes: lo pasaron en las dos direcciones.  El sonido, que en la cinta donde lo grabé es todavía comprensible, al digitalizarlo caseramente, se oye sobre todo el aire arañando los altavoces:

Junto a Tommouhi iba Mostafa Z., al que habían detenido también en la pensión. Tommouhi es el cuarto empezando por la izquierda, Z. el segundo. Hay cinco hombres en total. El balance de las ruedas de reconocimiento quedó así:

Nadie señaló a Mostafa Z.

A Tommouhi: 7 víctimas no lo señalaron; 5, firmaron que parecía o podía ser; y 5 afirmaron “reconocerlo”. Entre estas cincos, se cuenta M., la víctima de Olessa que años después el ADN demostró científicamente que se había equivocado al señalarlo. He escrito “firmaron”, porque entre las que dudaban estaban E., la víctima de Gavà y su novio, quienes el día del juicio oral sostuvieron que nunca habían dicho que fuera Tommouhi, sino que era el que más se le parecía. Ese caso arrojó la única sentencia absolutoria a favor de Ahmed.

A las ruedas del día siguiente, ya celebradas en Barcelona, viajó sólo Tommouhi. Allí tenía nuevo compañero: sobre las 14,30 de este mismo día 13, la Guardia Civil había detenido en la terraza del Bar Joanet, a tiro de piedra del Arco del Triunfo, a Abderrazak Mounib, que estaba tomando un cortado. Ahora era él el presunto autor de los mismos hechos por los que, dos días antes, habían detenido a Mostafa Z.

Una foto de 1987

Abderrazak Mounib no recordaba, al declarar como acusado por varias violaciones y robos, en 1991, por qué lo habían detenido en Sentmenat en abril de 1987.  Las fotos de la ficha policial que registró esa detención, sin embargo, están en el origen de su detención cuatro años después y de su condena.

Tanto en Tarragona como en Barcelona se mostraron fotografías de ciudadanos árabes a las víctimas, árabes detenidos durante el verano en Salou,  árabes reseñados en esta otra comisaría, o el álbum oficial de este puesto. Pero sin consecuencias. El 11 de noviembre del 91 por la mañana –ya hemos visto el fax de la Policía Nacional que coordinaba a las comisarías de Barcelona– la Guardia Civil no tiene ningún sospechoso. Tiene estas fotos.

Las fotos se hicieron llegar a las diferentes comandancias, y de ahí a los cuarteles donde habían ocurrido los hechos, para que fueran mostradas a las víctimas. La detención de 1987 nada tenía que ver con agresiones sexuales: así lo indica el que en la casilla de los motivos se lea “actos deshonestos”. Actos, que no “abusos”, como escribirá muy pronto este instructor de la policía judicial, transformando una desinhibida bajada de pantalones en un bar –eso me cuentan que fue lo que ocurrió, pero tómalo con precaución–, en una metida de mano, por decirlo rápido.  Una diferencia entre acto y abuso  es que en el abuso hay alguien que sufre los abusos, mientras que en los actos deshonestos, normalmente sólo se ofenden los guardianes de la moral, o  los dueños de los bares, ciertamente.

Esas fotos se mostraron a distintas víctimas, y algunas de ellas, las menos, las señalaron. No les voy a volver locos ahora, porque tiempo tendremos de volver sobre este punto. Pero esas fotos fueron encartadas en los álbumes, después de que las víctimas la señalaran sobre un folio con otras dos tiras más. Un folio con las caras de tres detenidos. Una vez encartadas, se les volvieron a mostrar (esto es sólo un voto de confianza), y se les invitó a firmar sobre las actas: es falso, por tanto, que las víctimas señalaran esas fotografías entre otras 500, o con el número 91, como escribe el mismo que transformó los “actos” en “abusos”. Falso, por más que lo pretendan las actas.

Es falso porque así lo explicaron las mismas víctimas. Esta de Tarragona, por ejemplo, que admitió “que el álbum sólo contenía  cinco ó seis fotografías” (las tres de la hoja de Mounib, más las de la hoja del otro sospechoso):

 

Y es falso porque esa foto no podía, sencillamente, estar en los álbumes de, por ejemplo, Tarragona: Mounib había sido detenido por el puesto de Castellar del Vallès, Barcelona, y los álbumes de esa época eran provinciales, así que no podía figurar en el de Tarragona, provincia y comandancia distinta. Por supuesto, tampoco estaba en los álbumes de Barcelona.

Esas fotos, después de mucho rastrear archivos y cuarteles, y por más álbumes de centenares de fotos con que luego la abrigaran -y cifras tan redondas como 500 no tendrían que haber, sino levantado sospechas- se distribuyern así: en este folio.

Pronto sabré –espero– por qué fue detenido Abderrazak Mounib en 1987. Mientras tanto, ya sabemos que si hubiera pedido que destruyeran su ficha, porque estaba en su derecho, al menos estas fotos no serían una excusa para su ruina.

Dos días después fueron a buscarlo a su casa.

Ruleta de reconocimiento

Ahmed Tommouhi y Mostafa Z. pasaron a disposición judicial el  12 de noviembre por la mañana. La Policía Nacional de Terrassa se ocupaba del robo con violencia contra Y y su novio., lo que llamo el caso Terrassa, así que ambos acudieron al juzgado número dos de la ciudad. Las víctimas de Cornellà, el otro caso que instruía  la policía nacional (el resto eran demarcaciones de la Guardia Civil), también fueron avisadas y trasladadas a la primera rueda del martes 12.

La primera intención de la policía, sin embargo, había sido montar en la comisaría una rueda la misma noche de la detención. Avisaron a Y, que se presentó, pero finalmente no encontraron a “árabes de características físicas similares a las de los detenidos”, según diligencias. Faltaban cebos para acompañar a Tommouhi y su compatriota.

La primera rueda se montó finalmente el martes por la mañana. Muchos creíamos que  en esa primera rueda a los acusados los pasearon esposados por delante de las víctimas antes de entrar al despacho del juez, y que enseguida los pasaron de nuevo  –el juez llevándose las manos a la cabeza, metafóricamente al menos– para devolverlos a los calabozos. No. Ese paseo existió, pero no hoy, y aquí lo contaré mañana.

(Es una de las virtudes que he descubierto en el link: no sólo permite al lector acceder a la fuente, o al documento, y contrastarlo con lo que cuenta el periodista. También, y sobre todo, enseña al periodista a desconfiar de sí mismo. Fechas, detalles, matices que he repetido erróneamente durante dos años, no pasan la criba del link. La exhibición de las cosas obliga a medir las palabras. Incluso algunos textos del principio de este blog, que tenía escritos de antemano, tuve que corregirlos el día que me puse a volcarlos y a usar esta herramienta. No es que sea infalible, y ahí está la “fe de erratas” para probarlo, pero desde luego es mucho más implacable.)

Hoy tenemos a cuatro víctimas: Y., su novio, y las dos menores de Cornellà. En una sala cinco hombres, pegados a la pared. En una anexa, el juez, el secretario, los abogados, y las chicas, que van entrando de una en una. Un cristal ahumado separa la sala de exposiciones de la de mandos, por así decir. Entre los expuestos, que no ven a quienes les miran, están Zaidani y Tommouhi, y 4 árabes más.

N., víctima de Cornellà, entra, mira y señala. El acta recoge:

“Que puede ser el 5º por la izquierda y en los demás no los reconoce”.

El 5º por la izquierda es Ahmed Tommouhi. El “puede ser”, sin embargo, puede que sea insuficiente. El juez repite la rueda.  Pero los cambian de orden. N, por segunda vez:

“Que reconoce al segundo empezando por la izquierda y a ninguno más”.

El segundo vuelve a ser Ahmed Tommouhi.

G., la otra víctima de Cornellà, entra por primera vez, y recoge el acta:

“Que puede ser el 1º por la izquierda, no reconociendo a nadie más”.

El primero, han cambiado el orden, es Ahmed Tommouhi.  Es, otra vez, un “puede ser”.  Se repite la rueda. G., a la segunda:

“Que reconoce al 2º por la izquierda y a ninguno más”

El segundo vuelve a ser Tommouhi.

La chica de Terrassa, Y., pasó por la sala de identificaciones. Aunque sólo he encontrado un acta. Es extraño, porque el suyo tampoco es un reconocimiento con seguridad. Ahora hay un cebo más: siete hombres en total. El acta dice así:

“Que cree que uno de los imputados es el 5º empezando por la izquierda y que el 3º le parece que puede ser el que pegó a su novio”.

El que sí mostró seguridad en el reconocimiento fue el novio de Y, M.V.:

“Que reconoce al 3º por la izquierda con toda rotundidad y además fue el que le apuntó

Por alguna razón que se me escapa todavía, las chicas de Cornellà repitieron rueda esa mañana, mientras que Y. y M.V. volvieron diez días más tarde para lo mismo.  

El resultado de todo esto fue que el juez

ordenó la práctica de las gestiones oportunas para recabar cuantas denuncias existieran sobre hechos de similares características, bien por las señas físicas de los individuos, o por el “modus operandi”, donde hubieran podido tener participación los dos detenidos.

Al día siguiente, hubo nuevas ruedas: Entre chicas y acompañantes, diecisiete víctimas estuvieron el miércoles 13 en los Juzgados de Terrassa. Mañana sí que hablaremos del paseo.

Me voy corriendo a Martorell.

La dueña de la pensión no es Funes

No sólo el nuestro de ayer.  Ninguno de los policías que detuvieron a Tommouhi y Zaidani en la pensión Agut de Terrassa preguntaron a la dueña de la pensión dónde estaban ambos marroquíes “el día de autos, es decir el día de la violación“.

“La violación” sobre la que le preguntaban en la vista oral del juicio de Tarragona, a finales de 1994, era las dos violaciones de La Secuita y la doble de La Bisbal,  ocurridas entre las 22:30 del día 9 y las 2:00 del 10 de noviembre del 91. Ese día había entrado Tommouhi en la pensión de Terrassa, y según él, a esa hora estaba en su habitación. No sé, todavía, si la defensa de Tommouhi, o el fiscal, o el propio tribunal, le preguntaron eso mismo a la dueña de la pensión el día del juicio. ¿A qué hora vio usted por última vez al señor Tommouhi esa noche?  Y “no sé” quiere decir que no tengo esa parte del acta oral donde debería estar recogido. La pregunta y la respuesta. Sé lo que me han contado, pero es demasiado vago todavía.

Así que en abril pasado me planté yo mismo en la pensión. En la antigua pensión, porque hoy ya es sólo la vivienda habitual de su dueña (¿tiene marido, hijos?). Me perdonarán que no les hable aquí del lugar, pero es que no encuentro las notas que tomé aquel día, y describir de cabeza y en frío se me da mal. Muy mal. Vida es olvido.

Como muchas veces, tiré de amigos. Ellos tienen coche y saben conducir, y siempre están dispuestos a comer fuera de casa. Comimos en Bellaterra: Más que un pueblo, digamos que es una carretera, un jardín y una farmacia. Del nombre del restaurante no me acuerdo, pero sí de cómo lo imaginábamos: seguro que Cambó y sus colegas reuniría a la ejecutiva de la Lliga aquí, soltó alguno.

Luego fuimos a Terrassa. A un bar que, con luminoso amarillo, seguro se llamaba “Oasis”. Tomamos café. Los dejé pidiendo el pacharán, salí a la calle, subí la cuesta y atravesé el pasaje Agut. Frente a la puerta, tomé las notas que no encuentro. Y toqué al timbre. A través del interfono, hablamos:

“La pensión cerró y ya está”. […] Insití. Quería saber si al menos se lo habían preguntado alguna vez: “si me vuelves a molestar, nos veremos en otro lado”, terminó.

La mujer, dieciséis años después, no recordaba nada.

Primera detención

El lunes 11 de noviembre, además del fax con las descripciones de los presuntos violadores, en la comisaría de Terrassa entró la ficha de registro de la pensión Agut. Lo habitual es que los hosteleros entreguen las fichas cada mañana: esta vez era lunes, y la dueña de la pensión entregaba las del fin de semana. Los nuevos huéspedes registrados eran dos marroquíes: Ahmed Tommouhi, desde el sábado, y Abdeslam Hammani, desde esa misma mañana del lunes, día 11. 

La coincidencia fue tan sofisticada como explicó uno de los policías el día del juicio oral en la Audiencia de Tarragona: 

“Que detuvieron al señor Ahmed Tommouch en Terrassa, a causa de la llegada [de] un telex (…) y en ese momento llegó una señora de una pensión [con los] datos de un marroquí, que coincidían con los datos del telex, por lo que se fueron a la Pensión y al ver a los [ocupa]ntes de la vivienda, (…) [los] detuvieron y se los llevaron a Comisaría, y allí [lo] puso en contacto con el Juzgado de Guardia y este ordenó [la de]tención.” 

El mismo agente explicó también que 

“el parecido de las características del telex, con los huéspedes de la pensión eran grandes, sobre todo con el de 40 años aproximadamente. Que en el telex se decía que uno de los autores tenía grandes entradas.” 

En efecto, Ahmed Tommouhi tenía 40 años y grandes entradas. Cuando volvió a la pensión, andando desde la obra en la que trabajaba, encontró a la  policía en la pensión, junto a uno de sus compañeros de habitación, Mostafa Zaidani, recién duchado. Este último vivía en la pensión desde hacía un mes. Nada tenía que ver con el Hammani de la ficha de registro. Pero era marroquí y tenía bigote. La policía se llevó a los dos detenidos. 

La conversación entre la Policía y la dueña de la pensión debió ser escueta. El policía admitió el día del juicio de Tarragona “que no preguntó a la dueña de la Pensión donde estaban los árabes el día de autos, es decir el día de la violación”.  

A la mañana siguiente, ambos pasaron la primera rueda de reconocimiento. Hasta dos días después no sería detenido Abderrazak Mounib, a quien finalmente algunas de las víctimas señalaron, junto a Tommouhi, como el otro violador del otoño de 1991.

El fax

Es lunes, 11 de noviembre de 1991. Ni la policía nacional ni la guardia civil tienen a ningún sospechoso. La última violación de la serie de la que luego serían acusados y en algunos casos condenados Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib había ocurrido en La Bisbal,  la madrugada del sábado al domingo. La policía nacional empieza a coordinar sus actuaciones.  Este escrito, pasado por fax a todas  las comisarías de Barcelona a las 15,40 horas de la tarde de ese lunes, es uno de los dos cables que llevó a la detención de Ahmed Tommouhi.  

El texto –todo en mayúsculas—resume, aunque con imprecisiones, los hechos objeto de la investigación. Añade las descripciones de los presuntos autores, basadas sobre todo en los testimonios de Cornellà, y fija la atención en el Renault 5 empleado en las últimas agresiones. Entre corchetes van algunas precisiones mías. Dice así: 

 “Entre las 20h y las 22h. del día siete de los corrientes, G y N, ambas domiciliadas en Cornellà de Ll., han sido víctimas de violación por parte de dos individuos de raza marroquí o similar [no sabemos a qué similitud se refiere exactamente, pero en todo caso G. había declarado que eran “gitano” o de “aspecto agitanado”] que utilizaban un vehículo de marca Renault-5 color gris plateado, matrícula B-7661-FW. (Est)a matrícula es falsa, correspondiendo a un turismo Seat 131. El mismo vehículo y los mismos autores, en la noche del 9 al 10, (ta)mbién del presente mes realizaron sendas [exactamente dos violaciones en La Secuita y  una violación doble en La Bisbal]  violaciones en  Tarragona y La Bisbal. 

 Los mismos individuos son presuntos autores de múltiples violaciones (en) distintas poblaciones de la provincia de Barcelona, entre los días 31-10-91 y el actual, utilizando siempre vehículos de tamaño pequeño de distintas marcas y con diferentes matrículas –sopechamos que siempre falsas–.  

Siempre llevan consigo una pistola, un bate de béisbol y una porra (co)mo la utilizada por la policía, causando siempre lesiones a las víctimas.  

Los autores son:  

1)     de 40-45 años de edad, 1,65 a 1,70 m. de estatura, complexión normal, (…) puede que algo obeso, pelo castaño oscuro –puede tener entradas manifiestas–, liso y corto, ojos achinados, pequeños, color marrón (o)scuro, habla español con acento. 

 2)     De 20-25 años de edad, de 1,70-1,73 de estatura, complexión normal, pelo negro, liso y corto, cara redonda –al  igual que el anterior–,  cicatrices en la cara de haber sufrido la viruela o similar, ojos pequeños, cejijunto y pobladas, no habla español, al parecer   

Ambos son morenos si bien el joven lo es en particular. 

 Interesa 

 La detención de dichos individuos, y de ser habido [sic] el vehículo sin los ocupantes, realizar la espera, dando inmediata cuenta  a esta comisaría –Grupo P. Judicial–. 

El vehículo puede llevar un golpe en su parte delantera izquiera, a la altura del faro.”  

Hasta aquí el fax.   

Entre las comisarías que lo recibieron estuvo la de Terrassa, que en 1991 tenía 158.063  habitantes, según el INE. Ahmed Tommouhi, un marroquí que había llegado a esa ciudad una semana antes para trabajar como albañil, vivía en una habitación de la pensión Agut, en el pasaje del mismo nombre, desde hacía dos días.  Desde el sábado 9 de noviembre por la tarde. Tenía 40 años.  El lunes por la noche durmió en comisaría.  

Dos falsos policías (y VI)

Aviso sobre lo publicado 

6.- El Caso de Tarragona II:  La Bisbal

Los asaltantes debieron continuar viaje, según la reconstrucción policial, por carreteras secundarias hasta enlazar con la C-246, una carretera comarcal que une Valls y El Vendrell, todavía en la provincia de Tarragona. Luego se desviaron por la carretera de Santa Oliva, que va de La Bisbal del Penedès a Llorens. Poco antes del puente de la autopista que cruza esa carretera, rebasaron un camino de tierra que salía a mano derecha: al fondo se podía entrever el chasis de un vehículo. Era el Citroën CX del padre de O, que junto a su novio habían aparcado pocos minutos antes en esa pista sin asfaltar, a unos cinco metros de la carretera, y habían apagado las luces. Sobre la una y cuarto de esa madrugada de domingo, el chico se fijó en un coche que circulando por la carretera de Santa Oliva, en dirección a Llorens, se detuvo apenas rebasado el cruce del camino, dio marcha atrás y entró en la pista donde estaban ellos aparcados. Era un Renault 5 de color claro que se detuvo, sin apagar las luces y bloqueando la salida. La pareja se extrañó. Cuando se quisieron dar cuenta, había dos hombres, con la cara tapada con una media, asomados a la ventana del copiloto. Dos hombres armados con un revólver, una barra de hierro y un palo de madera que encañonándolos y alumbrándoles a la cara con una linterna –“para no ser reconocidos”, según O— les pedían que abrieran el coche. Ellos se negaron. Uno de los asaltantes golpeó entonces el vehículo con la barra de hierro y JC, el chico, bajó un poco la ventanilla y les dio el dinero que tenía, unas mil pesetas. No dejaron de amenazarlos y exigirles que salieran del vehículo hasta que JC entreabrió su puerta, permaneciendo sentado. Los dos hombres lo sacaron y lo tiraron al suelo. Medirían uno setenta, eran robustos y tenían la voz ronca, según JC. Bocabajo, le quitaron el cinturón y le ataron las manos a la espalda. O, que seguía en su asiento, aprovechó para quitarse el reloj y los anillos que le dio tiempo y esconderlos dentro del coche. Le quitaron lo que le quedaba a la vista: un anillo con  un sello de oro, uno de aro de comunión, como una alianza, y otro con un perla blanca y con puntas; y dos cadenas de oro: una de ellas con un escapulario y una cruz. En el escapulario se podía ver la Vírgen de Montserrat por una cara, y el Sagrado Corazón por la otra. En la cruz las iniciales y la fecha de nacimiento de su novio grabadas. JC tenía veintitrés años. O, veintiuno. El más tranquilo de los asaltantes, que a JC le pareció el cabecilla, se metió en el coche y con la mano derecha le volvió a O la cara hacia el cristal. Arrancó y movió el coche unos veinticinco o treinta metros más arriba, alejándose del cruce y del Renault 5 en el que habían llegado. El otro arrastró del cuello a JC hasta llegar de nuevo a la altura del Citroën. Otra vez  bocabajo sobre el suelo, le ataron también los pies con una camiseta y le taparon la cara con su propio jersey. Lo registraron varias veces buscando dinero, pero ya solo le quitaron un reloj Racer con cronómetro. A partir de ahí, JC no veía nada pero sí oía lo que sucedía a su alrededor: por el ruido pensó que era un coche de poca cilindrada. El más tranquilo se volvió a meter en el coche con la chica. Hablaba bastante bien castellano. La chica le preguntó si era marroquí. “Sí”, le respondió, y añadió que hablaban en “saja”. O todavía “consiguió hablar un poco [con él] y [éste] le dijo que llevaban tres o cuatro años en España”. El otro permaneció fuera con su novio golpeándole, no fuerte, pero sí continuamente, dándole patadas y pegándole con la barra. No fueron más de cuatro o cinco minutos, el tiempo que tardó en salir su cómplice del vehículo para relevarlo en su puesto. El segundo que entró, más nervioso y que apenas hablaba, estuvo más tiempo dentro, como unos ocho minutos. La “estuvo besando repetidamente”, por lo que O sostuvo siempre que no tenía bigote. La chica no opuso resistencia por miedo a que le hicieran algo a su novio, por lo que ni ella ni su ropa tenían signos de violencia física, según el parte médico. Para ella, ambos eran de uno sesenta aproximadamente de altos, con voz ronca, pelo corto, oscuro, complexión fuerte, de entre treinta y treinta y cinco años, y llevaban cazadoras de piel. Uno de ellos tenía las faces de la cara muy resaltadas. Cuando terminaron, arrancaron el Renault 5 y después de una maniobra brusca salieron a la carretera, “probablemente”  patinando ruedas, dijo JC. O llegó a ver  tuvo la T de la provincia de Tarragona en la matrícula. (Según averiguó la policía, los asaltantes debieron sustraer esa placa de un turismo rojo –a juzgar por el estado reciente de los remaches—que de camino habían encontrado junto a la cuneta y la sustituyeron por la B-7661-FW que habían lucido en los dos asaltos anteriores y en Cornellà.) Al notar el chico que cuando gritaba ya no le pegaban, se quitó el jersey que le cubría la cabeza y vio que no se habían llevado a su novia. JC se desató las manos lo más rápidamente que pudo y, con los pies atados todavía, se reunió con su novia. Entre ambos terminaron de deshacer los nudos de los pies del chico. A su pregunta, ella le respondió que la habían violado los dos. “Decidimos que ella se quedara en el lugar de los hechos y yo me fui a buscar ayuda a casa de unos familiares, en La Bisbal del Penedés.”, declaró JC. Luego volvieron a recogerla a ella, y se fueron a la Policlínica del Vendrell para ser atendidos y luego a la Guardia Civil para denunciar los hechos. JC volvió dos días después a declarar y, entre otras cosas, añadió: “Que entre ellos hablaban en árabe. Que no puede identificar el dialecto, [pero] que desde luego era árabe y que lo conoce porque lleva diez meses en Melilla haciendo el servicio militar”.

Álex

Álex es uno de los chicos agredidos en La Secuita, donde dos menores fueron violadas y sus cuatro amigos, golpeados y maniatados, como se leía aquí ayer. Aquí relata los hechos según los recordaba 14 años después de que ocurrieran: la entrevista se realizó en Tarragona, en diciembre de 2005:

 

Los silencios tapan los nombres de los menores: sólo se oye el nombre de César, que ni era menor, ni tuvo nada que ver con lo sucedido. Es sólo un vecino del pueblo.  Y se oyen dos voces femeninas: una que pregunta, la de Mónica C. Belaza, mi compañera de Máster y reportaje de entonces, y una que ayuda a Álex a recordar la edad que tenía en noviembre de 1991. “Quince” años, apunta. Es su novia

Dos falsos policías (V)

Aviso sobre lo publicado:  

5.- El Caso de Tarragona I (La Secuita) 

A unos veinticinco kilómetros de Salou está La Secuita.  Desde Tarragona se tarda un cuarto de hora por la carretera de Perafort, una calzada estrecha que se hunde en una rotonda antes de girar a la derecha y empinarse los dos kilómetros finales serpenteando por una cuesta suave hasta el pueblo: un puñadito de casas blancas horadado por las ventanas y una pequeña iglesia románica, sobre una falda de cultivos, almendros y avellanos. La Secuita. A mitad de ese último tramo de subida y a mano izquierda, a la carretera le sale un brazo estrecho y de tierra, un caminito que se mete en un pinar frondoso y rectangular que queda en un recodo. El caminito desemboca en el viejo campo de fútbol del equipo local. Hoy está abandonado. La pared de la única grada lateral está cuarteada por la maleza que, reventándola, asoma; la pintura de los anuncios de empresas locales está descolorida; la cancha, enredada de matojos, y la basura, amontonada de escombros, litronas de cerveza, material de obra y plásticos. Sólo los esqueletos de las porterías mantienen y dibujan el antiguo orden rectangular que imprimía su forma hasta  en el pinar. En 1991, tampoco servía ya de sede para los partidos del Club de Fútbol La Secuita, descolgado de todas las competiciones oficiales. Entonces tenía dos usos principales. Durante el día, los chicos del pueblo iban allí a jugar al fútbol. Por la noche no era raro, sobre todo los fines de semanas, que sirviera para que los chicos y chicas, mejor si en parejas, se buscaran y charlaran a oscuras. A eso fueron A y L, dos quinceañeros del pueblo, con S y R, de quince y catorce años respectivamente, amigas y vecinas de la misma manzana en Barcelona que pasaban el fin de semana en sus casas en La Secuita, la noche del sábado 9 de noviembre. Llegaron en moto desde casa de S., donde las dos chicas habían cenado juntas. De camino habían comprado dos paquetes de tabaco en el bar del centro del pueblo. Aparcaron las motos y se sentaron junto a la portería más alejada de la entrada, al fondo del pinar. Eran alrededor de las once de la noche cuando vieron llegar un coche que se acercó, más o menos,  hasta la mitad del campo, según A recuerda todavía. Las luces largas que traían puestas los deslumbraban. Era un Renault 5 Saga (*) gris metalizado del que bajaron dos hombres armados con un palo de madera, como un bate, y un revólver y dándoles el alto. “Policía”, dice A que gritaron. A veía el perfil de los dos hombres recortados por un hilo de luz contra la oscuridad. Volvieron a dejar el revólver en el coche y les pidieron la documentación (**). Los chicos se habían dado cuenta de que no eran policías cuando los asaltantes empezaron a golpearles con el palo, gritándoles que se tiraran al suelo, bocabajo (***). Les ataron las manos a la espalda y les quitaron las carteras. A las chicas les taparon además los ojos: a S con su propio jersey y a R con un pañuelo, aunque esta última podía ver. Metieron a los cuatro en el asiento trasero. Por el camino de la entrada apareció una luz redonda. Eran J y O, dos amigos del pueblo de A y L, que llegaban en moto. Al ver el Renault 5 lo primero que pensaron fue que era el del Tete, un amigo común de La Secuita, y aparcaron la moto delante del coche. Les llamó la atención que en la aleta frontal tenía un golpe, junto al faro izquierdo. El cristal estaba roto, no así la bombilla, que seguía encendida. Ni J ni O supieron muy bien de donde habían salido los dos hombres que se les plantaron delante, aunque declararon que pensaban que debía haber sido de dentro del coche. Los golpearon y les ataron las manos con la bufanda azul marino y rayas blancas que J llevaba puesta. Los metieron a los dos en el maletero, pero como la puerta no cerraba del todo, desataron a O, lo sacaron y lo metieron delante, a los pies del copiloto. O contó luego que cuando le pusieron la pistola en la nuca sintió que era metálica, y que creía que era de verdad, sin llegar a precisar si tenía el agujero del cañón obstruido o no. Arrancaron, los ocho dentro del Renault 5, salieron por la otra salida que el campo tenía y cogieron de nuevo la carretera, dirección La Secuita. Enseguida se desviaron metiéndose por el camino que lleva al Mas del Hereguet. Circularon unos 50 metros más y detuvieron el vehículo. No habrían andado un  kilómetro desde el campo de fútbol hasta el campo de avellanos donde pararon. Los asaltantes sacaron a los seis chavales del vehículo. Ataron a los cuatro chicos detrás del coche, tumbados sobre el suelo, bocabajo y pierna con pierna: para A y L emplearon las gomas de la bandeja que cubría el maletero; para J y a O, los jirones de una camiseta interior de tirantes blanca, marca San Telmo. Los agresores hablaban entre ellos: Uno le pedía al otro que tuviera cuidado no se le escapara un tiro, al tiempo que amenazaba a los cuatro amigos con pegárselo él mismo si no se estaban quietos. Habían renunciado ya a pasar por policías: en algún momento empezaron a decir que eran “moros”. Les palparon el cuello y las muñecas buscando joyas y relojes. A J le rajaron con una navaja el anorak –12.900 pesetas—para quitarle el reloj Casio que llevaba. Uno se llevó a S entre los avellanos, a través de cuyo enramado –el avellano es un arbusto de hoja caduca, y era otoño—A podía ver cómo el agresor la desnudaba y la manoseaba. Los chicos oyeron que su amiga gritaba, llorando, que le hacía mucho daño. El agresor le tapaba la boca. S se resistió. El violador le dio varias patadas en la vagina. S lo describió como de baja estatura, uno sesenta y cinco aproximadamente, de unos cuarenta años, gordito, piel oscura, barriga, pelo corto y liso. Le pareció que hablaba una lengua extranjera, posiblemente norteafricana. Vestía una cazadora negra y un pantalón de pana. Del otro sólo dijo que tenía bigote.  Ese otro había metido a R dentro del coche. Luego acabó violándola fuera, en la parte de adelante. “Mira cómo la tengo de dura”, oían los chicos, sin ver a R, que le gritaba. La golpeó repetidas veces, más cuanto más repetía R, ante sus insistentes preguntas, que no lo había hecho nunca. Le pegaba y le gritaba mentirosa. Era, según R, de un metro sesenta y cinco de altura, de unos cuarenta años, con el vientre saliente,  pelo negro, ojos oscuros y redondeada la cara. Luego dejó que se vistiera y la echó encima de los cuatro chicos, detrás del Renault 5. Los chicos no miraban para no ver que el otro estaba violando, ahora delante de ellos y analmente, a S.  A memorizó la matrícula: B-7661-FW. Se marcharon poco antes de la una de la madrugada. Les habían dicho que volverían en una hora, y que los esperaran, amenazaron, porque si no los matarían. Los chicos desobedecieron inmediatamente: el primero que consiguió soltarse cortó las ataduras de los demás con un mechero. Al subirse las mallas que llevaba esa noche, S notó cómo un líquido le bajaba, al parecer, de la vagina.  Juntos fueron a avisar a sus padres. Los chicos no pudieron añadir gran cosa a las descripciones que de los agresores habían dado sus dos amigas: apenas A,  que dijo que uno tenía barba, retuvo algún rasgo. Lo que sí añadieron fueron las impresiones que le había dejado la extraña forma de hablar de los asaltantes. Para uno hablaban castellano aunque con acento; para otro hablaban normalmente en español, aunque en algún momento habían hablado un idioma extranjero que no podía precisar. Un tercero insinuó que  podía ser “árabe norteafricano”. A dijo que lo hacían en árabe, y con voz afónica. Los padres de S, que a la mañana siguiente  acompañaron a su hija y a R durante la visita al Hospital Juan XXIII de Tarragona, hicieron constar ante el juez “su protestas por la actuación del ginecólogo [que las atendió], que trataba a las niñas como si fueran unas frescas.” 


(*) Comprobar, por su dueño de entonces, que el Renault-5 GTX era, efectivamente, un SAGA. Si no, quitarlo de aquí.

(**)  Nos llama la atención este gesto de esconder el revólver. La policía planteó a menudo la posibilidad de que no fuera una pistola de verdad, y quizá tenga que ver con ello.

(***) Es importante el matiz que se recoge en el “Informe Operativo” firmado por José Martín Vázquez el 10 de noviembre de 1991: “Dijeron eran policías [sic] y piden a los presentes sus documentos, y dicen que se los tenían que llevar”: por la mecánica comitiva de los hechos, se deduce que quiere decir que se “tenían que llevar” a los chicos. Nos importa para que se vea una similitud más con el triángulo que nos interesa: Olesa, Tordera (25-11) y este de Tarragona: el hecho de que se presentan como policías y añaden la excusa de tener que trasladarlos  de lugar…

Ajustar hora y fecha

“La noche del sábado 9 al domingo 10 de noviembre de 1991 se produjeron tres asaltos en escenarios y horas diferentes, entre las 22.30 y la 02.00 de la madrugada, en la provincia de Tarragona. El primero ocurrió sobre las 22.30 en Salou, una turística localidad costera. Dos hombres, al parecer sin bajarse del coche en el que viajaban, robaron de un tirón un bolso a dos hermanas, Fidela y María Maximina, que no pudieron describir el rostro de sus agresores porque los vieron ya de espaldas. Aun así, debieron [de] declarar que se trataba de dos “individuos norteafricanos”, de entre treinta y tres y cuarenta años, y complexión fuerte, o así al menos lo recogió la guardia civil en una diligencia posterior. El coche era un Renault 5 gris con matrícula B-7661-FW, confirmaron.” 

Los hechos del caso de Tarragona, que incluye este robo en Salou, las dos violaciones de las chicas de La Secuita, y la doble violación de O en El Vendrell, en apenas cinco horas (todas se relatarán aquí), ocurrieron la noche del mismo sábado que Ahmed Tommouhi entró a vivir en la pensión de Terrassa, donde dos días después sería detenido. La ficha de la pensión no detalla la hora, pero sí la fecha: 9-11-91. La dueña de la pensión entregó su ficha, junto con la de otro marroquí llegado también ese fin de semana, en la Comisaría de la Policía Nacional de Terrassa, el lunes por la mañana: 11 de noviembre. 

A partir de ahí, y antes de saber lo que declaró la dueña de la pensión –nos falta la parte del acta del juicio oral que recoge su testimonio–, podemos establecer lo siguiente: Entre la pensión en la que se hospedó Ahmed y Salou, donde se cometió el robo con tirón, hay 118 kilómetros de distancia y la guía Campsa, a día de hoy, calcula que la ruta más corta llevaría 1 hora y 14 minutos [en coche]. 

Esta semana veremos aquí qué fue lo  que hizo a la policía pensar que esos dos marroquíes podían ser los autores de la ola de violaciones que golpeaba Cataluña desde hacía ya más de un mes. Pero podemos ir adelantando trabajo.  Ustedes dirán, pero a mí  me parece que una pregunta clave, a partir de estos hechos, es: ¿a qué hora entró Ahmed y cuándo fue visto por última vez en dicha pensión por los huéspedes y, sobre todo, por la misma dueña que lo recibió, le cobró un mes por adelantado y le preparó la cama?. […]

Una pregunta sencilla con una respuesta concreta: algo al alcance de “cualquier español con reloj”.

Dos falsos policías (IV)

Aviso al lector:

El título “Dos falsos policías”  debe entenderse como el paraguas que agrupa los diversos casos de la ola de violaciones del otoño de 1991,  aún cuando, como en este caso de Cornellà, los agresores no se presentaran nunca como tales. Este es también el único caso de esta serie (I, II, y III) en el que los asaltantes encuentran a las víctimas en una zona urbana, iluminada y en el que median entre ellos unos primeros minutos sin violencia.

4.-El caso de Cornellà 

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El 7 de noviembre de 1991 era jueves. N, de 14 años y G, de 15, habían salido del casino de Sant Feliu de Llobregat y esperaban en una parada el autobús para volver a su casa de Cornellà, en el área metropolitana de Barcelona. Eran alrededor de las ocho de la tarde cuando se acercó un coche pequeño, de color gris seguramente, claro en todo caso, ocupado por dos hombres, de unos veinte años el copiloto, el conductor de unos cuarenta, que se ofrecieron a llevarlas hasta Cornellà. Ellas aceptaron. El copiloto abrió su puerta y bajó del coche para que, doblado el asiento delantero, se subieran a la parte de atrás. Era un turismo de dos puertas. Nada más subir, los hombres se presentaron diciendo que eran árabes. No consta que añadieran sus nombres. El vehículo, según contó N a la policía, tenía una bandeja cubriendo el maletero; la tapicería era gris con franjas verticales negras y una franja roja, más estrecha, horizontal, que la bordeaba; y tenía tres relojes no horarios en el cuadro y uno horario en la parte baja, junto al cenicero. “¿Cómo os montáis en un coche con las cosas raras que pueden pasar?”, les preguntó el conductor, ya en camino por la carretera de Sant Joan Despí en dirección a Cornellà. Las chicas, sorprendidas, les pidieron repetidamente que las dejaran bajar, a lo que el conductor se negó. “Vamos a esperar a una cuñada suya”, continuó, refiriéndose al copiloto. N iba sentada detrás del conductor, cuya cara veía reflejada en el espejo retrovisor: Tenía los ojos achinados, pequeños, marrones, oscuros y prolongados y con arrugas por la parte de fuera. De unos cuarenta o cuarenta y cinco años, uno setenta de alto, complexión normal, con entradas, llevaba una chaqueta de cuero  marrón y guantes de lana. N oyó que hablaba español con acento cuando se dirigía a ellas, y árabe o similar cuando hablaba con el copiloto. Añadió que le había visto un reloj con pulsera metálica, de plata o acero, dudó. El acompañante le pareció de unos veinte o veinticinco años, algo más alto que el conductor, de complexión normal, aunque puede que algo gordito, y que tenía la cara ancha, con señales como de haber pasado la viruela; el pelo moreno, corto, liso y caído sobre la  frente, los ojos pequeños –“y muy rojos”, se fijó que los tenía—, cejijunto y muy pobladas las cejas; llevaba guantes de cuero y cazadora negra. No le oyó que hablara español, sino en árabe y sólo entre ellos. A la altura del barrio de la Fuensanta el conductor se desvió adentrándose en él.  N y G vivían más adelante, así que pidieron explicaciones. Callejeando, y sin que mediara respuesta, salieron a un descampado: Tomaron un camino lleno de baches por el que se cruzaron con dos vehículos, antes de desembocar en una calzada donde N recordó haber leído en un cartel: “Carretera de Sant Boi”. Las chicas gritaban pidiendo que las dejaran bajar. “Vamos a hacer algo con vosotras”, oyeron que les decían. Lo primero que pensó G fue que les iban a robar. Después de varias vueltas embocaron un camino: El coche avanzaba rozando con las ramas de algunos árboles. La casa junto a la que, entre huertos, se pararon,  no tenía luz. El conductor paró el motor y apagó las luces. Primero les propusieron “realizar el acto sexual”, según declaró G, a lo que ellas se negaron. N pensó inmediatamente que las iban a violar. El conductor hizo como que desistía en sus amenazas, entregó al copiloto la pistola que había sacado, que a N le pareció pequeña y que tenía un silenciador(*), y salió del coche. “Mátalas si quieres”, le dijo. El copiloto, que ya las estaba amenazando con una navaja, intentó golpear a G con una porra de madera que también portaba, pero su amiga logró evitarlo. Llegaron a quitarle la porra. G le golpeó en un ojo con ella y ambas intentaron escaparse. N llegó a poner un pie en el suelo, pero el conductor, que seguía fuera, le cerró el paso con la puerta. Les pegaron con la porra  y un bate a ambas. N empezó a sangrar por un labio partido. El conductor la sacó del coche. G procuró fijarse todo lo que pudo en los autores y anotar la matrícula: B-7661-FW. Para ella, el hombre de más edad, el conductor, tendría unos cuarenta años; de altura y complexión normales, aunque algo obeso, tenía el pelo negro, aspecto agitanado y vestía una cazadora de piel marrón. El más joven le pareció que tendría unos veinticinco años, y de no mucha estatura, sin poder precisar más: tenía aspecto gitano, el pelo negro y liso, señales en la cara y llevaba una chaqueta de piel marrón también. Éste fue, el copiloto, el que se quedó con ella dentro del coche. La violó vaginalmente. A N, fuera, apoyada contra el coche, y con algo, seguramente su propio jersey, puesto en la cabeza, el conductor intentó penetrarla vaginalmente. N declaró que creía que no lo había conseguido, pero que tampoco podía asegurarlo porque los golpes en la cabeza la habían dejado medio inconsciente y que recordaba lo ocurrido a trozos. Cuando volvió en sí, se vio ensangrentada y andando por una carretera. La esposa del automovilista que las recogió las llevó a casa de G y sus padres, al hospital de Bellvitge, donde N llegó con traumatismo craneoencefálico y vómitos, además del corte en el labio superior y una contusión en el pómulo derecho. G tenía contusiones en la tibia derecha, a media altura, así como en el codo y pómulo derechos. A ninguna se le tomaron muestras esa noche. G declaró de madrugada, a partir de las 03:47, según el acta, y al final de su declaración  pidió remarcar: “que dichos individuos les dijeron que eran árabes, aunque cuando hablaban con ellas lo hacían en castellano correctamente, por lo que ignora si cuando hablaban entre ellos era árabe o lo hacían para disimular.”  Al día siguiente, pasada la  una del mediodía, entregó a la policía las bragas, marca Princesa, y los vaqueros Levi’s que llevaba puestos la noche anterior. N declaró el viernes día 8, poco antes de las tres de la tarde. Entregó tres prendas que llevaba la noche de autos: un polo Adidas de color añil y manchado de sangre, unos vaqueros azules, marca Lee, y unas bragas. En la zona vaginal de su braga, sin marca ni talla, había una gran mancha de semen.


(*) No olvidar que Reyes nos contó que era un revólver de plástico al que habían añadido un cañón de hierro.

Dos falsos policías (III)

3.-El caso de Olesa 

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A las 20,30 horas del martes 5 de noviembre de 1991, M y su amiga E estaban en el taller de la calle Trasera, en Olesa de Montserrat (Barcelona), donde trabajaba su amigo JJ, esperando a que éste engrasara la cadena de la moto de M. El trabajo le llevó menos de media hora. Luego, JJ y  M acompañaron a E a la calle Colón, donde ésta había aparcado su coche. E se fue para Esparraguera, un pueblo cercano, sobre las nueve de la noche. M y JJ se dirigieron al gimnasio de la carretera de Manresa. Estaba cerrado, así que se quedaron charlando con Ma, una prima de M, durante una hora. La prima de M se marchó sobre las diez. JJ y  M, cada uno en su moto, decidieron dar una vuelta por Olesa y comprobar de paso cómo había quedado la cadena recién engrasada. El recorrido empezó por la zona de las Casas Baratas, subieron por Las Planas, bajaron  por el centro de Formación Profesional, giraron a la izquierda y, recto, llegaron hasta Can Vicentó, al final del pueblo. Luego, por la carretera de Calisá, se acercaron hasta los alrededores del Instituto de Bachillerato de Olesa. Aparcaron en un camino que lleva a la vieja fábrica de Can Vila Pou, y se pusieron a hablar. Ella tenía veintiún años, él diecisiete. Sobre las 22,30 pasó de largo, hacia la fábrica, un Peugeot 205, blanco, con un alerón doble a media altura de la luna trasera y matrícula de Barcelona, letras KJ. Enseguida giró a la izquierda y se fue a aparcar junto a un almacén que había más abajo. Al chico, que era mecánico, el ruido le pareció el de un motor diesel, aunque, pensando que se trataba de una pareja de novios, no le prestó mayor atención. Los dos amigos siguieron charlando hasta que dos hombres los sorprendieron abordándolos por la espalda. “Éstos son”, llegaron diciendo, como acusándolos de haber  roto o destrozado algo. Nosotros no hemos hecho nada, comentó JJ: uno de los individuos le golpeó en la cabeza y el cuerpo con uno de los  palos de madera, largos y muy gruesos, que traían.  M les pidió que se identificasen. Ellos insistieron en que eran “policías o guardias jurado”, dudó M al declarar. Uno de los individuos llevaba la voz cantante, y el otro obedecía. Les dijeron que les tenían que acompañar porque se había cometido un robo en un almacén agrícola cercano y querían comprobar algunas cosas. Los dos jóvenes, que no se creyeron que fueran policías, se resistieron. JJ estaba sangrando y M le pidió al que llevaba la iniciativa que llamara a un médico si de verdad eran policías, lo que al parecer “puso nervioso” al agresor, que empezó a insultarla. El “mandado” obligó a JJ a ponerse en marcha camino de la nave, mientras el otro vigilaba, amenazante, que M acabara de ponerle los candados a las motos. Acabaron llevándoselos a palos y empujones por caminos de campo hasta la caseta. El que obedecía se mordía el cuello del jersey –de cuello alto y color “crudo o blanco”, según M— al hablar, como para que no se le viera la cara. Los asaltantes, que mantuvieron una pequeña discusión antes de entrar a la caseta, hablaban árabe entre ellos, según los chicos. El “más activo” le pidió a M las llaves de su moto: fue a recogerla y la aparcó dentro de la nave.  El “Jefe” era grueso, con entradas, tenía el pelo corto, la cara redonda, los labios grandes y la barriga prominente, y mediría un metro sesenta y cinco de estatura. Vestía pantalón gris de tergal, camisa clara y chaqueta marrón oscura. El chico se fijó que calzaba unas zapatillas de estar por casa. El otro, “el que obedecía”, no hablaba español: “utilizaba un lenguaje árabe”, era gordo, más moreno que el primero, tenía el pelo negro y la cabeza más redonda, aunque las “características generales eran similares al primero”, dijo la chica. El que mandaba hablaba con ellos en castellano, pero con dificultades. Al menos dos de los golpes le cayeron a JJ en la cabeza, lo que le dejó aturdido durante un rato y le provocó dos cortes de cinco y un centímetro. Antes de entrar a la nave, JJ pudo ver la silueta y el aspecto que tenían, pero, a pesar de que dijo recordar(*) que había luz suficiente, explicó que entre que lo deslumbraban con la linterna y los nervios, no pudo ver bien la cara de los asaltantes. La “nave” era una hilera de pequeñas casetas sin enlucir unidas por un mismo techo de uralita y acuñada(**) : era más alto el muro trasero que el de la fachada. Una vez en el interior, el mandado ató a JJ con las cuerdas de una carretilla que había dentro. Primero le ató las manos. Una vez en el suelo, le ató los pies. Las cuerdas lo amarraban a su vez al bastidor de la carretilla. JJ estaba “atontado”.  El Jefe registró a M y le quitó las cuatro mil pesetas que llevaba. “El subordinado” le ató a ella también las manos a la espalda. Colocaron una manta en el suelo. El que mandaba obligó a la chica a tenderse sobre ella y a quitarse la cazadora, el pantalón y las bragas. La resistencia que opuso M, el agresor la venció apaleándola en la barriga. El otro, cumpliendo órdenes, esperaba vigilante fuera de la nave, por si acaso se acercaba alguien. Utilizaban la linterna para deslumbrar y controlar a la chica y a su amigo dentro de la caseta, aunque al parecer también la utilizaron fuera. Cuando terminó el que estaba dentro, se turnaron. Los dos eyacularon dentro del cuerpo de la chica. JJ presenció las violaciones. Habían empleado una violencia brutal. El informe médico recoge que M presentaba numerosas marcas amoratadas en los pechos, en las muñecas, junto a la columna. En la parte de atrás del muslo derecho tenía un cardenal de 15×4 centímetros. En el pie tenía (***) además dos cicatrices, aunque antiguas, de un accidente de tráfico que había sufrido unos meses antes. Los agresores recogieron parte del dinero que se les había caído al suelo, desataron a la chica, le ayudaron, con la linterna que llevaban, a buscar las llaves de su moto, y se marcharon. Una vez solos, la chica, con una navaja llavero, desató a su amigo. Se subieron juntos a la moto de M y fueron a buscar la de JJ. La encontraron tirada en un huerto cercano. Subidos cada uno en la suya, se marcharon. En la huída, JJ tuvo un pequeño accidente, aunque sin graves consecuencias. Llegaron a casa alrededor de la medianoche. Antes de ir al hospital, M se duchó y se cambió de ropa.  

Fuentes: Estoy en plena mudanza, así que hasta la semana que viene no podré enlazar aquí los documentos en los que se basa este relato.


(*) Mejor: “dijo recordar”

(**) Mejor “forma de cuña”

(***) Añadir : “también”; [mejor aún: “además”]

Dos falsos policías (II)

2.- Caso Terrassa (*)

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La madrugada del domingo 3 de noviembre de 1991, Y y su novio M estaban dentro del coche de él, un SEAT 131, aparcados junto a un almacén de butano que hay entre la carretera de Matadepera y el Polígono Norte de Terrassa, en la provincia de Barcelona. Eran entre las dos y las tres de la madrugada cuando aparecieron dos hombres. Tendrían unos treinta o treinta y cinco años, según los chicos. Los habían abordado por uno de los laterales del coche, armados uno con una pistola y con una porra de madera, parecida a un bate, el otro. Los asaltantes golpearon los cristales de las puertas diciendo que eran policías y pidiéndoles que abrieran las ventanillas y la documentación. M creyó, en efecto, que se trataba de policías y, bajando un poco su ventanilla, les entregó sus papeles, aunque enseguida uno de ellos le pidió, con tono imperativo, que saliese también del vehículo. A Y la obligaron a bajar por la puerta del copiloto. A M lo pusieron de cara contra su coche, con las manos apoyadas en el mismo. Quisieron atárselas a la espalda y vendarle los ojos, pero él, convencido ya de que en verdad no eran policías, se resistió. El de la porra le golpeó en la cabeza, en un costado y en el pecho. Mientras, el otro encañonaba a su novia: al notar la pistola en la sien, Y la sintió metálica: y pensó que era de verdad. M cayó sangrando al suelo. Su novia declaró que creía que los agresores pensaron que “se lo habían cargado”. Quizá por eso, aprovechándose de la confusión, M pudo escapar corriendo en dirección al Polígono Norte. Le quedó la impresión de que ambos medían uno setenta de altura y eran de complexión fuerte; que el de la porra hablaba en un idioma extranjero, al parecer árabe, y que el otro, el que empuñaba la pistola, hablaba español, aunque con acento árabe. Este segundo, al que recordaba vistiendo una cazadora azul, fue el que le robó la cartera de piel, con el carné y el carné de conducir militares y cinco mil pesetas; antes le habían quitado el reloj de pulsera, analógico, con la correa de piel marrón y la corona dorada, marca Festina, que llevaba. La oscuridad del lugar no le permitió mayores precisiones. La chica se había quedado sola con los asaltantes. Le taparon los ojos y la subieron a una furgoneta que había cerca. Una Mercedes Benz, dijo Y que le había parecido, y entrevió que era de un color azul metalizado. La puerta lateral, por donde la obligaron a subir a ella, era corredera. Una vez dentro la taparon con una manta y arrancaron. La furgoneta estuvo dando vueltas una media hora apestosa: en el cajón de carga donde iba ella se respiraba un intenso olor como de oveja, según le dijo días después a un guardia civil (**). La soltaron junto a la Avenida del Vallés, a la altura del Club Penedés. Antes le habían amenazado con matarla cuando la vieran por la calle si contaba algo a la policía. El de la pistola, de complexión fuerte y unos treinta y cinco años, de raza árabe y uno setenta de estatura, según ella, hablaba perfectamente castellano. El otro, el de la porra, también le pareció árabe, de unos treinta años y, aunque de complexión más delgada, era un poquito más alto: uno setenta y tres mediría; con ella hablaba castellano con dificultades y árabe con su cómplice. Unos jóvenes que circulaban por la Avenida del Vallés, a los que Y les contó lo sucedido, la recogieron y la llevaron hasta el lugar de los hechos. La policía, alertada por su novio, había llegado antes, y había  también una ambulancia que la trasladó a la Mutua de Terrassa. Y no necesitó atención médica. En Urgencias se reencontró con su novio, que tenía contusiones en la cabeza, el costado derecho y el pecho, según el parte médico. M tenía diecinueve años; su prometida (***) Y, diecisiete recién cumplidos. Los dos vivían en Terrassa. A  ella le habían robado un anillo de oro con una esmeralda y nueve circonitas, grabados con las iniciales de su nombre y sus dos apellidos y la fecha 14-02 de 1988 ó 1989, no recordaba, y setecientas pesetas en metálico. El catorce de febrero es el día de San Valentín.

Continuará. 

Fuentes: en breve estarán disponibles aquí mismo. 


(*) Antes, la noche del 31 de Octubre, habían ocurrido otros 3 hechos . El relato está todavía incompleto. Hay también otro hecho en Tordera (Girona), ocurrido o este mismo domingo o la madrugada  anterior al de Terrassa.

(**) Reyes Benítez, al que había conocido, poco después de que la violaran, en el cuartel de Manresa/Ole[s]a/Martorell?.

(***) Volver a comprobar que, efectivamente, fue ella quien habló de su “prometido” en alguna de la declaración.

Huellas sin rostro

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Evidencias de un agresor desconocido

La nueva base de datos puede ayudar a esclarecer el caso de Ahmed Tommouhi 

BRAULIO GARCÍA JAÉN Madrid31/10/2007  

Emilia M. volvía a casa el [8] de abril de 1995 cuando un chico se le cruzó en la carretera y empezó a golpear el capó de su coche. Era medianoche, estaba descalzo y le pedía ayuda. Sentada en el arcén estaba Alfonsa, su novia. Dos hombres la acababan de violar. “¿Es que no me conoces?”, preguntó Alfonsa. “La tenía vista”, dice Emilia. Porque ambas vivían en Esparraguera, un pueblo de Barcelona. La reconoció y los acercó al cuartel de la Guardia Civil. Emilia tenía 19 años. Cuatro años antes, y a menos de un kilómetro de allí, dos hombres habían violado también a su hermana Isabel.

La violación de Isabel de 1991 continúa impune. Por la de Alfonsa sólo ha sido condenado uno de los autores. Los restos de semen recogidos en seis violaciones cometidas en 1995, la de Alfonsa entre ellas, sirvieron para condenar a Antonio García Carbonell a 228 años de cárcel. El perfil genético del otro violador era siempre el mismo, pero éste no ha sido detenido todavía. El archivo centralizado que prevé crear la nueva Ley sobre identificadores de ADN permitirá saber si ese perfil genético anónimo es compatible con el de alguno de los condenados, dispersos en los distintos registros policiales.

Pero Emilia no es el único nexo vivo entre las agresiones cometidas en 1995 y las ocurridas en 1991. Reyes Benítez, guardia civil, participó en ambas investigaciones. Un informe suyo de 1996 trazó un puente inesperado entre las dos olas de violaciones: García Carbonell era también el autor de una de las violaciones de 1991 por la que habían sido condenados, injustamente, los marroquíes Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi -muy parecido físicamente a García Carbonell-. El ADN demostró que la víctima se había equivocado al identificarlos.

El desconocido que acompañó a García Carbonell es un familiar cercano suyo, como muestra su perfil genético. La Ley de Enjuiciamiento Criminal establece desde 2003 que ningún sospechoso puede negarse a dar una muestra de ADN si lo ordena un juez. Fiscales y policía podrían emplearse ahora en obtener perfiles que permitan tanto hallar culpables como reparar los casos de inocentes condenados.

 

Dos falsos policías (I)

[BORRADORES]

[…] 1.- El caso de Gavà

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El primero de los asaltos del otoño de 1991 ocurrió sobre las dos de la madrugada del 5 de Octubre, en una riera paralela a la carretera de Sant Climent de Llobregat, a las afueras de Viladecans, en la provincia de Barcelona. Un lugar apartado y sin iluminación donde E y su novio pasaban el rato dentro del Seat Ibiza de él. El atestado dice que “en actitud amorosa”. El chico vio llegar un coche, un Ford Orion o Escort oscuro con [un alerón trasero y]  matrícula de Barcelona, que, despacio, los rebasó y se paró unos cinco metros por delante del suyo. Enseguida, sin embargo, dio marcha atrás, pasó de nuevo junto a ellos, se detuvo unos metros por detrás y apagó las luces. El novio de E no le prestó mayor atención. Aunque sí observó cómo, a continuación, dos hombres se bajaban del coche, uno de ellos con una linterna en la mano, y llegaban hasta ellos. El que traía la linterna alumbró el interior del coche de la pareja.  Fue entonces cuando la chica, que no se había percatado de nada, los vio: declaró que uno era un hombre mayor, de unos 45 años, de uno setenta y cinco de estatura, algo obeso, que vestía una camisa y un pantalón de tergal. No pudo precisar los colores. El otro le pareció más joven, delgado y de una estatura similar, pudiendo vestir pantalón tejano, camisa blanca y un gorro blanco** también, en la cabeza. Este último tenía los ojos saltones y oscuros, la tez morena. Su novio intentó arrancar el coche, aunque sin tiempo: uno de ellos golpeó con un objeto contundente la ventanilla del conductor, rompiendo el cristal y encañonándolo con un revólver. Les pidieron el carné, les preguntaron por el “otro chico” –no había nadie más y era evidente—y hablaron de que si los iban a llevar a comisaría. Los chicos declararon primero y por separado, que el acento les sonó sudamericano.  Casi un mes después añadieron que cuando los asaltantes hablaban entre ellos les pareció que lo hacían en “una lengua árabe”. A la chica, en un primer momento, sí que le dieron la impresión de ser policías. Acto seguido los dos asaltantes le ataron al chico las manos a la espalda y le vendaron los ojos con un trapo, aunque por un claro veía cómo uno le golpeaba con la mano que asía el revólver. Le obligaron a pasarse al asiento del copiloto. El del revólver arrancó el coche del chico, con él y su novia dentro; el otro se subió al que traían ellos y se trasladaron a unos huertos cercanos. Una vez allí, el chico pudo ver desde el asiento trasero, donde permaneció bajo amenazas el resto del tiempo, cómo sacaban a su novia del coche y de pie, apoyada sobre la puerta lateral izquierda, la tocaban. Tras vendarle los ojos, según E contó luego, uno de los asaltantes se la llevó.  El otro empezó a registrar el vehículo. Mientras, JM, que así se llamaba el novio, oía los gritos de su compañera. Luego se turnaron. El segundo volvió con E [como] desmayada, -y- arrastrándola por las axilas. La chica dijo en comisaría, ya amaneciendo, que tras apartarla del vehículo la habían desnudado y violado vaginalmente, eyaculando, los dos, en su interior; y que luego ella había simulado desmayarse, por lo que los asaltantes, asustados, la llevaron de nuevo al coche y le pidieron a su novio que se marchara de allí inmediatamente después que ellos. Les robaron mil setecientas pesetas que llevaba él, dejando anillos y esclavas que había en el coche. E tenía entonces diecinueve años; su novio veintiuno. Al llegar a casa contó que dos hombres los habían atracado.  

Continuará 

FUENTES: Declaración policial de E, 5-10-1991; declaración policial JM, 5-10-1991; declaración conjunta ante Juzgado de Instrucción nº 4 de Gavá, 16-10-1991; declaración JM, Juzgado Inst. nº 4 Gavá, 28-10-1991; y declaración E, Juzgado Instr. nº 14, 14-11-1991.


(*)Estaría bien saber en qué casos estuvo Reyes presente durante las declaraciones, e introducir algo de impresionismo. Y así entrelazar ya a Reyes y la historia.

(**) En el Renault-5 gris recuperado el 2 de Diciembre de 1991 había “una capucha de tela blanca”

El indulto de Damocles

El 18 de septiembre de 2006 salía en libertad condicional, después de casi 15 años, 5.424 días preso, Ahmed Tommouhi: “Estoy en la calle, pero todavía no soy un hombre libre”, dijo en su primera entrevista. Tommouhi (Nador, 1951) y otro marroquí, Abderrazak Mounib (Fez, 1952), habían sido condenados por una ola de robos y violaciones cometidos en Cataluña en 1991. Una decena de víctimas los señalaron como los asaltantes. Pero las muestras de ADN de una de esas violaciones analizadas en 1997 desvelaron el error: los autores eran un español, detenido en 1995, y otra persona no identificada. Los reconocimientos por parte de las víctimas habían sido la única prueba de cargo en todos los casos.

El Fiscal Jefe de Cataluña, dado que las otras condenas no habían podido revisarse por falta de muestras analizables, solicitó el indulto para ambos en 1999. El Tribunal Supremo, un año después, lo recomendó como la “salida adecuada” a la situación.  El Gobierno, ocho años y medio después, no lo había resuelto. [Ahora sí]. “Acepto los errores: ¿pero algo que dura tanto es un error?”, dejó dicho Abderrazak Mounib antes de morirse en la cárcel en 2000. Ahmed Tommouhi, si el Gobierno no lo indulta antes, será hombre libre en 2009. Él dice que no lo será hasta que se reconozca su inocencia. 

Cuatro años después 

Aunque detenidos en 1991, el caso Mounib-Tommouhi no existió como tal hasta cuatro años después. En la primavera de 1995 dos hombres repitieron una ola de violaciones muy parecida a la del otoño de 1991. Hubo víctimas que los volvieron a señalar como los dos hombres que, hablando árabe, las habían violado. Mounib y Tommouhi, sin embargo, no habían salido de la cárcel desde 1991.

El 20 de junio de 1995, la Guardia Civil detuvo al español Antonio García Carbonell. Al verlo en comisaría, al agente Reyes Benítez se le vino a la cabeza la cara de Tommouhi, a quien había visto cuatro años antes durante la instrucción. García Carbonell y Tommouhi se parecen muchísimo. Reyes Benítez: “En la foto que llevaba García Carbonell en el carné de conducir y en la de la detención de Tommouhi son idénticos.” García Carbonell, aunque “de aspecto norteafricano”, según sus víctimas, es gitano. Pero sobre todo habla caló, lo que hizo pensar a Reyes Benítez que quizá las chicas, a oscuras, apaleadas y muertas de miedo, hubieran confundido no sólo la cara, sino también el habla de los gitanos con el árabe. 

Esa sospecha desencadenó en 1996 una nueva investigación. Los dos informes policiales elaborados por Reyes Benítez y elevados a la Fiscalía de Cataluña sostenían que Mounib y Tommouhi eran inocentes, y que uno de los autores de las violaciones por las que ellos habían sido condenados injustamente era Antonio García Carbonell, el detenido de 1995. El Fiscal Jefe ordenó rastrear los restos biológicos que aún pudieran conservarse, y en 1997 el ADN de la única muestra analizable lo demostró científicamente: eran García Carbonell y otra persona no identificada quienes habían violado a la chica de Olesa en 1991. El primero fue condenado a más de 250 años de cárcel por esa violación y las de 1995. El otro sigue sin ser localizado. 

El Tribunal Supremo  revocó en 1997 esa condena por el caso Olesa y el Estado fue condenado a pagar más de 18 millones de pesetas (unos 108.000 euros) a cada uno de los dos marroquíes. ¿Por qué, entonces, Mounib siguió preso hasta morir y Tommouhi sigue aún cumpliendo condena? La explicación técnica es que quedaron atrapados en una falla del ordenamiento jurídico español. Una vez que las sentencias son firmes, como lo eran en este caso, el recurso de revisión sólo es viable si aparecen “nuevos elementos que evidencien” la inocencia de los condenados. Una vez condenado, es el reo quien debe demostrar su inocencia. 

Tras los informes elevados a la Fiscalía, seis años después de los hechos, sólo se recuperaron restos biológicos de la violación de Olesa. Las otras condenas son jurídicamente independientes. El propio Tribunal Supremo explicó el corsé que le imponía la literalidad del recurso de revisión y que le obligó a desestimar la revisión de esas otras causas. Y por eso mismo recomendó el indulto como “salida adecuada” a la situación creada. El Fiscal Jefe de Cataluña, José María Mena, lo solicitó formalmente el 30 de abril de 1999. 

Ni el anterior Ejecutivo del Partido Popular ni el actual del Partido Socialista lo han resuelto. Que el Gobierno no lo ha resuelto significa exactamente eso, que ni lo concede ni lo deniega. “El Gobierno ha decidido que no es un mensaje asumible indultar a una persona condenada por violación”, se justificó el entonces ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar. El periodista que lo entrevistaba obvió la pregunta que, desde hace ya más de ocho años, justifica este proyecto: ¿por qué, entonces, tampoco se lo deniegan, como hacen con la mayoría de los miles de presos que piden el indulto cada año? La respuesta es la tesis que quiero demostrar aquí: porque ellos –a diferencia de la mayoría de esos otros miles—fueron condenados injustamente. 

Mientras tanto, la dama con la venda en los ojos, encantada de conocerse y gorda como una estatua de Botero, se divierte jugando al sol con su cada vez más raquítica y minúscula balanza de maqueta: “Es la esencial e irreductible ambigüedad de la justicia misma, incluso sujeta a forma en el derecho, que si la hizo, ciertamente, menos cruel que la venganza, también la reificó y la consagró como infalible e inexorable”, (R.S.F.) se lee en el pie de foto.

EL INDULTO FUE FINALMENTE DENEGADO EL 30 DE ABRIL DE 2008.