Archivo de la categoría: Correspondencias

Carta desde Ibiza

Entre los papeles que Ahmed Tommouhi me dejó fotocopiar ayer, esta carta que un ciudadano le había enviado a la cárcel, el 20 de agosto de 2005, desde Ibiza.

Anuncios

Carta abierta al gabinete de prensa del TSJC

Tarde o temprano acaba uno llamando a la puerta de un gabinete de prensa. Mariona P. Q. es redactora en el del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Esta mañana he pasado a verla y hemos acordado que le ponía por escrito la relación de entrevistados y los motivos por los que me interesan. Este es el mensaje que acabo de enviarle.

Estimada Mariona:

Según lo acordado esta mañana, paso a comentarle los motivos y las personas que centran mi interés:

I.- El libro del que le he hablado será publicado por Seix Barral a principios de 2009. En él, además de los argumentos y los relatos fácticos de las sentencias (todas declaran probados hechos que luego se han revelado falsos), aparecen citados con nombre y apellidos los magistrados que formaban los tribunales de la Audiencia Provincial de Barcelona que condenaron a Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib entre los años 1991 y 1994. Para que los magistrados que quisieran dar su versión de los hechos puedan hacerlo, es mi deber solicitarle las siguientes entrevistas (cito por las secciones a las que pertenecían en aquellos años):

Sección 5ª:

          D. Modesto Ariñez Lázaro

          Dª. Elena Guindulain Oliveras

          Dª. Nuria Zamora Pérez

 Sección 9ª:

          D. Felipe Soler Ferrer

 Sección 6ª:

          D. Antonio Perea Vallano

    Dª. María José Feliu Morell
    Dª María Pilar de Prada Bengoa

II.-D. Ahmed Tommouhi presentó un escrito el pasado 7 de Febrero de 2008, en las citadas secciones. Reclamaba un testimonio de su expediente judicial que obra en los archivos de cada una de las secretarías. A día de hoy, el señor Tommouhi sigue sin recibir respuesta de la Sección 9ª. Me interesaría conocer, y más cuando en otros secciones la respuesta no sólo fue pronta y positiva, si no diligente en la entrega de esa copia del expediente, los motivos por los que la Sección 9ª guarda este silencio de ocho meses.

III. Con el magistrado D. Gerard Thomàs Andreu, de esa misma sección novena, ya hablé en una ocasión, aunque fugazmente, en los pasillos de la Audiencia. Quizá lo haya olvidado. Le agradecería en todo caso que le haga saber que las notas de aquella conversación están publicadas en el blog que sobre esta investigación mantengo en Internet desde hace un año (www.ladoblehelice.com). En concreto, las encontrará en la entrada del jueves 6 de marzo de 2008, bajo el título “La convicción y la certeza y el punto de vista“. Todo ello por si quisiera añadir, rectificar o corregir sus manifestaciones en algún sentido.

IV. Por último, comunicarle que según acostumbro, este mensaje también está publicado en el citado blog.

Sin más, reciba mi agradecimiento por adelantado.

B.G.J.

La carta devuelta de una víctima

La carta que le envié a E., la chica violada en Viladecans (caso Gavà), fue devuelta: “dirección incorrecta”, según el acuse de recibo del 16 de enero de 2008. Hoy, de vuelta a Barcelona después de tres semanas, voy a ir a comprobar la dirección personalmente.

Adelanté que, pese al compromiso de la transparencia, no publicaría las cartas enviadas a las víctimas sin haberlas avisado primero. La devolución de ésta me permite invertir los términos: la publico porque la chica ya no la va a leer. Llamaré a su puerta, de acertar con su dirección, y le explicaré por qué esta carta abierta.

En fin, la carta era ésta:

Estimada E. M.:

Me he permitido escribirle, aunque no me conoce, después de muchos meses pensando en hacerlo. Mi nombre está más arriba, tengo 29 años y soy periodista. Le ruego me disculpe si la sorpresa de esta carta le resultara molesta.

Estoy escribiendo un libro. Supongo que ya se lo imagina. Sí, es sobre los hechos del otoño de 1991 y sobre la vida de las dos personas que fueron condenadas como autores en algunos casos. En el suyo, hubo absolución. En otros, ni siquiera fueron juzgados.

La razón que explica suerte tan dispar, no sé si la conoce: nunca apareció ninguna prueba, más allá de la “identificación” por parte de algunas víctimas, que implicara a los dos ciudadanos marroquíes en los hechos. Así que todo dependió, exclusivamente, de lo que dijeron las víctimas: unas que sí, otras que no.

Si he de confesar, no tengo del todo claro lo que dijo usted. Y no porque no haya leído sus declaraciones una y otra vez, no menos de 20 ó 25 veces, intentando oír sus palabras más allá de lo que transcribían los secretarios judiciales. No crea que juego a las adivinanzas: es que sólo a través de las contradicciones que se reflejan en esos escritos, se puede uno hacer una idea más o menos de lo que en verdad usted decía.

Me quedo con la cita de su declaración del día del juicio oral, donde usted aclaró que lo había señalado

por ser de raza árabe y de constitución anatómica parecida a la de su agresor, pero sin estar segura de que se trate de la misma persona”

El Tribunal lo absolvió: no sé cómo recibió usted esa sentencia, si con rabia, porque temiera usted que el acusado sí que fuera el autor de los hechos, o como un descanso, porque por fin había logrado deshacer un malentendido.

No lo sé, pero por las declaraciones suyas que he leído, ya le digo, creo que usted había intentado dejar eso claro mucho antes. En concreto, en una declaración que prestó ante el juez instructor, ya aclaraba que

en ninguna de las dos [ruedas] estaba segura de su reconocimiento”

El juez, aún así, decidió procesar al señalado y, no sólo eso, un mes después escribió que usted había ratificado el reconocimiento en ambas ruedas y dictó prisión provisional. Ya le adelanto que hoy martes, en un blog que mantengo en Internet sobre esta investigación, me detendré a analizar todo esto. Puede consultarlo aquí: www.ladoblehelice.com.

No sé si sabe que cuatro años después se repitieron unos hechos muy parecidos, también a manos de dos hombres “al parecer norteafricanos”, y que hablaban una lengua “árabe”, y que uno de ellos fue finalmente detenido: era gitano y hablaba caló. Que era físicamente idéntico al marroquí que usted había señalado como de “constitución anatómica parecida”, pero sin estar segura de que él fuera el autor.

La Guardia Civil tampoco estaba tan segura. En cuanto detuvieron al del año 95, uno de sus agentes redactó un informe avisando de que quizá se había producido un error con los condenados en 1991, y que el verdadero autor era el detenido del 95 y la otra persona no identificada. Las pruebas de ADN, que sólo se pudieron practicar en un caso, el de Olesa, confirmaron su hipótesis. Los autores de los hechos de Olesa, cometidos el 5 de noviembre de 1991, eran los mismos autores que los del 95: Los dos marroquíes eran inocentes, y así lo reconoció el Tribunal Supremo en 1997.

Pero hay más. Después de demostrado el error, y por motivos que sería demasiado largo explicar aquí, uno de ellos murió en la cárcel, tres años después, y el acusado que fue en su caso absuelto, ha pasado 15 años preso. Hoy está en libertad condicional, pero, él mismo lo dice: “todavía no soy un hombre libre”. De hecho su condena vence en 2009.

Yo llevo dos años y medio metido en esta historia. El blog que le citaba antes, existe desde hace tres meses. Es un intento por desarrollar este trabajo a la vista de todo el mundo. No por exhibicionismo, sino por transparencia. Ahí contaba el jueves pasado (“El encontronazo con el Otro”) que me llena de curiosidad una frase del acusado, que en un juicio posterior declaró que en el caso en que había sido absuelto, la chica se le acercó y le habló. Que él no había entendido lo que le decía, pero que algo le dijo.

Esa chica sólo puede ser usted, porque en ningún otro caso lo absolvieron. Me he preguntado muchas veces qué es lo que le dijo, y por qué. No sé si usted lo recuerda, y si querría contármelo.

He empezado esta carta diciendo que el libro trata de la vida de dos condenados. Yo querría que el libro tratara de la de ustedes también. Pero eso es algo que sólo de ustedes depende. Yo le animo, sinceramente.

Agradeciéndole por adelantado su atención, reciba un saludo cordial:

 

 

Braulio García Jaén.

G.

Yo volvía a casa después de haber estado en Sabadell, frente a la de García Carbonell. El teléfono sonó al entrar en el ascensor. Cuando ya había pulsado el cuarto, oí que preguntaban por mi nombre:

-Soy G. S., añadió.

G. es una de las dos víctimas de Cornellà.

–Hola, G. Me pillas en el ascensor. ¿Qué tal?

–Pues nada, que he recibido tu carta, y he decidido ponerme en contacto contigo.

–Pues muy bien. Bueno, como te explico en la carta –ya fuera del ascensor, abriendo la puerta con la compra en una mano y la llave en la otra, el teléfono mordido entre la cabeza y el hombro—estoy escribiendo un libro sobre esta historia, y bueno, llevo bastante tiempo, más de dos años, aunque he tardado en ponerme en contacto con vosotras. ¿Por qué? Pues porque, no sé, porque bueno, me parecía un poco delicado, pero ahora que estoy llegando al final, bueno al final, a los últimos 8 ó 9 meses –suelto la compra en el poyete de la cocina, y paso al salón—pues creo que debía hablar con vosotras también.

Le he contado que quiero escribir el libro, y que bueno, que la historia no va sólo de estos dos inocentes condenados. Que todos los datos que he ido reuniendo apuntan a que sí, a que hubo un error judicial [en todos los casos], pero que es mi obligación y mi método tener siempre presente la duda de que a lo mejor no hubo tal error. Obviamente, he añadido: “Pero, si te soy sincero, todo lo que he visto y reunido hasta ahora apunta a que sí, a que hubo ese error”.

–A ver. Yo es que no me lo explico. Yo los ví en la tele, que eran dos inocentes y tal, y la verdad es que me indignó un poco y fui a la policía a informarme. Les dije: A ver,  si tenéis las ropas y podéis hacer el ADN, no entiendo por qué se ha podido cometer un error así.

Luego me explicará, y te lo cuento ya lector, para que no caigas en el mismo error que yo, que lo que le indignó fue que aparecieran ellos como pobrecitos y nosotras, ¿qué?. Sigue:

–Yo acudí al Palacio de Justicia a informarme del caso, para ver cómo iba, y allí me enteré de que uno de ellos había muerto en la cárcel y tal, y que bueno, para asegurarme también de que seguían cumpliendo la condena.

–Porque a ver. Nosotras entramos por separado [a las ruedas de reconocimiento]. Yo entré sola. Y N., –¿has hablado con N.?, me preguntará luego—también. Y había mucha gente allí, y todas coincidimos en el mismo.

–Yo sé que había tres, que había uno que era el cabecilla y que el otro quedó sin detener. Que por eso nosotras no reconocimos al del bigote, porque ése no iba el día aquel que nos cogieron a nosotras.

–Y yo nunca dije que fuera gitano. Que también salieron diciendo eso. Hay cosas que he olvidado, pero también hay otras que recuerdo perfectamente: y no me olvido. Yo dije a la policía que tenía aspecto gitano, pero se lo dije para que buscara a alguien así, con esa pinta, pero no que fuera de raza gitana.

–La policía me dijo –me cuenta en otro momento de la conversación–, que esos análisis no se podían hacer. A ver, le dije, no me diga eso porque yo estudio laboratorio y sé que se puede hacer y sé que el ADN no deja duda.

–A ver, que a mí me puedes hablar con total confianza, sin ningún problema, que yo esto ya lo tengo superado.

Yo le había dicho que le mandaría algún reportaje sobre la historia. Insisto:

–Eso, y mándame las fotos.

–Sí, sí. Te mando uno dónde sale la foto del marroquí y la del gitano.

Gitano no. [Risas] Que yo no he dicho que sea gitano: dije que parecía gitano.

Y me pregunta

–¿Y que vas a hacer, vas a escribir un libro, no, con esto?

–Sí, sí.

–Bueno, pues cuando lo publiques, dame un toque que lo compraré.

Tenía la voz tranquila, aunque ha habido dos o tres momentos, segundos, en que ha temblado, ligerísima, casi imperceptiblemente. Sonríe. Es amable y cordial.

17 de Enero de 2008

Señor Cónsul

18 de Abril de 1992.

Centro Penitenciario de Tarragona.

Esta carta es para el consulado de Marruecos en Barcelona.

Nosotros somos marroquíes, tenemos papeles de Marruecos y papeles de España, y estamos apuntados también en vuestra oficina.

Nos detuvieron el día 15 de Noviembre de 1991; se equivocaron porque nos parecemos a dos violadores. Nos detuvieron a los dos.

Yo tengo cuatro hijos y mujer. Viven aquí conmigo en Barcelona. El otro: también está casado y tiene tres hijos: se llama Ahmed Tommouhi.

Señor cónsul: nosotros no somos gente mala. Señor cónsul esperamos que nos ayude (“que nos eches una mano”).

Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib.

Nos encontramos en Tarragona.

Comentarios sobre el (primer) adelanto

E-mail a mis editores: Thu, 31 Jan 2008 18:44:48 +0100 (CET).

Estimados Sergio y Paula:

Les comento que estoy de acuerdo con casi todas sus correcciones [sobre el primer capítulo que les envié]. Con todas, más bien: ni [la descripción geográfica] del comienzo, ni la forma de exponer las sentencias del final, me convencen. Lo primero distrae al lector y lo segundo lo abruma.

Los casos en batería es verdad que también  cansan. No he vuelto a releerlo, pero es la sensación que me quedó al enviarlo: sobre todo los centrales donde, además,  es un exceso el triple punto de vista, por ejemplo, que hay en uno de los de Vilafranca (chica, conductor francés y chico).

En cuanto a las soluciones que me proponen, discrepo algo. Entre la historia arquetípica y la historia total, por usar los términos de Sergio, contra su recomendación, yo me quedaría con la historia total. Por dos razones: la primera es que no creo en los arquetipos para casos reales: la brutalidad de todo esto es que sucedió sin ninguna explicación causal: simplemente se sucedieron uno detrás de otro. La única razón fue la falta de razones. No solo las violaciones: también las condenas.

Pero la segunda es que el recurso a ese posible caso arquetípico se va a utilizar, pero en la segunda parte y no como un argumento causal: sino como espejo. Los errores no se produjeron porque se parecían mucho. Eso puede explicar el error de las víctimas, aunque ni mucho menos tiene la aparente importancia  que se le ha concedido. Los errores se produjeron por una desconexión absoluta con la realidad, porque nadie buscó correspondencia entre lo que las víctimas decían y el mundo del que hablaban.

Y es ahí donde el caso de Olesa, el revisado por el Supremo, juega el papel de espejo. Sabemos que la víctima se equivocó. Eso lo sabrá el lector también desde el final de la primera parte. Pero luego sabremos de las piruetas que tuvo que hacer el Tribunal para cometer ese error: tuvo que saltar por encima de otras víctimas que, llamadas a testificar por la defensa, también los señalaban, pero que habían sido asaltadas [–violada la chica–] cuando ellos ya estaban en la cárcel; por encima de análisis de semen, aunque no de ADN, igualmente exculpatorios [de momento, esto es sólo una hipótesis, a falta de una segunda confirmación], por encima de la imposibilidad física de Mounib (tenía un hidrocele, quiste testicular, de grado II-III), y por encima de un informe de la Guardia Civil que sostenía que no había indicio alguno de que ambos marroquíes se conocieran antes de ser detenidos.

En los otros dos casos que serán la columna del libro (Cornellà y Tarragona,  el resto de condenas son por robo) las piruetas tuvieron que saltar por encima de obstáculos, en el fondo iguales, pero en la superficie mucho más abultados: el resultado fue que las piruetas resultan más increíbles aún. De verdad que no hay que razonar entre un caso y otro: bastará con enfrentarlos para que se multiplique el efecto de arbitrariedad de los tribunales. Es, a cada caso, el más difícil todavía.

La importancia de la confusión con las caras, que ciertamente existió, es un asunto exclusivo de las víctimas: para ello bastará con enfrentar no sólo a M. (Olesa) con el resultado del ADN. También a las víctimas del 95 que fueron señalando, sucesivamente, a Tommouhi y Mounib, a otros dos marroquíes detenidos en 1995, y a tres paquistaníes detenidos días después. Cuando finalmente detuvieron al gitano, ninguna lo reconoció. Pero el ADN sí, en seis casos. Esto se irá repartiendo a largo de todo el libro.

 Les envío un sumario detallado de la primera parte (sólo para entendidos, claro), donde verán:

a) que el comienzo es otro muy distinto: empezarará por el error de las víctimas del 95.

y b) han desaparecido de la primera parte los casos “menores” (Vilafranca y Gavà –absolución–), salvo aquellos que se cometieron con el Renault 5, pues es el hilo que irá apareciendo y desapareciendo durante todo el libro. Así también llegamos mucho antes (aunque no se aprecie en el sumario han desaparecido entre ocho y diez páginas) a los dos condenados, Tommouhi y Mounib.

[…]

Un abrazo.

El policía escribe al condenado

El fiscal, obviamente, no estaba.

***

Uno de los comienzos de esta historia. El 13 de septiembre de 1995, el agente de la policía judicial de Martorell, Reyes Benitez, recibió una carta de Ahmed Tommouhi, preso en la cárcel de Can Brians (Barcelona). El mismo Reyes le había hecho llegar su dirección a través de su hermano, Omar Tommouhi. Hacía dos meses que habían detenido a Antonio García Carbonell. Ésta fue la respuesta Reyes:

Martorell, 13 de Septiembre de 1995

Sr. Ahmed Tommouch [sic]:

En el día de la fecha, he recibido su carta en la que me explica cuál es su situación. Quiero decirle que, junto con otros compañeros, pienso que Ud. es inocente de los delitos de los que ha sido acusado y condenado.

Quiero hacerle saber también que estamos realizando gestiones para esclarecer la verdad y que Ud. pueda salir de la cárcel.

Sin embargo, no quiero hacerle concebir muchas esperanzas, ni puedo prometerle nada, pero sí quiero que sepa que realizaremos todas las gestiones que legalmente podemos realizar para conseguirlo.

Cuando hablé con su hermano, al cual conocí en la calle, y debido quizás al poco conocimiento  que el mismo tiene del castellano, éste no debió de entenderme bien. Sería necesario que Ud. entregase mi dirección a su abogado, al objeto de poder entrevistarme con él, dado que el mismo puede disponer de información de la cual nosotros no disponermos, dado que su caso sólo lo conozco a nivel policial, desconociendo todo el procedimiento de instrucción judicial seguido.

Sí sabemos que Ud. ha sido condenado por alguno de los delitos, habiendo sido declarado [¿inocente?] en otros, pero desconocemos cuáles son unos y otros.

Igualmente, desconocemos las pruebas que pudieron ser aportadas durante  la instrucción, así como las diligencias que se practicaron.

Como todo esto es muy complicado de tratar mediante cartas, pienso que sería conveniente que Ud. solicitara una entrevista conmigo.

Desconozco los trámites a seguir para poder realizarla, pero Ud. podrá informare en ese Centro de los trámites a seguir.

Una vez los conozca, puede escribirme a la dirección que Ud. tiene y si es autorizada dicha visita, no tengo ningún inconveniente en desplazarme a Brians para realizarla y poder tratar este asunto con Ud.

Firma