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La fiscalía pedirá la liberación inmediata de Rafael Ricardi]

 

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Está en Italia. Pero volverá. Le pedí que fuera pensando en una ilustración para la portada del libro. Y me lo prometió. Conoce la historia y este blog, así que es el talentoso ideal. El único problema es que es mi amigo, aunque cosas peores se han visto. Aquí en ladoble ya han colgado algunos de sus regalitos. Mañana, si mis fuentes no me engañan (1), debuta en EL PAÍS. Pero es aquí, desde hace casi tres meses, donde va esbozando su anecdotario caricato: Martín Elfman.

(1) Me engañaban: finalmente debutó el viernes, 18 de julio.

Guy Debord, por Martín Elfman

 

I

El sólo hecho de carecer a partir de ahora de réplica ha dado a lo falso una cualidad nueva.  Al mismo tiempo, lo verdadero ha dejado de existir casi en todas partes o se ha visto reducido, en el mejor de los casos, al estado de una hipótesis que jamás puede ser demostrada. La falsedad sin réplica ha acabado por hacer desparecer a la opinión pública, que primero se halló incapaz de hacerse oír, y enseguida, incapaz siquiera de formarse. Eso entraña, evidentemente, importantes consecuencias en la política, las ciencias aplicadas, la justicia y el conocimiento artístico.

II

Con la destrucción de la historia es el propio acontecimiento contemporáneo el que rápidamente se aleja a una distancia fabulosa, entre sus relatos inverificables, sus incontrolables estadísticas y sus razonamientos insostenibles. A todas las majaderías avanzadas espectacularmente, solamente los mediáticos podrían responder con respetuosas rectificicaciones o redemostraciones, pero se muestran ávaros al respecto, además de por su extrema ignorancia, por su solidaridad, de oficio y de corazón, con la autoridad general del espectáculo, y con la sociedad que exterioriza; (…) No hay que olvidar que todo meditático, ya sea por salario ya por otras recompensas o gratificaciones, tiene siempre un amo, a veces varios; y que todo mediático se sabe reemplazable.

III

Una evidencia histórica de la que nada quiere saberse en el espectáculo no es una evidencia.

IV

Actualmente ya no existe juicio, con garantía de relativa independencia, de aquellos que constituían el mundo erudito; de aquellos que en otra época fijaban su valor en una capacidad de verificación, permitiendo la aproximación a lo que se llamaba la historia imparcial de los hechos, la creencia al menos de que ésta merecía ser conocida. (…) Se erraría pensando en lo que fueron hasta hace poco magistrados, médicos, hisotoriadores y en las obligaciones imperativas que éstos reconocían a menudo dentro de los límites de sus competencias: los hombres se parecen más a su época que a su padre.

V

Todo esto no se ha conseguido con la aparición de nuevos argumentos, sino simplemente porque los argumentos se han vuelto inútiles.

VI

Jamás ha estado permitido mentir con una falta de consecuencias tan perfecta.

VII

La total incompetencia tropieza con otra incompetencia comparable, ambas enloquecen y una de ellas derrotará a la otra. Es el caso del abogado que, olvidando que figura en un proceso sólo para defender una causa, se deja influir sinceramente por un razonamiento del abogado contrario, aunque ese razonamiento haya podido ser tan poco riguroso como el suyo propio. Puede suceder también que un sospechoso, inocente, confiese momentáneamente  ese crimen que no ha cometido por la única razón de que ha quedado impresionado por la lógica de la hipótesis de un delator que quería creerlo culpable (caso del doctor Archambeau en Poitiers, 1984).

VIII

La desinformación se despliega en un mundo en el que no queda lugar para ninguna verificación.

IX

Para intentar explicar accidentalmente este nuevo tipo de misterios se han dicho muchas cosas: incompetencia de la policía, estupidez de los jueces de instrucción, revelaciones inoportunas de la prensa (…).  Edgar Allan Poe encontró sin embargo el camino de la verdad con su célebre razonamiento en Los asesinatos de la calle Morgue:

Tengo la impresión de que se considera irresoluble este misterio por las mismísimas razones que deberían inducir a considerarlo fácilmente solucionable; me refiero a lo excesivo, a lo outré de sus características. (…) En investigaciones como la que ahora efectuamos no debería preguntarse tanto qué ha ocurrido, como qué hay en lo ocurrido que no se parezca a nada ocurrido anteriormente.

Debord, Guy: Comentarios sobre la sociedad del espectáculo (1988). Anagrama.

Al Capone y las fotocopias o el canon de Ferlosio

Rafael Sánchez Ferlosio publicó el 17 de julio de 1988, en Diario 16, un artículo dirigido al entonces recién nombrado  ministro de Cultura, Jorge Semprún, que no conviene olvidar ahora que de tantos cánones se discute. Entonces se acababa de presentar CEDRO, que por más que signifique Centro Español de Derechos Reprográficos,  y por más que también, como explica el artículo, se presentara en los cursos de verano de la Menéndez Pelayo, era y es una cooperativa privada. No conviene olvidarlo, el artículo, ahora que parece imparable incluso el cánon por préstamo bibliotecario, que gravará cada vez que alguien tome prestado un libro de una biblioteca, sea pública o privada. Todo esto ocurre al mismo tiempo que cualquier matao reclama para sí el derecho a la excepción cultural, esto es, a vivir subvencionado con dinero público porque sus empastes, también llamados película e incluso obra cinematográfica,  no hay dios que se los trague, pero tienen, al parecer, algún oculto interés, y que no sería, por cierto, el interés que salta a la vista y a la visa. Quien de  verdad no entienda que no se pueden apoyar las dos cosas al mismo tiempo, el canon a las bibliotecas y la excepción cultural, como hacen muchos señores del progreso, debe saber que su enfermedad se llama socialismo mágico, cuyo principio único se reduce a su único fin y que sincroniza perfectamente con el espíritu de nuestro tiempo: “Todo por la pasta, pero sin la pasta”.

En fin, les dejo con el artículo.

Versión pdf.

 “En aquestos escalones”

(A la atención del nuevo ministro de Cultura)

 

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO 

 

El nuevo ministro de Cultura, Jorge Semprún, tiene ante sus ojos –y si no las tiene, se las voy a poner yo– dos magníficas ocasiones para entrar con buen pie en el ministerio y demostrar que vale para algo. La primera de ellas es deshacer el más funesto y execrable entuerto cometido por su inmediato antecesor: suprimir la Editora Nacional. Y digo “execrable” porque esa supresión se decidió, según tengo entendido, para no interferir, ni aun en el grado mínimo en que pueda hacerlo una editora estatal, los intereses particulares de los magnates capitalistas de la industria cultural. Una editora estatal está para acoger a fondo perdido todas las publicaciones, sobre todo de obras viejas y antiguas, que, por no ser el dernier cri del último filósofo francés, el furor del lucro del industrial particular de la cultura vacila en publicar. Aún así, parece que fue la industria privada del libro la que, tal vez a la vista de algún éxito de la Editora Nacional, presionó para ayudar a que ésta desapareciese, cosa que acaso el propio ministerio de Cultura secretamente deseaba, para poder invertir en cosas de más escaparate y mayor rentabilidad publicitaria para el Gobierno del PSOE los fondos perdidos en publicar filósofos medievales olvidados. Verdaderamente, aunque fuese verdad que un cierto dirigismo es inevitable cuando el Estado se encarga de estas cosas, prefiero cien veces el dirigismo del Estado al de la mano invisible del furor del lucro del magnate de la industria cultural. Aparte de que el peor dirigismo ha sido el que ha sugerido la supresión de la Editora Nacional, para gastarse el dinero rescatado en espectáculos de “luz y sonido” tan incultos como corruptores, pero propagandísticamente eficaces, o tenidos por tales.

La segunda prueba que espero del ministro de Cultura es bastante más fácil que recrear la Editora Nacional, porque no es un acto de construcción, sino de destrucción, un trabajo de hacha: Talar un cedro. Es sólo una metáfora: Cedro quiere decir Centro Español de Derechos Reprográficos. Por lo visto, en este repelente escaparate publicitario esta vez no del ministerio de Cultura, sino del de Educación, que es la Menéndez Pelayo, han perdido la vergüenza hasta tal punto que no tienen empacho en aprovechar cursos sedicentemente universitarios para presentar cooperativas de intereses privados, como la mencionada sociedad llamada Cedro, en la que 130 magnates capitalistas de la industria cultural del libro, que han conseguido asociar a su iniciativa a más de cuatrocientos escritores, se han arrejuntado para controlar, al modo en que la banda de Al Capone controlaba las máquinas tragaperras, todas las máquinas fotocopiadoras del país, para cobrar un canon de protección por cada fotocopia que se saque de cualquiera de los libros publicados por sus 130 casas editoras. Realmente, lo primero que en esto resulta tan incomprensible como deplorable es el hecho de que más de cuatrocientos escritores ignoren lo que son hasta el punto de apoyar la iniciativa de un grupo de potentados de la industria privada. ¿No saben los escritores que ellos no se deben a sí mismos y a sus propios intereses, como los industriales, sino al público y a los intereses públicos, que su deber no es el de ganar dinero, sino el de procurar que tenga la mayor difusión posible lo que han discurrido y han escrito por creerlo verdadero y dingo de ser conocido por todos los demás? ¿No saben que ser escritor y ejercer la suprema libertad de determinar tú mismo la naturaleza, el sentido y el designio de tu propio trabajo es un privilegio del que no goza ni remotamente ningún otro trabajador pobre ni rico, comer tu pan en paz, sin la constante inquietud y sobresalto por el destino de sus inversiones en que viven los desdichados capitostes de la industria incluso cultural?¿No saben que escribir no es trabajar? ¿Cómo pueden asociarse los editores, cuyo tristísmo deber es el de ganar dinero, y cuya índole es, por tanto, la determinada por el interés privado, ellos, que más aún que los políticos, son hombres públicos por definición? ¿Qué clase de contubernio es, pues, éste de la cooperativa Cedro, donde se asocian aquellos cuyo interés fundamental no puede ser sino el de que lo que han escrito, por creerlo verdadero o beneficioso para todos, alcance el mayor grado de difusión posible, aunque tenga que ser a través de fotocopias que no les dan un céntimo, con aquellos cuyo interés está en exprimir hasta la última perra chica lo que editan? No; en todo esto hay un grave malentendido y un error capital, o, mejor aún, capitalista. Y a la universidad de verano Ménendez y Pelayo debería caérsele la cara de vergüenza por haber permitido que semejante cooperativa de interés privado haya aprovechado un curso público para presentarse. Don Enric Ruiz, el presidente de Cedro, ha declardo, por lo visto, según cita entrecomillada del diario Ya, lo siguiente: “La fotocopia ha pasado de ser un adelanto técnico maravilloso a ser algo destructor”. ¡Qué asco el pollo, ¿verdad?, desde que pueden comerlo hasta los gitanos, frente a lo bien que sabía cuando sólo los ricos, y en domingo, podían permitírselo! Desde que el último estudiantucho con 70 duros en el bolsillo puede permitirse fotocopiar un libro científico de 4.500 pesetas también la máquina fotocopiadora se ha degradado de maravilla técnica en instrumento de destrucción, sobre todo teniendo en cuenta que los editores gravan con un 50 por 100 los derechos de autor de las reproducciones secundarias de las obras que han editado. Estos señores del progreso reniegan justamente de lo único bueno que el progreso puede ofrecer: abaratar lo escaso, haciéndolo abundante.

¿Adónde vamos a llegar con el neoliberalismo, protegiendo los intereses privados de los editores, frente al común interés público de la inseparable pareja escritor-lector? El ministerio de Cultura está absolutamente obligado a defender el interés público de los estudiantes, los aficionados y los espontáneos, no permitiendo a los editores –y a los escritores que se han equivocado de carrera– gravar las formas baratas de reproducción, así como recreando la Editora Nacional de la forma más prepotente posible, enterrando dinero a fondo perdido tanto en la edición de olvidados filósofos medievales como en obras que puedan ser rentables, sin miramiento alguno para el interés privado de los industriales de la imprenta. Ahí tiene tarea el nuevo ministro de Cultura, si todavía se acuerda, sin demasiada repungancia, de otros tiempos que desde luego yo no he olvidado.

Insiste, malaya

All the doctors

And nurses, too

They came and they asked me

‘Who in the world are you?’

(Skip James) 

Això era un dia dos refugiats de la vida a un bareto i tres birres pel cap baix:

–La causa està preparada, l’obro?– Però, dintre només hi havia http://www.el zurullo de zuloaga.hip-hop –Haurem de tornar a pensar en l’esfínter de Pandora–, ell mateix s’ho va concloure i, fent-se el minguis, sense pensar’s-hi massa i amb una veu més pròpia de nàufrag que de col.lega accidental:

–Ara ja només podrem fer barricades amb les pedres del fetge! Contagiats de desànim ambiental, havien de gratar-se el futur i les seves deliqüescències: puta sequera, vaja.

Moments com aquell eren propicis per entrar en petites i passatgeres depressions que encara que no deixaven rastre (no hi havia on deixar-lo) els permetien ser com qualsevol altre. Un més entre la multitud. Sentir-se massa. Ah, com els agradava el luxe asiàtic! Ser per uns instants consumidors de suculentes ex i incursions al primer Hipercorc que se’ls posés davant.

Podien, llavors, abandonar per unes hores la paciència del comptagotes i el desesper que els produia la ignorància obligatòria i la cruel inutilitat del poc dir que sempre tenien entre mans i mai no sabien com fer-lo sortir, i les certeses totes, tant les històriques com les patafísiques, i els deserts ja plens de profetes i

Sempre queda un “i” dret. Treiem, doncs, els punts de les ies. Per exemple:­

–Per puta torticoli (reduccionisme existencial) estem mirant cap a l’altre cantó i allà tampoc no hi ha res. Cal reconèixer, però, que és un bon punt de partida cap enlloc. Espero que allà ens rebin amb els braços oberts.

Per moments semblava que el bareto es movia pel futur, ara centrifugat. És la força d’atracció del buit. Cap amunt. Agafats al màstil, enfilats a la cofa “Són els meus arbres, nena, que no et deixen veure els boscos”. O cap avall: es pot okupar el temps?

En el sentit fort del terme, volem dir. Perquè de cada vegada n’hi menys, de temps (i no només perquè l’hagin urbanitzat) El temps històric l’estan acabant en el festí neocon, con, conspícua paraula francesa, i s’estan llepant dits i kubotans. Aviat no quedarà història ni pels més menuts.

Distraccions birràtiques a part, el cert és que no sabem què fer. Per més històries que ens muntem, no arribem mai a entrar a la barca, i així no hi ha naufragis ni illes ni res. No sortirem de port (en diuen “salpar”).

Tal vegada hagin acabat les grans narracions; potser perquè ningú ja no piula? El temps històric, com a lloc dels nostres pensaments més íntims i col.lectius, s’ha esmorteït: les dates són commemoracions, mers objectes històrics, etiquetes, curiositats o brocants; la història és només una assignatura a la irrealitat dels estudis oficials i tediosos.

Es pot preveure que la realitat se’ns presentarà, doncs, com un mural cacaòtic en moviment burocràtic reglat. O(h), cosa quieta. Un mural capaç d’incloure qualsevol cosa i tots els moviments i les velocitats totes. Hi ha músiques de sobra per acompanyar. Massa pa i poca salsa. El pa i la xocolata mai no acaben alhora.

L’ordre està en mans de l’Administració, i no és pas el que crèiem. El caos, ordre del més bell dels temps, té raó de ser i moltes amigues. Volem juerga històrica i no pas administrativa/subvencionada. Hauríem de ser capaços de vomitar davant les festes majors i els festivals; la normativa, se la guardin. Ves a saber què hi diu la normativa.

“Por otro lado hay cada vez más gente que va entendiendo que ya nadie les necesita” Crec recordar que això ho vaig llegir a T. Eagleton, però no ho sé del cert.

Fèlix Balanzó

Una de la cárcel

Me gusta cómo el señor Tommouhi narra algunas historias. Por supuesto, en el libro sólo aparecerán las que yo haya podido comprobar por otros medios. Pero como hoy es domingo y, muerto dios, los domingos todo está permitido, tómense, si pueden, esta historia sin contrastrar como un pequeño cuento. 

Andábamos por el paseo del Born, y le nombré que la iglesia que teníamos delante era Santa María del Mar. Levantó la cabeza, la miró cerrando un ojo, y  al bajarla se acordó de “ésa que tiene las torres muy altas, sagreda o algo así”. ¿La Sagrada Familia?: “Éeeeeeesa”. Y empezó así:

Un día comí cerca. Me encontré a uno que había conocido cuando estaba dentro*. Por ahí un poco más arriba. Uno que tenía el pelo largo, despeinado y de punta. No estaba normal-normal. Hombre, qué alegría, me abrazó, todo. Vamos a tomar un café. Vamos, le dije. Tomamos café. Y cuando fue a pagar, le veo que no tiene dinero, que va a pagar con tarjeta. “Tranquilo, hombre, pago yo ”, le dije. Pagué. ¡Que yo no estoy nervioso!, me dice. Bueno, tranquilo. Ahora vamos a ir a comer a un sitio que te voy a llevar yo. No, de verdad, Jordi, se llamaba, de verdad, estoy cansado, quiero irme a casa, tranquilo. Que no, que vamos a ir a comer juntos, que te invito yo, que es un restaurante que no ponen jalufo**, que ponen pescado. De verdad, Jordi. Que tú hoy vienes a comer conmigo. Bueno. Vamos. Vamos a un cajero, mete la tarjeta, porque tiene una pensión, no estaba muy bien, y le dan 500 euros. Sacó dinero y fuimos a comer.

–Y a éste, ¿cómo lo conociste?, pregunté yo. Y él siguió:

En la Modelo. Estaba en una celda con un senegalés, otro marroquí y yo. Una noche, como a las once, vinieron los guardias: vamos a meter aquí a un chico, para que esté tranquilo, con ustedes. Bueno, vale. Llegó, se subió a su cama y se acostó. Se tapó la cabeza con la sábana. Y lloraba. Bueno. Todos los días, bajaba a comer, comía poco, se subía a la cama, se tapaba,  y lloraba. Un día y otro, un día y otro. Hasta que un día le dije: “Chaval, deja ya de llorar, hombre. Que aquí estamos todos  igual. Si lloras tú, vamos a llorar nosotros también, y todos nos vamos a poner peor. Estamos todos en el mismo barco”. Luego, en el patio, se acercó y me habló. Bueno, que lloraba, me dice, porque quiero escribirle a mis hermanas y no tengo sobres, ni sellos, ni nada. Tenía una hermana en Inglaterra y otra en Italia, decía.  Bueno, toma sobre, toma sellos, todo. Paseamos. Pero tranquilo. No hay que llorar. No pasa nada. Ya no lloraba. Un día le preguntaron que por qué estaba allí: y a ti qué te importa, le dijo él. Ya me interrogaron bastante en la comisaría. Nosotros, nos mirábamos. Bueno. Yo callado. Un día me pedía dinero para la máquina de coca-cola. Toma. Para un café. Toma. Otro día venía: déjame cinco duros. Yo, toma. En el patio paseábamos. Luego un día vino y me lo contó todo: lloraba porque no sé cómo, pero un día maté a mi mujer, me dijo. Tenía una niña de diez o dieciséis meses, no me acuerdo. Tenía trabajo, su coche, todo. Pero me dijo: dicen que la maté.

*Dentro de la cárcel.

**Cerdo.

Lo peor de 2007

Perdonen que no me haya levantado antes. 

Bases de los premios Bránagan.

Barcelona, 23 de diciembre de 1997

-Los premios Bránagan se otorgan al final de cada año del calendario cristiano, y sirven para determinar lo peor que ha ofrecido el cine internacional a lo largo del año saliente.

-Participan únicamente las películas que el jurado haya visto en una sala de cine durante el año. De éstas sólo se excluyen aquéllas que el jurado ya hubo visto en años anteriores y/o por otros medios.

-El jurado es de carácter democrático. Está organizado como un soviet de libre discusión y cada miembro puede expresar su opinión. No existen jerarquías entre los integrantes del jurado y todas las opiniones tienen el mismo valor.

-El jurado lo forma Lucas Santos.

-Están permitidos los empates entre dos o más candidatos en todas las categorías.

-No se tienen en cuenta la fecha de estreno de cada film ni la fecha de producción.

-La nacionalidad de cada film no está reconocida por el jurado y, por tanto, no se tiene en cuenta en la elección de los premios.

-El realizador británico Kenneth Branagh, así como sus filmes e interpretaciones, quedan exentos de los premios. Dando a éstos su nombre, se obvia [a] un cineastra execrable, por lo que no cometerá el jurado la redundancia de otorgarle más distinciones.

-El premio a toda una trayectoria se otorga a un o unos cineastas cualesquiera escogidos por el jurado sobre la base de que éste o éstos hayan estado de actualidad durante el año saliente tanto por su actividad laboral como por cualquier otro motivo (la defunción, por ejemplo).

-El número y naturaleza de las categorías es totalmente [manipulable] en cada edición de los premios y debe adaptarse a  las circunstancias de cada año y al capricho del jurado. Sólo una categoría debe existir irrevocablemente: la de peor película.
 

Acta del Jurado de los Premios Bránagan  a lo peor de 2007.

La verdad y Hafner

Lleva aquí más de medio siglo. Es su paraíso terrenal, dice. El nazi Hafner, Paul, Pablo para los amigos, se instaló en Madrid con sus convicciones immutables en los cincuenta, y allí sigue, en su piso que es su cueva, rodeado de libros que son apologias de Hitler, escuchando en su radiocassette los himnos que aún le hacen vibrar. Por las tardes, acude a reuniones de Fuerza Nueva o visita a los amigos, también nazis, recluidos en una residencia de ancianos. Uno, de 99 años, presume entre sonrisas de ser uno de los aviadores que bombardearon Guernica. 

Hafner niega el holocausto. Con vehemencia. No sabemos si se cree o no lo que dice, pero no cede, ni ante los argumentos de una amiga que trata de convencerlo ni frente a las imágenes del documental sobre el genocidio que le hace ver el director de la película ni ante el testimonio en primera persona de un superviviente de Auschwitz que le visita. Hafner no cede, y sigue instalado en su vehemencia negacionista. 

El paraíso de Hafner, que es también el título de la película que recoge el testimonio de este anciano nazi, es España. Eso dice. No explica por qué, pero es fácil deducirlo. Hafner vino a instalarse en un país sometido a una dictadura fascista, donde él debía sentirse como Adolfo por su casa. Qué diferencia con Francia, donde había intentado instalarse antes: tan pronto puso pie en suelo francés lo metieron en la cárcel. En Madrid, en cambio, no tuvo problemas. Normal, si mandaba Franco, dirán. Pero para Hafner, que ya en España inventó una yogurtera y después montó una granja de cerdos alemanes, el paraíso no acabó con la muerte del caudillo. Dice que se arruinó con los socialistas, pero no por ello corrige su opinión sobre el país donde ha pasado la mayor parte de su vida. En ningún momento habla mal de España, tampoco de la democrática. Total, nunca ha tenido que esconderse. Hafner ha podido, o eso dice, exhibir su ideología y sus mentiras negacionistas sin los problemas que eso le habría comportado en su Austria natal, por ejemplo. Ha podido hacerlo con Franco y sin él.

Hace más de tres décadas que la palmó el susodicho, pero quizá uno de sus legados, precisamente como reacción a la verdad , así la llamaban, oficial y absoluta que impusieron durante 40 años los hombres de Paco, sea el éxito de ese relativismo bienintencionado que afirma que la verdad no existe. Y la verdad existe, por supuesto, pero la palabra que la nombra es una palabra violada cada vez que alguien la usa para calificar sus mentiras, jaleadas impúnemente al grito de “es mi verdad” sin que nadie le recuerde que la verdad no es personalizable ni admite adjetivos. Y eso, aquí, pasa cada día. Sin ir más lejos, los últimos tres años y medio, hemos sido bombardeados a diario con mentiras en torno al peor atentado de la historia de Europa, esgrimidas por políticos y periodistas que para justificar su insistencia en la falsedad no se han cansado de agitar espasmódicamente la bandera de la “búsqueda de la verdad”. La sentencia judicial del caso debería haber puesto freno al fin a la diarrea de embustes y especulaciones más o menos fantasiosas, pero el presidente del tribunal -ayer aclamado, por cierto, como paladín de la justicia y hoy lapidado por un libro escrito por su señora: detrás de un gran hombre hay una siempre una gran mujer, dicen el tópico y las feministas- optó por la adjetivación, y dijo que lo que quedaba establecido en la sentencia era “la verdad judicial”. Refiriéndose, eso entiendo yo, a que la sentencia, como todas, solo habla de hechos conocidos y probados. Pero los diarréicos, que, como Hafner, no ceden, entienden otra cosa: entienden que la verdad judicial ésa es sólo un tipo de verdad, y que por tanto se le podrá oponer o superponer otra, así que contraatacan ahora al grito de que aún queda por conocer “la verdad periodística”, y luego ya veremos si ambas se complementan o entran en conflicto. Eso dicen los diarréicos, como Hafner, nada sospechosos de relativistas, y convencidos, como él y como yo, de que la verdad existe. La verdad existe, por supuesto, pero si viniera con libro de instrucciones, en él debería leerse: no confundir con el simple prejuicio o la pura especulación. 

Hay tantos, sin embargo, que parecen no tener esto claro, y tanta benevolencia con ellos por parte de los relativistas del todo vale, que no extraña que el nazi Hafner, defendiendo y aferrándose a sus fantasías negacionistas, mantenga la espalda tan erguida, con 85 años que tiene. Y más ahora que el Tribunal Constitucional, en una sentencia fallada a principios de noviembre, ha decidido que negar el Holocausto ya no es un delito en España. Porque para el TC perseguir el negacionismo, como hacía el Código Penal, sería anticonstitucional. Sigue siendo delito justificar el genocidio nazi, pero negarlo, ya no. Mientras Hafner lo celebra con su amigo el bombardero de Guernica, nosotros podemos lamentarnos. Porque la sentencia del TC es una mala noticia, al menos para los que crean en el tan manoseado adagio periodístico acuñado por Charles P. Scott, editor de The Independent -entonces The Manchester Independent- casi un siglo atrás: aquello de que “las opiniones son libres, los hechos son sagrados”. La sentencia, ahora, dice casi, casi lo contrario.

Y no, no son la verdad judicial y la periodística en conflicto, no se me froten las manos los diarréicos. Hablen con propiedad: lo que entra en conflicto son dos formas de mirar, dos convenciones. O convicciones. Mientras, eso sí, las de Hafner, éstas immutables, las “ verdades” de Hafner, siguen a salvo. Ahora más que nunca. En éste, su paraíso. 

Iván Vila.