Archivo mensual: febrero 2010

Últimas 24 horas en Factual (II)

¿Pero por qué coño no les gustaba el periódico?, nos preguntábamos al entrar a la segunda reunión del miércoles con el director. Aunque había también quién pensaba sobre todo en los recortes. ¿Qué era lo que no les gustaba? “Bueno, pues si me lo pedís, os puedo poner un ejemplo: no les gustaban las crónicas que enviaba cada noche Cristina a los lectores”, dijo. “Aunque hacía un tiempo que se empezaban a conformar, visto que atraía mucho tráfico a la web”, explicó. El director, ahora sobre el periódico que habíamos hecho: “Yo creo que el otro día Cristina dio una buena definición de lo que era este periódico: dijo que era un periódico de derechas, laico y masculino; yo no diría que sea un periódico de derechas, pero seguro que sí es laico y masculino”. Masculino tampoco lo era, como acabó admitiendo poco después: ¡si las páginas estaban llenas de lesbianas! Así que de los tres rasgos de la mejor definición del periódico que sacó, para explicarnos por qué no les gustaba, sólo uno era ajustado y cierto: laico. Factual ha sido laico. Muy bien, muy bien. ¿Quería decir precisamente que Factual no había cumplido con esa definición que la subdirectora había lanzado sabiendo que no era cierta? La ambigüedad, por más que uno la masque, se va secando y cada vez se estira menos, como los chicles. “Bueno, Factual les parece poco beligerante, digamos”, dejó ir en otro momento. Y llega un momento en que a uno la ironía le estresa y lo dice: “Mi impresión es que lo que querrán hacer es un periódico ultracatólico y de ultraderecha”. “Hombre, ultracatólico no veo por qué”, respondió el ex director, con la montera bocabajo sobre la arena.

El límite de la teoría es su puesta en práctica: el periódico no les gustó desde el primer día de octubre que lo vieron, según él mismo explicó. El límite de la ironía, un recurso poco literario: el dinero. “Todo se resume, en el fondo, en un problema económico: no hay suficiente liquidez; la crisis, queramos o no, pues hay a quien le está afectando”. Del dinero hablamos: Porque al día siguiente, el ex director no iba a estar en la reunión de la mañana y no nos iba a bastar con la ironía para encargar artículos sin saber si los íbamos a poder pagar: “Bueno, bueno, no adelantemos acontecimientos, porque hasta el momento, nadie ha dejado de cobrar en Factual”. El blook de ETA hasta anteayer no se había pagado: “Bueno, ése es un caso especial, muy particular; pero en general…”. Tampoco íbamos a poder echar mano de la ambigüedad para entender lo que iba a ocurrir con nosotros, así que una hizo la pregunta: ¿ese recorte incluye cabezas? “No lo sé”. Tú seguirás en el Consejo de Administración. “Mis acciones son políticas”. (La mitad más uno, al parecer): ¿Cuál será tu papel, será un papel activo? “No lo sé, en estos momentos no lo sé todavía. Dependerá de algunas condiciones, de que se cumplan, pero en principio sí que voy a seguir”. Bien, ¿alguna de esas condiciones? “Que Cristina siga al frente de la redacción, que ha sido mi propuesta a la empresa”, dijo. Una última pregunta, preguntó una: ¿Quieren hacer el periódico con menos dinero? “Sí”.

Luego nos fuimos, más de media redacción, al Pablo’s, a tomar gin tonics. Muy pocos, pero muy buenos, llegamos luego al Sidecar. Nos echaron. Y cuando amanecimos, el periódico seguía allí.

Continuará…

Últimas 24 horas en Factual (I)

Cuando Cristina Fallarás entró, no mucho después de las cinco y media de la tarde, yo acababa de colgar el teléfono. No venía sola. Yo había llamado a nuestra colaboradora en Londres, Sandra Varas, para ver si tenía algo: el martes nos había mandado una apertura con las declaraciones de dos asesores jurídicos del gobierno de Blair en la comisión que investiga la participación británica en Irak. Ese miércoles declaraba el ex fiscal general. Pero la llamada se cortó: una voz grabada me informó de que el saldo se había agotado. Me acuerdo que miré a Ivan Vila, al que sólo se le ven las cejas y los caracolillos engominados sobre la frente asomando por encima del ordenador, para contárselo. Aunque antes me aseguré: descolgué el teléfono de mi mesa, marqué el número de Varas y pasó lo mismo. Poco después entraron ella y Arcadi Espada.

Yo debía tener la cara algo desencajada, algo no demasiado raro a esas horas. La subdirectora, Cristina Fallarás, se acercó y me puso la mano en la espalda: relájate, relájate, que tenemos una reunión muy dura, dijo. ¿Muy dura?, pregunté. Muy dura, repitió y se fue. Me acuerdo que no pensé mucho, quiero decir que no pensé en muchas opciones: que los números no estaban saliendo y que había que apretar los dientes; que la empresa había amenazado con recortar gastos y plantillas y que Espada, como nos había anunciado al principio, no estaba dispuesto, pero que quería que por lo menos lo supiéramos; no sé si pensé también en que nos iban a anunciar que no nos renovarían el contrato a finales de marzo. Porque eso ya hacía tiempo que lo pensaba, como saben algunos compañeros, y no querría ahora confundirme. Fallarás, mientras tanto, había ido avisando a los jefes de sección, para que avisaran a sus redactores: Silvia estaba enferma, y a Iván ya se lo había dicho, así que nos levantamos y nos fuimos para la pecera. Es verdad, me interrumpió el informático de camino a la reunión, parece que para las llamadas al extranjero tenemos una línea de saldo contratada y hay que recargarla. En cuanto esté, te aviso, añadió. Lo que es seguro que no pensé es que Arcadi Espada fuera a dimitir como director de Factual.

La primera reunión fue breve: de pie estaban Almudena Semur y Purificación Losada, las dos representantes de la empresa que trabajan en la redacción, Espada enfrente de Fallarás, algunos periodistas sentados y muchos otros, diseñadores y publicistas incluidos, de pie alrededor de la mesa. Las explicaciones, sucintas, fueron las mismas que luego puso por escrito y que se publicaron en la página dos del periódico del miércoles 27 de enero de 2010, el último periódico de Factual que vio la luz. Los agradecimientos fueron más largos y cercanos que los de la nota publicada. Menos, en todo caso, que el silencio que siguió a su intervención, o eso pareció. ¿Y qué periódico quieren que hagamos?, rompió por fin uno. Que no lo podía saber, dijo, que sólo sabía que no les gustaba el que estábamos haciendo y que sabía que no les gustaba desde el primer día que lo vieron: por ejemplo, era demasiado moderno, dijo. Demasiado complejo, a veces, demasiado bonito, y poco más añadió. Luego hubo quien preguntó también si esa otra orientación que les hubiera gustado imprimirle no tendría que ver también con la política. De tipo ideológico, fue la expresión que recuerdo de su respuesta: dijo otras cosas, casi todas más largas y más rebuscadas. Pero recuerdo ésta: sí, orientación que se refiere también a cuestiones de tipo ideológico, respondió. Yo también pregunté algo: que si los recortes, que yo entendía que se debían a problemas prespuestarios, si no podrían también tener que ver con los resultados de los dos primeros meses. Que no, respondió, pues en todo caso dos meses era tan poco tiempo para juzgar un proyecto, que resultaba delirante cualquier decisión a partir de un período tan corto. Que la acogida del periódico, añadió, no había sido mala, en absoluto, dijo, y citó el “page rank” (o eso entendí yo) de Google. No mucho más de un cuarto de hora después, salimos de la pecera para cerrar el último periódico firmado por Espada –“y me jode especialmente que sea el día del tablet”, había dicho– no mucho después de las seis.

El rato que siguió fue extraño. Aunque enseguida empezaron a abrirse ventanas en el chat de Gmail. Cristina propuso a la redacción escribir y firmar una carta de apoyo al director, y nos pareció bien. Una compañera propuso una huelga: no podemos seguir adelante, vinimos por él, algo así decía su mensaje. Aunque a mí me dio la impresión que sería inútil. Así que fui a preguntarle a su despacho si la decisión era irrevocable. Era la primera pregunta que le deberíamos haber hecho en la reunión, la que habríamos hecho en cualquier rueda de prensa, pero en la nuestra fallamos. El director estaba ocupado; la subdirectora me lo confirmó: era lo primero que, ella sí, le había preguntado. “Absolutamente”, le respondió él. Con esa respuesta, cualquier medida de presión para impedir su marcha perdió sentido. Aún así, volví y esta vez sí entré al despacho: Le pedí al menos que se quedara tras el cierre para volvernos a reunir. Aceptó. “Y entiendo que estaremos sólo la redacción”, dije. “Sí, claro”, y así quedamos.

No mucho antes del cierre, el informático había vuelto para avisarme: cuando quieras ya puedes llamar a Inglaterra. La línea está recargada, añadió con su acento francés.

Continuará…