Archivo mensual: febrero 2010

Una segunda entrevista radiofónica

Después de la entrevista en Hora 25, de la Cadena Ser, que se ha podido escuchar aquí gracias al enlace de C.G., me animo a enlazarles la conversación que mantuve con Elena Cabrera y Carolina León en Radio Carcoma la semana pasada. El programa se llama Quieres hacer el favor de leer esto, por favor, se emitió el lunes 22 de febrero y amplía, creo yo que con cierta gracia y claridad, algunas de las cosas de las que he venido ocupándome aquí.

Pueden escucharla (mejor si usan Firefox como navegador) aquí: http://quiereshacerelfavor.blip.tv/file/3259529

El auto del Supremo

Bueno, a falta de los comentarios y apuntes que quería añadir y que publicaré más adelante, cuelgo por fin el auto del Supremo del pasado 19 de febrero  denegando el último recurso de revisión interpuesto por Ahmed Tommouhi en junio de 2009. El auto en pdf.

El Supremo dice NO

El Tribunal Supremo ha denegado la autorización para interponer el recurso de revisión por la condena de Tarragona presentado por Ahmed Tommouhi en junio de 2009. El auto, fechado desde el 4 de Febrero pasado, ha sido comunicado esta mañana.

El argumento para denegar, una vez más, la revisión era previsible: la prueba de ADN no identificaría al violador de ninguna de las víctimas de Tarragona, que es por el caso que está condenado Tommouhi. Eso es cierto. También lo es, sin embargo, la relación que con las violaciones de Tarragona podría haber trazado el análisis genético propuesto (de una víctima de Blanes, Gerona) y que el Supremo ignora descaradamente: se trataba de probar si el conductor del Renault 5 con el que se cometieron tanto las violaciones de Tarragona y Gerona era Antonio García Carbonell o su pariente, con los que Tommouhi y Mounib ya fueron confudidos en al menos una ocasión, según probó un primer análisis de ADN en 1997.

El Tribunal Supremo considera irrelevante, en fin,  dar por hecho que Tommouhi y Carbonell, no sólo se parecen mucho, no sólo fueron confundidos por las víctimas, como demostró un análisis genético y el mismo Alto Tribunal dio por probado en 1997,  no sólo fueron de nuevo confundidos en el caso de Blanes (cuyas víctimas señalaron a Mounib a pesar de que tanto él como Tommouhi estaban ya en prisión); después de todo eso, al Supremo le parece ahora irrelevante dar por hecho que, además, Tommouhi y Carbonell compartían coche.

Anoche Tommouhi, su abogado Javier Melero y yo hablamos del caso en Hora 25, de la Cadena SER. ¿Tiene alguna esperanza en el recurso?, le preguntó Ángels Barceló a Melero en un momento de la entrevista: “¿Yo?, ninguna, yo soy un profesional”, dijo el abogado, no sin cierta irónica amargura. El Supremo, en sintonía, ha corrido esta mañana a darle la razón.

Estos días colgaré el auto (todavía no he podido borrar el nombre de la víctima de Blanes) y algunas novedades que cuelgan de él.

Ahmed Tommouhi, después de todo

El jueves pasado vi a Ahmed Tommouhi y le dí el libro que cuenta su historia. Leyó el título (Justicia poética) y preguntó qué quería decir “poética”. Hacía mucho tiempo, desde que nos vimos en julio, que no había estado en Barcelona. Ojalá que alguien con más poder que usted, decía mirándome, ojalá quiera saber de mi historia. El jueves de esta semana parece que va a poder contarla para quien quiera oírla en Hora 25, de la Cadena SER.

[El vídeo está subtitulado: sólo tienen que desplegar, en la barra del reproductor, el botón de la derecha del todo, esa pirámide blanca sobre fondo negro, y seleccionar “CC”]

El Periódico y La Razón: dos precisiones

De la entrevista que me hizo Raúl Argemí y que publicó ayer El Periódico de Catalunya (aquí en pdf) quisiera precisar una respuesta que tal y como aparece editada confunde:

–¿No tenían defensa?

–Sí, de pago, y también los engañó. Todo fue mal para estos dos hombres.

Los únicos abogados que engañaron a su cliente fueron Jorge Claret y Pedro J. Pardo, que como ya demostré aquí facturaron a Ahmed Tommouhi procedimientos que no habían llevado ellos: la causa de Terrassa (Sección sexta) y la de Cornellà (Sección novena), en concreto.

A ningún otro abogado, ni de oficio ni de pago, se refiere esa respuesta. Ni a ninguno de los que defendieron a Abderrazak Mounib, ni a ninguno de los otros que lo hicieron con Ahmed Tommouhi.

***

De “Sólo basta con leer”, la columna que Manuel Calderón publica  hoy en La Razón sobre Justicia poética, sólo un detalle: Tommouhi y Mounib fueron condenados después de las violaciones que se cometieron en 1991, no en 1995.

La memoria es un mal testigo

Fuente: MÓNICA CEBERIO BELAZA.- EL PAÍS 7/02/2010

El 80% de las condenas a inocentes se debe a un error de identificación. Algunas víctimas generan falsos recuerdos que sirven como única prueba

Olvidas lo que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar, dice el protagonista de La carretera, de Cormac McCarthy. Les pasa a algunas víctimas de delitos graves. Quieren olvidar, y no pueden, el momento en el que un desconocido se les acercó en una esquina oscura, les puso una navaja en el cuello y las violó o intentó asesinar brutalmente, sin piedad; y quieren recordar el rostro del criminal para que pague por lo que ha hecho. Pero no siempre pueden.

Esa cara borrosa puede adquirir nitidez gracias a una mentira involuntaria: se coloca a otra persona en la memoria y alguien que jamás tuvo nada que ver con el delito acaba en la cárcel, en ocasiones durante décadas, con la vida destrozada para siempre. Por culpa de los falsos recuerdos y de un sistema legal que los ignora y que cree ciegamente a las víctimas.

Esta semana ha salido a la luz un caso espeluznante. El Tribunal Supremo anunció su intención de absolver a Ricardo Cazorla, un hombre con una minusvalía física, psíquica y sensorial del 66% que había sido condenado a 36 años de cárcel por la Audiencia de Las Palmas en 2009. Los magistrados sostenían que había violado a tres chicas en 1997. Una de ellas vio a Ricardo en la calle en 2007 y creyó que era su agresor. Llamó a la policía y le detuvieron. Avisaron a todas las víctimas de la época del llamado violador de Tafira, nueve en total. Seis no reconocieron a Cazorla y estuvieron al margen del proceso. Pero la que lo había visto y otras dos más lo señalaron como culpable, aunque una de ellas tuvo muchas dudas al principio y no lo reconoció en las fotos de los archivos policiales.

Los magistrados Pedro Joaquín Herrera, Secundino Alemán y Carlos Vielba creyeron en la memoria de las mujeres a pies juntillas a pesar de las circunstancias. Las identificaciones se hacían 10 años después del delito. En 1997, las chicas habían declarado ante la policía que el lugar donde las habían violado estaba muy oscuro; o que el agresor les había impedido mirarle a la cara; o que llevaba un gorro que le cubría parte del rostro. En todos los casos era de noche. Además, Cazorla pesaba en 2007 unos 30 kilos más que el violador de 1997. A pesar de eso, los jueces consideraron que las tres chicas eran perfectamente capaces de reconocer “sin ningún género de dudas”, en ese cuerpo con muchos más kilos, a una persona a la que apenas habían podido vislumbrar 10 años antes.

El informe de la Policía Científica, basado en el análisis de muestras biológicas, excluía la culpabilidad de Cazorla. El Instituto de Medicina Legal de Las Palmas de Gran Canaria decía que el perfil genético del acusado no coincidía con los restos encontrados en el jersey de una de las víctimas. Sólo planteaba dudas respecto de la prueba del cromosoma Y porque sostenía que no había material suficiente como para que el resultado se aceptara como fiable al cien por cien (en cualquier caso, era negativo). Además, la mujer que lo reconoció en la calle ya había identificado sin ningún género de dudas unos años antes a otra persona que se demostró inocente gracias al ADN.

Una suma de factores impedían desvirtuar la presunción de inocencia de Ricardo Cazorla. Sobre todo, las pruebas científicas. Sin embargo, los jueces antepusieron, por encima de cualquier otra consideración, lo que decían las víctimas. El fallo dice que los testimonios se caracterizaron por “su persistencia, solidez y contundencia”. El problema es que los magistrados ignoraron la posibilidad de que se equivocaran. Y no siempre se puede creer a un testigo.

Nuestros recuerdos no son fiables. Más del 80% de las condenas a inocentes, según la ONG norteamericana Innocence Project (en España no hay ninguna estadística sobre el tema), tienen como base reconocimientos erróneos de víctimas y testigos.

Hacer una identificación precisa es mucho más difícil de lo que parecen pensar algunos jueces. Con un documental reciente (El quinto por la izquierda, de Producciones La Marea) se hizo un experimento interesante. Se simulaba un tirón en la pantalla y se enseñaba la cara del ladrón, a plena luz, durante más tiempo que en un delito real. Después se pidió a algunos espectadores (unos 300) que identificaran en rueda de reconocimiento al del tirón. Las condiciones eran óptimas. Los testigos no estaban sometidos a estrés y sabían desde el principio que se iba a poner a prueba su memoria. Aún así, cuando en la rueda no estaba el autor del tirón, sólo el 52% de los que habían visto la película cinco minutos antes dijo “no está”; y el porcentaje de aciertos bajó al 25% cuando la habían visto dos días antes. Esto significa que entre el 48% y el 75% señaló a inocentes.

Cuando en la rueda sí estaba el auténtico tironero, fue reconocido por el 32% de los espectadores cinco minutos después de ver la película, pero sólo por el 13% cuando habían pasado 48 horas.

Las identificaciones son complicadas. La pregunta es porqué un testigo se empeña y afirma “sin ningún género de dudas” (según la fórmula forense) que está convencido de que un inocente es culpable. En muy pocos casos se miente a sabiendas. Lo normal es que las víctimas estén seguras de que esa persona fue quien les agredió. Han puesto esa cara al delito y ya, incluso cuando lo recuerdan, lo hacen pensando en el rostro del inocente. Es una distorsión de la memoria.

¿Cómo pueden estar tan seguras de un recuerdo falso? “Sabemos que la exactitud de una identificación depende de varias causas (dificultades para ver la cara, alto nivel de estrés, paso del tiempo, ruedas de identificación inadecuadas), pero en cambio no sabemos tanto sobre las razones que hacen variar la seguridad de testigos y víctimas”, afirma Margarita Diges, catedrática de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid y especialista en la llamada psicología del testimonio. “Más allá de razones internas, individuales, una forma de incrementar la seguridad de un testigo es darle a entender que ha acertado, como sucede cuando señala una fotografía y más tarde ve en la rueda a esa misma persona”.

“Lo que sí está demostrado empíricamente es la falta de relación entre la seguridad del testigo o de la víctima y la exactitud de su identificación”, continúa Diges. “Sin embargo, pese a todas las demostraciones empíricas, lo que vemos en la realidad policial y judicial es que, cuando la víctima está totalmente segura de que el identificado es su agresor, esa seguridad se toma como garantía de exactitud incluso cuando hay pruebas científicas exculpatorias, por ejemplo, las de ADN”.

El momento clave es ese en el cual el testigo o la víctima piensa que quizá el que aparece en la foto es el culpable. Si en ese primer momento se reafirma, después no hará más que identificar de nuevo (y cada vez con más seguridad) al que vio en esa primera foto o rueda. Ya no lo compara con su recuerdo del delito, sino con la primera imagen que vio del sospechoso. Por eso es tan importante que no haya irregularidades en esa fase. Si eso se hace mal, si el policía insinúa que en una foto determinada podría estar el culpable; o le dejan ver al sospechoso en la comisaría por error antes de la rueda; o es la única persona de características físicas similares al agresor; después es muy difícil dar marcha atrás: ya se ha creado el falso recuerdo.

En España han aparecido numerosos casos en los últimos años. La semana pasada fue Ricardo Cazorla. En el verano de 2009, el Supremo absolvió al nigeriano Henry Osagiede de dos delitos de agresión sexual y robo con intimidación. El hombre, negro, había sido el único de su raza en las ruedas de reconocimiento. Las dos víctimas, que lo habían identificado sin ningún género de dudas, ya habían identificado antes y con la misma certeza, a otro hombre que, por fortuna para él, tenía pruebas de su inocencia.

A Rafael Ricardi lo condenaron por violación y pasó 13 años en la cárcel. Era inocente. Cuando fue detenido vivía en la calle y era toxicómano. Suele pasar en estos casos: el acusado injustamente es pobre, o inmigrante, o drogadicto, sin recursos, y no tiene muchas posibilidades de hacer valer su versión de los hechos, ni de contratar a grandes abogados -aunque algunos son condenados a pesar de la excelente labor de sus letrados de oficio-, ni saben cómo armar un escándalo mediático con la injusticia.

Hay casos estrambóticos, como el de Jorge Ortiz, condenado por atraco a mano armada. Había dos víctimas. Una no lo identificó. Otra sí, pero se retractó poco después, y antes del juicio, cuando le enseñaron la foto del verdadero culpable. Dio igual: el juez no la creyó y se empecinó en su primer testimonio. La delirante condena fue confirmada por el Supremo y el Constitucional ni siquiera admitió a trámite el recurso de amparo. Finalmente, fue indultado gracias al apoyo que tuvo, en todo momento, de la víctima que se había equivocado. Pasó dos años y medio en prisión, hasta que le suspendieron la ejecución de la condena.

La Justicia tiene serios problemas para enmendar sus errores. Una vez que hay una condena, en principio es inamovible aunque atente contra los principios más elementales del sentido común. Fue lo que sucedió en el caso de Ahmed Tommouhi y Abderrazak Mounib, condenados por una serie de violaciones cometidas en Tarragona y Barcelona en 1991. Cuatro años después apareció el verdadero culpable, un español, pero sólo pudo probarse la inocencia de Tommouhi y Mounib en uno de los casos, el único en el que quedaban restos de ADN. Por el resto siguieron cumpliendo condena. Mounib murió en prisión en 2000. Tommouhi pasó entre rejas 15 años. Salió en libertad condicional en 2006. El Supremo no revocó sus condenas porque el recurso de revisión una vez que hay una sentencia es muy estricto: el acusado debe probar su inocencia, y en este caso no había ADN que analizar. El Gobierno tardó nueve años en decidir si lo indultaba o no, y al final optó por lo segundo. Nadie se atreve a sacar a un violador de la cárcel. Aunque en realidad no lo sea. Es otro de los grandes problemas de estos casos. Suelen ser delitos tan brutales que alguien tiene que pagar por ellos. Todos, las víctimas, sus familias, la policía, el fiscal, los jueces, quieren encontrar un culpable. Como sea.

El periodista Braulio García Jaén acaba de publicar un libro sobre el caso Tommouhi-Mounib (Justicia poética, Seix Barral), después de cuatro años de investigación, que ha ido contando al detalle en su blog (ladoblehelice.com). Lo que ha salido a la luz no es sólo un puñado de víctimas que se han equivocado en sus identificaciones, sino innumerables errores y chapuzas en la investigación policial y judicial, y en las sentencias.

“Una de las chicas que se equivocó en su reconocimiento, según probó después el ADN, vio antes de la rueda a los dos inocentes”, indica García Jaén. “Y los vio en el papel de sospechosos: a Tommouhi, esposado y conducido a los calabozos antes de la rueda de reconocimiento. Tanto ella como la decena de víctimas que esperaban sentadas en los pasillos del juzgado. A Mounib, curiosamente, no lo señaló las primeras veces que la Guardia Civil le mostró su fotografía, pero días después de que lo reconociera la víctima de otra violación ella también lo hizo. Años después declaró ante el tribunal que en las ruedas ni siquiera los había mirado, que directamente vio a los dos que eran y que en los otros ni se fijó. Y por supuesto no había tenido nunca ninguna duda. Se equivocó”.

“Los jueces, a menudo, sostienen que las irregularidades formales no influyen en el acierto o en el error de la identificación, pero resulta decisivo, porque las impresiones que se graban en la cabeza de la víctima no distinguen entre irregulares y correctas: sencillamente se graban”, concluye. Un ejemplo de falso recuerdo: una de las víctimas explicó que había visto a los agresores porque ese día había Luna llena. Era falso: la Luna ni apareció ese día.

Resulta sorprendente que con tantos casos de inocentes encarcelados, de características similares, los jueces sigan al margen de los estudios de la psicología del testimonio. “En la cultura judicial vigente, en particular en materia de delitos contra la libertad sexual, pesan mucho tres tópicos: que el juez tiene una especial capacidad para leer la verdad en el testigo; que por eso la testifical es una prueba de valoración fácil; y que el testigo-víctima merece un plus de credibilidad, por lo que su declaración inculpatoria o la identificación hecha por él, puede/debe bastar”, señala el magistrado del Tribunal Supremo Perfecto Andrés Ibáñez. “Son tópicos ampliamente desmentidos por la psicología del testimonio, y ninguno cierto. Pero no importa, porque son tópicos funcionales a cierto justicialismo reinante en la opinión pública y que, además, facilitan el trabajo judicial. Por otro lado, en el juzgado se opera con frecuencia a partir de aportaciones judiciales (identificaciones fotográficas, por ejemplo) obtenidas con cuestionable rigor”.

“No hay otra alternativa viable que un ejercicio de la jurisdicción respetuoso con la presunción de inocencia y las garantías procesales en el que se pierda el miedo a absolver (explicando el porqué) aun a sabiendas de que tendrá costes de impopularidad”, concluye el magistrado. “Y me parece necesario que este proceso de transformación de la cultura judicial vaya acompañado de otro no menos profundo de transformación también de la cultura y las prácticas de los informadores”.

Los últimos estudios científicos muestran que los falsos recuerdos se generan en una parte distinta del cerebro que los verdaderos. Esta sería la prueba definitiva, incontestable. Si lográramos leer el cerebro humano con una máquina no habría más inocentes con la vida destrozada porque alguien, sin mala fe, los señaló por un error de su memoria.

Últimas 24 horas en Factual (y III)

Esto se está alargando demasiado. Pensaba contar ahora detalladamente el contenido de las tres reuniones del jueves con la empresa. Las resumo. En ninguna de las tres reuniones se nos comunicó quiénes iban a seguir y quiénes debían marchar a casa. La empresa, por boca de Almudena Semur y Purificación Losada, pretendía, eso sí, que entre todos hiciéramos el periódico del jueves y el viernes. “El nuevo director, que va a ser Juan Carlos Girauta, se incorpora el lunes”, dijeron. El nuevo director se quiere quedar con seis o siete, seis o siete de la plantilla, dijeron, y formar un equipo de trece personas con el que hacer el nuevo Factual. “Este es un medio libre. Ni se compra ni se vende”, según reza su lema de ahora. La empresa se comprometió a devolver los 50 euros a los suscripctores, y aquí está la manera de reclamarlos. Bien. Nos reunimos dos veces por la mañana y no conseguimos que nos dijeran lo que habían decidido. “Pero el periódico hay que hacerlo”. Cristina Fallarás, la subdirectora, estuvo elegantísima e hizo una última concesión a la profesionalidad: el periódico, que yo no voy a dirigir, no sólo no va a querer hacerlo un equipo en el que no confiáis, es que si yo fuera la empresa tampoco querría que lo hicieran, dijo. “La información, antes que nada, tiene que ser fiable”, dijo, y la confianza se ha roto. Reconozco, sin embargo, que perdimos una grandísima oportunidad: deberíamos haber retransmitido el despido en directo, en F5, como un Twitter colectivo. Los lectores lo merecían. Nos pudo, sin embargo, las ganas de salir de allí y olvidar aquella situación cortijera: la mayoría de vosotros estais despedidos, pero todavía no os podemos decir quiénes. No me digan que no es extraordinario: os quedais seis o siete. Seis o siete. Pero el periódico hay que hacerlo. “Eso queda dicho”. Sólo entonces, cuando ya había renunciado a seguir, como también había hecho Iván Vila; entonces no sé por qué me salió aquello que dije y que Cristina Fallarás recogió en su blog. No tiene ninguna importancia, salvo que es cierto. Aunque lo que yo recuerdo que dije se acerca más a esto que días después me ha enviado entrecomillado una compañera:

“Yo no voy a abandonar mi puesto de trabajo y tampoco te voy a hacer un periódico. (…) Porque un periódico no es un chiste, que es lo que tú crees. Ni sabes lo que es un periódico ni sabes lo que es tu trabajo. (…) Que vengo callándome desde el primer día. No me tires de la lengua”.

No había ninguna razón práctica para decirlo:ya había dicho que no pensaba seguir trabajando en Factual, y tampoco cobrar el paro dependía de que me fuera o de que me despidieran;  no iba a cobrarlo de todas formas. En fin, fue sólo una manera de obligarlas a decidir y a hablar, aunque al final dije más cosas de las que tenía que haber dicho. Una manera como otra cualquiera y que, como las otras, fracasó: no soltaron prenda. Nos citaron, después de la segunda reunión, a las cuatro. Fuimos a comer al chino de la calle Mandri. De camino al chino llamé a Arcadi, que seguía en el Consejo de Administración de la empresa. Le dije lo que pasaba y que, de alguna forma, nos había abandonado. ¿Qué puedo hacer?, dijo. Nada. Creo que conté 22 en la mesa. Algunos, muy pocos, siguen hoy en Factual. Les deseo la suerte que cada uno necesite. Volvimos a las cuatro, y dieron las cinco; entró el nuevo director, se reunió con cinco de los redactores; quedaron cuatro y dieron las seis, y nos podían haber dado las diez. Nos fuimos de la redacción sin que nadie nos hubiera comunicado quién seguía y quién no. Sólo sabíamos quién no estaba en la pecera. El viernes por la mañana seguían ofreciendo, a mí por lo menos, colaboraciones por las esquinas, como quien vende peras arrancadas al olmo.

He contado lo que creo que podía interesar a los lectores y suscriptores de Factual y a los de ladoblehélice, donde llevo explicando mi trabajo desde hace dos años y medio. Ahora hay cosas apasionantes ahí afuera, como apasionante fue conocer a toda esa gente. Termino con tres párrafos que ha escrito uno de los comentaristas que ha pasado por aquí estos días.

Una de las virtudes que desde siempre le achaqué a Factual fue la mezcla de brutal honestidad con soberbia transparente. Factual hablaba de Factual con tanta suficiencia que era difícil no pensar que realmente esos chulos como ochos tenían motivos para tirarle besos al espejo.

Tanta, tanta suficiencia que se permitían el lujo de apuntarse como tantos todas y cada una de sus flaquezas. Nos dejaban entrar en las reuniones, donde predominaban esos dos acentos catalanes, uno tras unas gafas a punta de nariz, y otro debajo de una colisión de pelo rojo entre apocados periodistas de bullente vida interior; sacaban crónicas en las que no les importaba admitir que hacían fotos con un iPhone, o cómo emanaban perfume a novato en ruedas de prensa, unas planetarias y otras no; lucían su excentricidad como si estuvieran en la cola de un garito neoyorkino.

Escribían de fábula, todos ellos. Si en algún momento detecté algo parecido a una ideología detrás del proyecto, quizá tuviera que ver con eso: un respeto reverencial por las verdades que desatan las palabras bien empleadas.

Los hago míos, estos párrafos. Porque, ¿quién no quiere ser el rey de Nueva York?. Y se los dedico a mis compañeros: Me iría con vosotros al infierno. Volvería, de hecho.