“Vale, no me peguéis más: soy un elefante”, dijo el conejo

El Acido Desoxirribonucléico (ADN) fue descodificado por primera vez para identificar a un violador en 1987. Colin Pitchfork, un panadero de Narborough, en el condado de Leicester (Inglaterra), había violado y asesinado a dos chicas del pueblo en 1983 y 1986, y así quedó probado gracias a la huella genética y a un amigo suyo que hablaba demasiado.
 
El primer sospechoso que manejó la policía, Richard Buckland, tenía 17 años, era del pueblo, conocía a Dawn Ashworth, la segunda víctima, y en los interrogatorios había desvelado detalles sobre el cuerpo de la chica, de 15 años, que llamaron la atención de los investigadores. Buckland acabó confesando, en interrogatorios posteriores, que él había asesinado a Dawn, aunque no admitió el asesinato de Lynda Mann, también de 15 años.
 
Tres años antes, Alec Jeffreys, un genetista de la Universidad de Leicester, había descubierto por casualidad que aunque la secuencia completa de ADN en su inmensa mayoría es común a todos los seres humanos, hay pequeñas regiones que son altamente variables, llamadas microsatélites, cuyo análisis podía llegar a identificar un individuo a través de su huella genética. Tenía pensado hacerlo público en un seminario en otoño de 1984, pero un accidente doméstico de su hija pequeña le impidió participar. Una mención pública de su descubrimiento, antes de haber tramitado la solicitud de la patente, le habría hecho perder los derechos de acuerdo a la legislación británica.  El descubrimiento fue patentado y publicado finalmente en 1985, en el número 314 de Nature.
                                                                                                                                                                                     Cuando Buckland confesó, los análisis de Jeffreys ya habían permitido  a un chico ghanés regresar a Inglaterra para vivir con su madre.  Las autoridades antiinmigración exigían una prueba que demostrara que era hijo de la ciudadana británica que lo esperaba. El ADN probó que era cierto. La policía británica, por su parte, estaba convencida de que Richard Buckland era también el asesino de Lynda, la segunda víctima, así que pidió al laboratorio de Jeffreys comparar las muestras de semen recuperadas en ambos cuerpos con la sangre de Buckland. La prueba perfiló que las dos muestras de semen eran del mismo hombre, y que ese hombre no era el confeso Richard Buckland.
 
La estrategia siguiente, consensuada entre la policía y el Servicio de Ciencia Forense (FSS, en inglés), consistió en invitar a los hombres del pueblo a someterse voluntariamente a un análisis de ADN. Deseosos de demostrar su inocencia, unos 5.000 hombres se dejaron tomar muestras de saliva o sangre.  Ninguno de los perfiles coincidía con el semen de las violaciones. Meses después, uno de los voluntarios, Ian Kelly, se jactó en público de haber ganado 200 libras esterlinas aportando muestras a  nombre de un amigo suyo, y dijo el nombre: Colin Pitchfork, condenado el 22 de enero de 1988 a cadena perpetua, fue el primer culpable identificado gracias a una prueba de ADN. Richard Buckland, el primer inocente exonerado.
                                                                                                                                                                           
En EE UU,  223 condenados –muchos de ellos a muerte– han visto reconocida su inocencia gracias al ADN y  a  Proyecto Inocencia desde 1992.  En España no hay registro.
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Una respuesta a ““Vale, no me peguéis más: soy un elefante”, dijo el conejo

  1. [Fuente: Diario de Cádiz, 03.01.2009 ]

    Galería del crimen
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    Inocente por un pelo
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    Rafael Galán llegó a confesar el asesinato de Milagros García en el fuerte de Cortadura en octubre de 1993 l Las pruebas de ADN sobre un vello púbico demostraron su inocencia dos años después

    | Actualizado 03.01.2009 – 11:10

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    A Rafael Ricardi, el portuense que ha pasado trece años en la cárcel por una violación que no cometió, le dio la libertad Alec Jeffreys, el especialista en genética que desarrolló los estudios de Crick y Watson, descubridores de la hélice del ADN. Crick y Watson desmontaron la teoría de que todas y cada una de nuestras células contienen nuestro proyecto de vida para concluir que, en realidad, ese proyecto se encuentra en la combinación de cuatro compuestos químicos, un alfabeto que es nuestro código de barras en un sistema de información trenzado como una cremallera. Jeffreys llegó más allá: aprendió a descifrar ese alfabeto en 1984. La criminología nunca sería lo mismo desde ese instante. No se había producido un avance tan gigantesco desde la aplicación de la huella digital. La huella genética va más allá, ya que nuestro ‘autógrafo’ se encuentra en todas partes, en el semen (lo que salvó a Ricardi), la sangre, la saliva o el cabello, que sería lo que revelaría en 1996 que Rafael Galán, un buscavidas de El Puerto con un historial de exhibicionista, no era el asesino de Milagros García Bello, una joven de Medina de 24 años que fue asesinada junto al fuerte de Cortadura de Cádiz a principios de octubre de 1993.

    El 30 de septiembre Milagros y tres de sus compañeras llegaron tronchadas de risa al módulo de Cortadura donde trabajaban en la limpieza de la playa. No os vais a creer lo que nos ha pasado. Pues no va un tipo, se baja de la moto, se desabrocha la bragueta y, según pasamos, se pone a masturbarse. Anda, ya te vale, le gritaron.

    Tres días después Milagros sale de su casa en la plaza Madrid a las siete y pico de la mañana. Sopla un levante de los que hace volar. Realiza la ruta de siempre camino del módulo de la playa. Y en algún momento desaparece. A las ocho sus compañeras esperan a Milagros en el módulo. Qué extraño. No viene. Empiezan a trabajar. A las nueve y media un hombre pasea con su perro por la playa. El perro se adelanta y se detiene entre unos matojos. Deja de husmear, le ordena el dueño, pero observa que allí hay algo, una pierna, quizá es un mendigo durmiendo. Según se acerca, aprecia el cuerpo inmóvil, una falda levantada, sin ropa interior, y el rostro tumefacto apenas reconocible. Es Milagros.

    En el mismo lugar de los hechos el forense examina el cuerpo azotado por la arena que levanta el viento. Las primeras conclusiones son que Milagros recibió varios golpes con una piedra en la cabeza, posiblemente tres golpes, aunque no fue eso lo que le causó la muerte. El dictamen final será ahogamiento. Se ahogó tragando su propia sangre. La arena es la aliada del criminal. Allí no habrá ningún indicio, el viento se los ha llevado a una velocidad de 60 kilómetros hora. Apenas había actividad a la hora del crimen en la zona. No va a haber testigos. La Policía no sabe por dónde empezar. ¿Qué es lo que falta? El bolso, dicen sus compañeras, el bolso de paja que siempre llevaba.

    Dos días después, una compañera de Milagros coge el teléfono de casa. Al otro lado, una voz suspira. Al rato, en otro domicilio, otra compañera contesta al teléfono. La voz vuelve a suspirar, pero ahora increpa, insulta, se recrea en obscenidades. Sus compañeras afirman en comisaría que Milagros llevaba en el bolso su listín telefónico con los números de varias de ellas. Para mayor desesperación policial, ese mismo día una joven de 19 años denuncia haber sido violada por dos hombres en la playa de Cortadura a la salida del instituto. Hay pánico. La Policía interroga a decenas de hombres centrándose en aquellos que cuentan con antecedentes por delitos sexuales.

    Les ha llamado la atención uno en particular. Es Rafael Galán, un portuense de 35 años, vigilante jurado en una empresa de la rotonda de Cortadura. Es capaz de pasar de una cosa a justo la contraria con pasmosa facilidad. Han intentado ordenar su relato, pero su relato es caótico, si estaba o no estaba en el sitio, si conocía o no conocía a Milagros.Tiene nueve hermanos, su madre es viuda, ha tenido muchos trabajos, pero ninguno muy estable; nadie puede negar que es un trabajador, pero con mala suerte. Su vida amorosa es azarosa. Tuvo una relación larga, pero aquello se acabó. Ha visitado algún bar de alterne, sí. Hasta hace poco ha vivido con una prostituta en Valdelagrana a la que trataba como una reina, a la que colmaba de regalos. Pero esa relación también se ha acabado y él está en uno de sus habituales periodos depresivos. Es verdad que tiene antecedentes por cuestiones sexuales, pero sólo exhibicionismo, nunca ha hecho daño a nadie, aunque una vez se le encontró en casa de una vecina y adujo que ella llevaba muy poca ropa y le provocaba. Pero no la tocó. Sí, desayunaba en el mismo bar que las limpiadoras. Afirma y niega las mismas cosas, cae en contradicciones. ¿Masturbarse delante de ellas? No sé, no sé. Bueno, sí, vio a Milagros esa mañana, pero todo debió ocurrir accidentalmente. Rafael, queda usted detenido.

    El 22 de octubre, dos semanas después del crimen, una comitiva se dirige al lugar de los hechos. Para sorpresa de los fotógrafos, Rafael no les esquiva, no se oculta. Va de un sitio a otro, señala un punto con seguridad y, cuando está en ese punto, duda. Hace equilibrios sobre un muro. Charla con el juez y accede a ir al lugar donde se halló el cadáver. Tras muchas preguntas y respuestas, se derrumba, llora. A partir de ese momento, gesticula con determinación y, visto desde la lejanía, parece repetir lo sucedido aquella mañana. Le quitó las bragas, dice, pero no la mató. No sé, no sé… Y, al fin, confiesa. Tras la larga jornada de reconstrucción, un policía sentencia a los periodistas: el caso está cerrado…

    …si no fuera por Alec Jeffreys. Rafael Galán había sido examinadopor un psiquiatra en la cárcel. En su informe se leía: “imaginación sin límites”. Su abogado había intentado cuadrar las horas entre el crimen y los pasos de su patrocinado. Le resultaba imposible que se encontrara en la playa a la misma hora que había realizado el relevo en la Zona Franca. Mientras, el Instituto de Toxicología de Sevilla recibe vellos púbicos en una bolsa. Se habían hallado enmarañados entre los de Milagros. Sería una prueba definitiva. Deberían pertenecer a Rafael o, en todo caso, al joven con el que ella mantenía relaciones. Los resultados no dejaban lugar a dudas. Seguro que el vello era del asesino, pero ese pelo no era de Rafael. Sin posibilidad de error. No era su código de barras. El fiscal se rindió a las evidencias. Pidió su puesta en libertad. En 1998 las diligencias fueron archivadas. El caso del crimen de Cortadura quedaba impune. Nunca se sabrá quién mato a Milagros García Bello.

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