Una década entre comillas

Les cuento una idea que me ronda (mi cabeza es una lavadora): la de poner la conversación de una década entre comillas. El tema de esa conversación es este caso. La década, hoy ya va camino de los once años, sería la comprendida entre 1997 y 2007, que es cuando se me ocurrió. El contenido: citas textuales y fechadas de lo que se ha publicado en prensa y lo que se ha dicho y mostrado en radio y televisión desde que en junio de 1997 se supo que se había condenado a dos inocentes, hasta hoy. Los protagonistas de la farsa, las personas de carne y hueso que las han pronunciado.

Cada vez que vuelvo sobre lo que se ha escrito, dicho y mostrado desde 1997, me sobrecoge no sólo la dimisión del periodismo en un caso que lo tenía todo para que se reivindicara –desde este primer reportaje, no se ha publicado nada verdadero ni nuevo relevante, más allá de las voces de los condenados– sino su contribución radical a la falsificación del mundo del que habla. La condición de esa falsificación es la falta de referente.

La idea sería insertar ese capítulo después de la segunda parte del libro. Tanto ésta como la primera, cuentan ambas el período 1991-1997, así que llegados a ese capítulo el lector ya conocería los hechos verdaderos y podrá entonces contemplar las mentiras que sobre ellos se han dicho en su justa perspectiva, y sobre todo, la  irresponsabilidad con que se han dicho, sin que nadie les haya obligado a rectificar: El fiscal jefe empezó diciendo que iba a seguir el caso “al milímetro”, y diez años después el ministerio de Justicia continuaba repitiendo que las pruebas eran “incontestables”: puro vacío que el periodismo, “falso testigo del porvenir”, se limitaba a transformar en huecograbado.

La falta de referencias reales del discurso ininterrumpido, circular y machacón que se puede sostener sobre cualquier tema, creo que basta con enfrentarla a esos mismos hechos de los que habla para que se vea el fraude que sostiene: las palabras de Margarita Robles sobre lo mucho que le preocupa la lentitud de la justicia, “porque no hay que olvidar que detrás de cada caso hay un problema humano“, enfrentadas con esas otras explicaciones que me dió cuando le pregunté por este caso en concreto, que ciertamente nadie negará que tiene un problema humano detrás, descubren la radical separación entre palabra y mundo que el periodismo exhibe enmudecido, y sus mundanas consecuencias.

Formalmente, se podría presentar como un drama cuyo tema es conocido ya por el lector (que se ha leído las dos primeras partes), a la manera en que Karl Kraus construyó Los últimos días de la humanidad, pero cuyos diálogos son fielmente atribuitos en su literalidad y en su fecha a quien las pronunció, y ensamblados en escenas (una línea sobre el contexto). Los personajes irían desde el periodista al ministro, pasando por jueces, defensores de pueblos, víctimas, oenegés, escenas de televisión (en un capítulo  de Al filo de la ley, “inspirado” en este caso, Mounib, que en verdad murió en la cárcel, sale absuelto y libre), etc., obviamente con sus nombres y contextos reales (salvo las chicas).

El honor de la ouverture de la farsa correspondería, obviamente, al mensajero, que llega gritando extra, extra, en septiembre de 1999, con una buena nueva sobre el indulto bajo el brazo:

–EL PERIODISTA VANGUARDISTA:  Está al caer, seguro, pero todavía no se sabe la fecha. Abderrazak Mounib y Ahmed Tommouhi podrían ser indultados en las próximas semanas.

–EL FISCAL JEFE:  Este caso lo estamos siguiendo al milímetro.

(Etc…)

Bueno, me perdonarán todo este monólogo en voz alta, pero es que es una idea que me trae loco: porque la imagino eficaz, pero sin embargo por debajo siento la inmensa carga de trabajo y tiempo que lleva –contra lo que se pueda pensar, sería seguramente el capítulo más trabajoso, a pesar de estar construido sólo con citas– y la poca seguridad que tengo  de que el resultado funcione.

En fin, todo esto viene hoy porque ayer, después de las notas que publiqué aquí de Gerard Thomàs me encontré con un artículo suyo en EL PAÍS, de enero de 2007, titulado Películas de miedo, y que creo que contiene este párrafo impagable para cerrar la farsa:

GERARD THOMÀS: Da miedo que uno pueda encontrarse ante un tribunal y, sin ninguna garantía y sin suficiente prueba, se vea condenado a ese mundo de la cárcel -que no debe ser, y que muchos se empeñan en que siga siendo, tenebroso-. Nos dio mucho miedo El proceso de Kafka.

El otro gran problema sería encontrar el modo de asegurar bien todos los diques para que, a pesar de la forma, el contenido no se desborde, arrastrando en su riada el higiénico desbroce con el que intento llegar a los hechos reales, sin el enguaje de la ficción.

Quizá me sobreexcito.

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9 Respuestas a “Una década entre comillas

  1. ¿Y si pones a Gerard Thomas muerto de miedo en el epílogo?

  2. Hablando de jueces y declaraciones…
    Sigue comentario del juez Santiago Vidal en el programa en directo “Amics, coneguts i saludats” (8TV) del 8/3/2007, dedicado en esa ocasión al tema de la justicia. Ahmed Tommouhi estaba presente entre el público, invitado expresamente para hablar de su caso. Fue presentado a última hora y con prisas, hasta el punto de que no habló más de dos minutos… Acto seguido, el presentador Josep Puigbó le preguntó al Sr. Vidal si casos así suelen pasar y si podrían evitarse mejorando el ejercicio de la justicia. El juez respondió:
    ___

    “No…, a veure, la justícia és una activitat humana i com a tal activitat humana, no ens hem d’enganyar, sempre hi ha un marge d’error, per molt bé que intentem treballar els jutges i tots els operadors jurídics, policials… sempre hi ha un marge d’error.
    Jo puc garantir als ciutadans i als oients que aquest marge d’error, en el sistema processal espanyol i català, és molt baix. I és possible, jo no dic que no, es possible que el cas del Sr. Tommouhi sigui precisament, per dissort per ell, aquest petit percentatge.
    Però no hem d’oblidar que les sentències que van condemnar aquest senyor son fermes -de les quatre que es van dictar, tres són fermes- i, per tant, per la llei, aquest senyor és culpable de tres delictes. De un no, perquè es va demostrar per la prova d’ADN que no era culpable. Però per la llei, dels tres delictes que hi ha sentència ferma hi ha sentència condemnatòria i, per tant, això no ho hem d’oblidar, eh?”
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    Por cierto, ironías de la vida, el Sr. Vidal tenía delante la prueba viviente de que no era cierto lo que había escrito años atrás en su libro “In-Justícia” [Angle Editorial (2002), pág. 206]:
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    “Ja des de l’antiga Roma es mantenia el principi que «més val cent culpables en llibertat que un sol innocent tancat a la presó». I els puc assegurar que aquesta premissa es compleix escrupolosament en la justícia del nostre país”.
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  3. ¿Y si las citas se insertan en las dos primeras partes del libro y no como un capítulo a parte? Eso reduciría la carga de trabajo y se podría usar como recurso narrativo.
    Aunque se corre el riesgo de perder la esterilidad buscada.

    desde la humildad de lo práctico…
    felicidades por el blog.

  4. Una curiosidad-casualidad: si ese juez Santiago Vidal, es el mismo Santiago Vidal i Marsal, él fue también el que condenó a García Carbonell el 6 de junio de 1995 por un delito de quebrantamiento de condena (quien había sido condenado previamente a arresto domiciliario por amenazar a un vecino).

  5. Sí, Marsal es el segundo apellido.

  6. Otra dificultad técnica a la hora de plasmar “la conversación de una década” es cómo transmitir el protagonismo que han tenido los silencios. ¿Dejando 10, 20, 50… páginas en blanco?

    Y es que se puede citar tal o cual titular periodístico, pero también habría que “transcribir” el mutis predominante durante la década.

    Se pueden reproducir las palabras del ministro López Aguilar, pero no hemos oído hablar a sus tres antecesores en el cargo (claro que tampoco se les preguntó…).

    ¿Y qué decir del silencio de los juristas? Un experimento sencillo: basta poner en el buscador que se tenga más a mano
    “los Albertos”+prescripción+”catedrático de derecho”,
    por poner un ejemplo reciente (“caso Urbanor”) y comparar el volumen de resultados con el que se obtiene al realizar la búsqueda
    Tommouhi+revisión+”catedrático de derecho”.
    Lo que la Judicatura ha atado, que no lo desate el hombre. Y los juristas dicen: Amén.

  7. Abundando en el tema de los silencios, y sus efectos, un artículo reciente sobre falsos culpables.
    Es de la escritora Imma Monsó y ha sido publicado el pasado 16 de febrero en La Vanguardia ( http://www.lavanguardia.es/free/edicionimpresa/res/20080216/53436741946.html ).
    Significativo por el ejemplo que no cita…
    (me imagino que por desconocimiento de este caso).

  8. Estupefacto: Sólo se puede acceder a la entradilla del artículo. Si lo tienes completo, ¿podrías copiarlo aquí?. Gracias.

  9. Copio el artículo de I. Monsó a continuación y, de propina, otro publicado cuatro días después (“¿Y el falso culpable?”, por Jordi Balló). En este último se habla de medios audiovisuales que desvelan un falso culpable y medios que lo generan. Le faltó referirse al caso en que ni lo crean ni lo denuncian, simplemente pasan de largo, lo cual también tiene consecuencias.

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    LA VANGUARDIA, 16/02/2008
    EL RUNRÚN

    Escalofrío

    Imma Monsó

    Nos anunciaban hace unos días que el Ministerio de Justicia ha cifrado en 120.000 euros la indemnización para Dolores Vázquez (caso Wanninkhof) por haber pasado 17 meses en prisión por
    error. Poner cifras a semejante calvario me resulta tan extraño que, atrapada por el tema, me puse a buscar información sobre indemnizaciones judiciales. Y en eso estaba, cuando de pronto descubrí los detalles del caso de Outreau y quedé tan absorta en él que decidí contárselo aquí a ustedes o
    recordarlo a quienes ya lo conocen: errores así es mejor no olvidarlos.

    Hace unos años, en Outreau, norte de Francia, Myriam Badaoui fue detenida junto a su marido, acusada de haber violado y prostituido a sus hijos. Lo que nadie podía esperar era que esta madre colaborara con tanto afán en el esclarecimiento de los hechos. Badaoui era una persona desequilibrada, cuyo delirio iba a provocar el ridículo más estrepitoso que jamás ha protagonizado la justicia francesa. Nadie supo detectar su locura. El juez era joven, inexperto, y la detenida estableció con él una complicidad peculiar.

    Día sí, día también, Badaoui recordaba nuevos detalles de atrocidades cometidas ( “tantos detalles contados con tanta fruición deberían habernos hecho sospechar”, decía una juez hace poco en una
    entrevista). Y recordaba también nuevos nombres de presuntos implicados. Señalados por Badaoui, un vecino tras otro (13 inocentes) ingresaron en prisión. En una ocasión, lanzó la acusación tan al azar que inventó el nombre sobre la marcha: “Sí, sí… es un hombre que vive cerca de la frontera belga. Legrand, creo que se llama. Daniel Legrand”. Legrand es un apellido muy común, y por el precio de un Legrand detuvieron a dos: un agricultor y su hijo que jamás habían ni siquiera soñado que en el mundo se cometieran actos como los que se les imputaban.

    ¿Qué significa una detención de este tipo? El horror. El linchamiento colectivo. La deshonra,
    el calvario dentro y fuera de la cárcel, el infierno para los hijos pequeños, el delirio mediático. De hecho, los medios, que amplificaban encantados cada palabra que pronunciaba la madre, tuvieron una especial responsabilidad en este caso. Legrand hijo se trastornó hasta el punto de tener una inspiración que, paradójicamente, sería el desencadenante del esclarecimiento final del caso. Tal era su desesperación que escribió una carta donde confesó haber asesinado a una niña. Hasta el momento, nadie había hablado de asesinato, sólo de violaciones y torturas. Cuando ahora le
    preguntan por qué lo hizo, él responde que pensó que esto haría reaccionar a la delirante Myriam Badaoui; pretendía combatir un delirio con otro. Pero jamás hay que subestimar a un delirante. Porque lo que hizo Myriam Badaoui fue ratificar los falsos hechos inventados por Daniel: “Sí, sí, también asesinamos a una niña”, y en su estilo habitual, añadió todo tipo de precisiones, incluyendo el lugar donde la habían enterrado.

    En ese lugar, las excavadoras de la policía levantaron hasta el último palmo de tierra sin encontrar nada. Por entonces, ya muchos empezaban a tener serias dudas sobre toda aquella locura. Las sospechas acerca de las numerosas contradicciones que presentaba el asunto crecían. Lo que siguió fue ya el final de las mentiras. Badaoui confesó, los detenidos fueron exculpados. Pero algunos habían pasado nada menos que tres años en la cárcel.

    Esto no ocurrió hace tres siglos, sino en el 2001. No ocurrió en Uganda ni en Haití, sino en nuestra vecina Francia. Por supuesto, se fijaron indemnizaciones para las víctimas del error. Uno de ellos no cobrará, se suicidó en la cárcel. En cuanto a los demás, la mayoría de ellos todavía no ha cobrado.
    Que la justicia los indemnice me parece lo mínimo. Sin embargo, ni siquiera eso han cobrado todavía.
    ___
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    LA VANGUARDIA, 20/02/2008

    ¿Y el falso culpable?

    Jordi Balló

    Aunque no ha gozado de los mismos titulares que la película brasileña ganadora, el director norteamericano Errol Morris se ha llevado el Oso de Plata en el último Festival de Berlín con un documental que analiza los secretos de las fotografías de Abu Grahib. La fama de Errol Morris es merecida, y se sustenta sobre todo en su filme más conocido, The Thin Blue Line,uno de los escasos documentales, por cierto, que figura en la selección de las 1001 películas que hay que ver antes de morir, segun los autores de tan curioso ranking. La excelencia de esta película de Morris no se debe únicamente a su caligrafía estilística, más bien rutinaria, sino al hecho de que denunció un fraude policial y judicial que había llevado a un falso culpable a la cárcel. La película desveló esta atrocidad, mostró las incoherencias de la investigación y provocó una revisión judicial que llevó al joven condenado a ser puestro en libertad.

    ¿Pero qué ocurre cuando es el propio medio audiovisual el que ha culpabilizado sin pruebas? El cine se ha librado en general de esta acusación porque su tiempo de cocción es un preventivo contra los excesos del sensacionalismo rápido. Pero la peor televisión es una aliada fantástica para las veleidades acusatorias y la fabricación de corrientes fiscales inapelables. Y cuando esto ocurre, es muy difícil volver atrás. Tenemos en España un caso espeluznante de este linchamiento moral y judicial. Es el caso de Dolores Vázquez, a la cual una resolución reciente ha dictado una indemnización del Estado a causa del error judicial que sufrió, acusada de un crimen que no cometió. El dinero de compensación es ridículo si quiere restituir de alguna manera un calvario de denuncias falsas, de acusaciones alocadas, animadas por programas televisivos de todo tipo y calaña, que convertían a cualquier personaje acusador en centro de atención y mimo. La revisión de estos programas debería terminar con la carrera de aquellos informadores que jalearon esta infamia. Pero, cabe preguntarse: ¿Cómo pedir perdón? ¿Puede la televisión, desde ella misma, generar una respuesta crítica autoinculpadora que redima a la acusada de la forma con que fue tratada? Mi impresión es que esta regeneración no es posible, que una cadena que alimentó la bestia del linchamiento no tiene autoridad moral para decir ahora lo contrario sin autoinculparse gravemente. Y no creo, además, que ninguna de las cadenas participantes esté dispuesta a ello. ¿Se podría hacer desde otra cadena? Claro que sí, pero existen muy pocos casos en el mundo donde este tipo de denuncias entre medios cristaliza, supongo que por una especie de gremialismo defensivo. Con lo cual se llega a la evidencia de que la única manera de mostrar cómo una avalancha mediática puede llegar a influir en nuestras conciencias es cambiando de registro. Y para esto está el cine. Y directores como Errol Morris.
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