Vivan las caenas (de televisión)

Fragmentos  

Ha ocurrido un asesinato y la humanidad querría pedir auxilio. No puede. (…) La boca del mundo se queda abierta, y en sus ojos se hiela el vislumbre de que lo peor ha pasado. (…) La mano ahogó ese grito que no podía dar. La mano nos tiene a todos por el cuello y no nos deja escapar. ¿Será esto el fin de una moral que lleva las cadenas como alhajas?  

(…) 

Aquí se ha vuelto problemático todo lo que desde hace dos milenios se caía de su peso. Hemos construido nuestras chozas sobre un cráter que juzgábamos extinto, hemos hablado con la naturaleza en un lenguaje humano, y porque no entendíamos el suyo, hemos creído que ya no rebullía. Pero ella ha seguido todo el tiempo celebrando sus ardientes ceremonias y arrimando su ascua terrena a nuestra divina confianza en el cielo.  

(…) 

Los príncipes de la vida no podían entenderlo, pero las princesas yacían con los cocheros, porque eran cocheros, y porque los príncipes  no podían entenderlo.

(…)

La ética cristiana se restriega las manos, desesperada de que no le sea dado poder conservar la belleza en la justa medida en que sea imprescindible para la vida con fórmulas de consuelo espiritual. La gran cuestión, que permanece abierta desde el día en que se vino a parar en la renuncia al gusto, nos advierte como nos advierte la tierra cuando la creemos adormecida gracias a juegos técnicos: ¿Cómo se las va a arreglar el mundo con las mujeres?   

(…) 

Una y otra vez el mismo asombro ante una naturaleza que no ha medido a los dos sexos con el mismo rasero de carencia; que ha creado a la mujer, para la que el placer es sólo un aperitivo del placer, y al hombre, a quien deja exhausto. Este lo siente y  no quiere saber nada. Mil veces ha luchado con el Otro, que quizás no existe, pero cuya victoria sobre él está asegurada. No porque tenga mejores cualidades sino porque es el Otro. El que Viene Después, el que le brinda a la mujer el placer de la serie, el que, por Último, triunfará. Pero ellos se lo sacuden de la cabeza como un mal sueño; y quieren ser el Primero. 

(…) 

El asesinato es una irregularidad; nos señala el estado de las cosas y no prueba nada en su contra. La muerte llama al mundo moral a las armas, pero lo que desvela le obliga a enfundarlas. Tendría que apuntarlas contra sus propias mujeres para ser dueño y señor por siempre de todos los desengaños.  

(…) 

La tragedia de la gracia femenina, perseguida y eternamente malentendida, a la que un mundo miserable no le deja otra sino  la posibilidad desnuda de meterse en el lecho de Procusto de sus conceptos morales. Un baqueteo de la mujer, que la voluntad del creador no destinó al egoísmo del propietario, que sólo en libertad puede alzar el vuelo hacia sus más altos  valores.  (…) Pero la realidad debe convertirla en su sierva, como ama de casa o como amante, porque la necesidad de honorabilidad social va más lejos para él que un hermoso sueño. (…) En este deseo y nada más que en él ha de verse la fuente de toda tragedia de amor. Querer ser el elegido sin concederle a la mujer el derecho de elegir. Y los Obrones no quieren entender jamás que Titania pueda perfectamente acariciar también a un asno, porque ellos, como corresponde a su mayor capacidad de reflexión y a su menor sexualidad, no estarían nunca en disposición de acariciar a una mula. Por eso se vuelven unos asnos incluso en el amor. No pueden vivir sin colmar su medida de honorabilidad social; ¡y de ahí tanto bandido y tanto asesino!   

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