Archivo mensual: octubre 2007

Sobre el estilo de este blog

El estilo es el método. Y el método de ladoblehélice consiste en lo que algunos llaman, sin atreverse a embarcarse todavía, la transparencia radical. El material recogido y con el que trabajaré en la construcción del libro-reportaje estará a disposición de los lectores: Las grabaciones de las entrevistas, los reportajes de audio y televisión sobre el caso, cartas de los presos a sus familiares, las declaraciones de las víctimas, las sentencias, las notas de mi cuaderno de campo, las citas de autores y obras consultadas, etc.

Material en bruto que se podrá consultar, descargar e imprimir. Con Internet es técnicamente posible y dado que ahora “que las fuentes de información son rivales, las falsificaciones también lo son” (G.D.), no hacerlo sería seguir dando razones al lector para su desconfianza. En el periodismo de bajorrelieve –por más altas que sean sus barricadas—la exhibición pública de la verdad se ve a menudo lastrada por el derecho que han adquirido las diferentes partes a exponer su mentira (A.E.). Aquí cada palo aguantará su vela. La publicación del material en el que esas partes basan su versión formal –y falsa— del caso servirá para devolverles su justa perspectiva: aquella en la que lo falso es un momento de la verdad, y no al revés. 

Defiendo que la discusión pública, si se vuelca sobre las cosas y no sobre el ombligo de cada uno, ayuda a la claridad y la exactitud de los descubrimientos. Así, deseo que la comunidad de lectores que aquí pueda formarse me ayude a deshacerme de mis caprichos personales. “La lógica se ha formado socialmente en el diálogo” (G.D.) La objetividad está ahí fuera. 

El escrúpulo de la objetividad es, naturalmente, la condición de posibilidad para todo empeño honesto por establecer un hecho real. “Quien no lo tenga no puede siquiera aspirar a ser honrado” (R.S.F.). 

La objetividad y la transparencia, sin embargo, obligan al periodista, no a las fuentes. La verdad a menudo tiene malas compañías, y otras veces necesita del anonimato. Así que las fuentes entrevistadas seguirán siendo anónimas siempre que quieran, y de los documentos que se deba a alguna de ellas en exclusiva se hará el uso máximo que con ella se pacte. 

Más allá del uso mínimo que haga de la información facilitada por una fuente en la construcción de la narración (una frase, una idea, una duda, etc.), no escamotearé la exhibición completa del caudal que de esa fuente mane. Porque que la transparencia no les obligue, no quiere decir que no se puedan acoger a ella: la publicación íntegra de las entrevistas o los documentos aliviará a las fuentes el temor a ser malinterpretadas.  

La transparencia, por supuesto, tampoco obliga a las víctimas. Aunque, como discutiré aquí más adelante, casi nunca comparto la bajada de persianas frente al mundo que muchas víctimas practican, en especial las víctimas de delitos sexuales, obviamente la polémica no señalará al caso personal. Las víctimas no aparecerán citadas por su nombre ni por ningún dato que las identifique, excepto cuando ellas decidan lo contrario.  

Huelga decir que el que más se expone siempre es el que monta el escaparate. Es un yoyeo lamentable, pero no puede ser de otra manera en el periodismo, esa forma de tauromaquia. Los escritores de ficción pueden permitirse afirmar que escriben para ser otro. Los periodistas, snif, no sólo no pueden hacerlo, sino que tienen que responder como si siguieran siendo el mismo una vez se publica lo que han escrito: hay llamadas telefónicas, e-mails a tu buzón, cartas al director, policías y jueces. A las críticas, a las correcciones, a las sugerencias y a los requerimientos, me expongo, pues, personalmente. 

¿Por qué esta vieja historia nos interroga todavía?

Los puntos de inflexión de esta historia están ya en las hemerotecas, pero dispersos. Y esa dispersión ha dado alas, por lo general, a dos interpretaciones. La transmitida por los medios: la tragedia de un inocente –uno, porque al otro, muerto, lo remató el olvido—que ha pasado 15 años en la cárcel por un parecido fatal; y la que sostienen desde la judicatura y el Ministerio: que no se ha demostrado que sean inocentes en las otras condenas. En el fondo, comparten la misma explicación: que todo se sostiene en el convencimiento, puramente subjetivo, de las víctimas. Los primeros no han explicado cómo pudo formarse ese convencimiento –más allá del gran parecido físico— y los segundos dan por sobreentendido que ese convencimiento equivale a certeza, pues, dicen, se trata de una prueba “incontestable”.  

El hecho mismo de cómo pudieron ser condenados dos inocentes se pierde así en la distancia, difuminado tras las versiones inverificables, las decisiones indiscutibles y los argumentos incontrastables. La única verdad indiscutible de esta historia, sin embargo, sigue en pie: que el nexo original entre las dos personas que fueron condenadas por las violaciones de 1991 y las propias violaciones –la autoría—no ha sido nunca verificado. Ese origen es mi meta (K.K.).  

La desconexión entre lo real y su representación ha alcanzado en este caso una perfección envidiable, aunque descorazonadora. La tesis que sostiene la instrucción policial y judicial del caso Mounib-Tommouhi  es un enorme hipertexto que se enrosca sobre sí mismo sin ninguna conexión exterior con la realidad y del que nada puede verificarse fuera. Así también los argumentos de las sentencias. Los hechos se declararon “formalmente probados”, pero no se aportó una sola prueba material que sostuviera dicha declaración. Esa capacidad de verificación, sin embargo, es la obligación de los distintos ámbitos de representación de lo real a los que ha acompañado el periodismo en este asunto: la policía, la justicia y la política.  

Ni la justicia ni la política han cumplido con ella, tampoco después de conocerse los resultados del ADN que obligaron a revocar una de las sentencias. Los jueces en persona siguen echando mano hoy del cortafuego de los diferentes puntos de vista formales para sofocar la verdad material de los hechos, quizá porque los abrasa. Y el Gobierno, a la hora del indulto, se acoge al argumento de que siguen formalmente condenados en otras causas para no concederlo, aunque todos los datos objetivos apuntan a que realmente fueron condenados sin pruebas.  

¿Y el periodismo, qué ha hecho para verificar la inocencia que, de una forma u otra, proclama? Nada. Todo lo más, hemos aprovechado el trabajo hercúleo de un guardia civil que sí cumplió con esa obligación epistemológica –la verificación—que  permite sustanciar materialmente el relato formal de unos hechos, también aquel suyo sobre la inocencia de Tommouhi y Mounib: si exprimimos sus informes, quedan los restos biológicos pertenecientes a García Carbonell y a la otra persona no identificada. El verbo está hecho de carne.  

Por lo demás, el periodismo se ha limitado a poner la voz de Tommouhi al frente del coro de versiones: “soy inocente”; pero el horror de los crímenes, el convencimiento sincero –aunque erróneo—de las víctimas, el prestigio oficial de jueces y gobierno, y sobre todo su higiénica exposición como una suma de versiones, como un montoncito de voces, ha hecho que  la verdad se haya visto reducida, en el mejor de los casos, a su estatuto espectacular: el de “una hipótesis que jamás puede ser demostrada”. 

Es hora de mostrar aquí que estos dos hombres no siguen condenados sólo por error –lo que guardaría todavía una relación, aunque desviada, con ellos y con la verdad de los hechos y la responsabilidad—sino que ahora la condena se mantiene, en verdad, por pura cobardía electoralista. Tommouhi y Mounib han sido condenados no sólo siendo inocentes, sino también siendo ignorantes. Ignoran que l’air du temps conlleva que si pueden dictarse efectos prácticos como la prisión sin que ninguna razón verdadera los motive, lo razonable es que la verdad tampoco tenga ya ninguna consecuencia. Ignoran, en este tiempo de metáforas, su importancia simbólica: que no son un mensaje asumible, en esta época que todo lo asume.  

El indulto de Damocles

El 18 de septiembre de 2006 salía en libertad condicional, después de casi 15 años, 5.424 días preso, Ahmed Tommouhi: “Estoy en la calle, pero todavía no soy un hombre libre”, dijo en su primera entrevista. Tommouhi (Nador, 1951) y otro marroquí, Abderrazak Mounib (Fez, 1952), habían sido condenados por una ola de robos y violaciones cometidos en Cataluña en 1991. Una decena de víctimas los señalaron como los asaltantes. Pero las muestras de ADN de una de esas violaciones analizadas en 1997 desvelaron el error: los autores eran un español, detenido en 1995, y otra persona no identificada. Los reconocimientos por parte de las víctimas habían sido la única prueba de cargo en todos los casos.

El Fiscal Jefe de Cataluña, dado que las otras condenas no habían podido revisarse por falta de muestras analizables, solicitó el indulto para ambos en 1999. El Tribunal Supremo, un año después, lo recomendó como la “salida adecuada” a la situación.  El Gobierno, ocho años y medio después, no lo había resuelto. [Ahora sí]. “Acepto los errores: ¿pero algo que dura tanto es un error?”, dejó dicho Abderrazak Mounib antes de morirse en la cárcel en 2000. Ahmed Tommouhi, si el Gobierno no lo indulta antes, será hombre libre en 2009. Él dice que no lo será hasta que se reconozca su inocencia. 

Cuatro años después 

Aunque detenidos en 1991, el caso Mounib-Tommouhi no existió como tal hasta cuatro años después. En la primavera de 1995 dos hombres repitieron una ola de violaciones muy parecida a la del otoño de 1991. Hubo víctimas que los volvieron a señalar como los dos hombres que, hablando árabe, las habían violado. Mounib y Tommouhi, sin embargo, no habían salido de la cárcel desde 1991.

El 20 de junio de 1995, la Guardia Civil detuvo al español Antonio García Carbonell. Al verlo en comisaría, al agente Reyes Benítez se le vino a la cabeza la cara de Tommouhi, a quien había visto cuatro años antes durante la instrucción. García Carbonell y Tommouhi se parecen muchísimo. Reyes Benítez: “En la foto que llevaba García Carbonell en el carné de conducir y en la de la detención de Tommouhi son idénticos.” García Carbonell, aunque “de aspecto norteafricano”, según sus víctimas, es gitano. Pero sobre todo habla caló, lo que hizo pensar a Reyes Benítez que quizá las chicas, a oscuras, apaleadas y muertas de miedo, hubieran confundido no sólo la cara, sino también el habla de los gitanos con el árabe. 

Esa sospecha desencadenó en 1996 una nueva investigación. Los dos informes policiales elaborados por Reyes Benítez y elevados a la Fiscalía de Cataluña sostenían que Mounib y Tommouhi eran inocentes, y que uno de los autores de las violaciones por las que ellos habían sido condenados injustamente era Antonio García Carbonell, el detenido de 1995. El Fiscal Jefe ordenó rastrear los restos biológicos que aún pudieran conservarse, y en 1997 el ADN de la única muestra analizable lo demostró científicamente: eran García Carbonell y otra persona no identificada quienes habían violado a la chica de Olesa en 1991. El primero fue condenado a más de 250 años de cárcel por esa violación y las de 1995. El otro sigue sin ser localizado. 

El Tribunal Supremo  revocó en 1997 esa condena por el caso Olesa y el Estado fue condenado a pagar más de 18 millones de pesetas (unos 108.000 euros) a cada uno de los dos marroquíes. ¿Por qué, entonces, Mounib siguió preso hasta morir y Tommouhi sigue aún cumpliendo condena? La explicación técnica es que quedaron atrapados en una falla del ordenamiento jurídico español. Una vez que las sentencias son firmes, como lo eran en este caso, el recurso de revisión sólo es viable si aparecen “nuevos elementos que evidencien” la inocencia de los condenados. Una vez condenado, es el reo quien debe demostrar su inocencia. 

Tras los informes elevados a la Fiscalía, seis años después de los hechos, sólo se recuperaron restos biológicos de la violación de Olesa. Las otras condenas son jurídicamente independientes. El propio Tribunal Supremo explicó el corsé que le imponía la literalidad del recurso de revisión y que le obligó a desestimar la revisión de esas otras causas. Y por eso mismo recomendó el indulto como “salida adecuada” a la situación creada. El Fiscal Jefe de Cataluña, José María Mena, lo solicitó formalmente el 30 de abril de 1999. 

Ni el anterior Ejecutivo del Partido Popular ni el actual del Partido Socialista lo han resuelto. Que el Gobierno no lo ha resuelto significa exactamente eso, que ni lo concede ni lo deniega. “El Gobierno ha decidido que no es un mensaje asumible indultar a una persona condenada por violación”, se justificó el entonces ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar. El periodista que lo entrevistaba obvió la pregunta que, desde hace ya más de ocho años, justifica este proyecto: ¿por qué, entonces, tampoco se lo deniegan, como hacen con la mayoría de los miles de presos que piden el indulto cada año? La respuesta es la tesis que quiero demostrar aquí: porque ellos –a diferencia de la mayoría de esos otros miles—fueron condenados injustamente. 

Mientras tanto, la dama con la venda en los ojos, encantada de conocerse y gorda como una estatua de Botero, se divierte jugando al sol con su cada vez más raquítica y minúscula balanza de maqueta: “Es la esencial e irreductible ambigüedad de la justicia misma, incluso sujeta a forma en el derecho, que si la hizo, ciertamente, menos cruel que la venganza, también la reificó y la consagró como infalible e inexorable”, (R.S.F.) se lee en el pie de foto.

EL INDULTO FUE FINALMENTE DENEGADO EL 30 DE ABRIL DE 2008.